Volando sobre la Vía Láctea

VOLANDO SOBRE LA VÍA LÁCTEA

Astronómicamente el verano boreal tiene varias cosas positivas para los observadores del firmamento nocturno. Una de ellas es que coincide con el período habitualmente vacacional, que nos permite dedicar más horas a la contemplación de las estrellas. Otra es que las temperaturas asociadas a la observación nocturna suelen ser normalmente agradables; incluso en la montaña —lejos de la polución lumínica—, son moderadas comparadas con las del invierno; y, finalmente, que la Vía Láctea ocupa una posición predominante durante las primeras horas de la noche, cruzando desde el horizonte hasta el Sur sobre nuestras cabezas avanzada la noche.

El Camino de Santiago, como también se la solía denominar en la España del Cid, ofrece al contemplador ocasional del cielo (y al habitual también) una visión magnífica y sobrecogedora, aunque, para ello, tengamos que recorrer varias decenas de kilómetros buscando una noche oscura.

Además, en el Sur, justo entre Sagitario y Escorpio, nos muestra su núcleo galáctico, con una gran riqueza de zonas oscuras propias de las nubes estelares que absorben la luz de las estrellas de fondo, así como pequeñas manchitas aisladas, que no son otra cosa que nebulosas difusas donde se están formando estrellas y cúmulos estelares, aunque ,para verlas con detalle, ya precisemos medios ópticos.

Lógicamente, el verano ofrece un par de inconvenientes para los más exquisitos de la astronomía. Por una parte, las noches son más cortas y menos oscuras que las noches de invierno, pues el Sol hace un recorrido más pequeño por debajo de nuestro horizonte entre la puesta y la nueva salida. Por otra parte, las temperaturas suaves son un quebradero de cabeza para los astrofotógrafos, que saben que el ruido de una imagen del cielo está directamente asociado a la exposición de la toma y a la temperatura a la que está expuesto el sensor de la cámara, por lo que, en algunos escenarios, será preciso recurrir a la refrigeración de la cámara o a cámaras CCD astronómicas con refrigeración.

Hechas estas puntualizaciones, hay que decir que existen un gran número de constelaciones estivales interesantes, localizables e identificables mediante una carta celeste, que podemos imprimir nosotros mismos con programas gratuitos como el Stellarium [1], o utilizando un típico planisferio móvil, de venta en librerías especializadas.

De entre todas las constelaciones, quizás las más llamativas son las que se posicionan aparentemente a lo largo de la Vía Láctea, porque su densidad estelar es mayor y la posibilidad de encontrar estrellas brillantes que conformen algún asterismo —alguna forma imaginaria que nos recuerde vagamente a un animal, ser mitológico o cosa— es más probable.

Aunque seguramente nos vengan a la cabeza aquellas que flanquean nuestro núcleo galáctico, donde podemos encontrar un mayor número de nebulosas y cúmulos estelares, Escorpión y Sagitario, no van a ser estas constelaciones de las os hable.

Os voy hablar de la constelación del Cisne también llamada la Cruz del Norte. Es una de las 48 constelaciones clásicas enumeradas por Ptolomeo (siglo I). Está formada por un asterismo de cinco estrellas principales, que podemos identificar con facilidad formando la cruz y que representan a un Cisne con las alas abiertas volando en plena Vía Láctea. La cola del Cisne está formada por la estrella Deneb, cuyo nombre proviene del árabe y significa precisamente ‘cola’. Se trata de la estrella más brillante de la constelación y que, además, configura unos de los vértices del popular «triángulo del verano» que lo conforma con las estrellas Vega (alfa de la Lira) y Altair (alfa del Águila).

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La constelación del Cisne. Crédito: Sky & Telescope
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La constelación del Cisne en un grabado de la obra de J. Hevelius, Uranografía (1690). Créditos: Johannes Hevelius, Scanned by Torsten Bronger, 2003 April 4

Se trata de una gran estrella azulada, con unas 15 masas solares y a casi 1500 años luz de distancia. Es curioso que esta gran distancia que nos separa de esta joven estrella provoque que su brillo sea inferior que el de su vecina Vega, algo más blanca, con el doble de masa que nuestro Sol y a solo unos 25 años luz. Recordemos que Ellie se pasea por sus cercanías en la novela Contact del desaparecido Carl Sagan.

Es una constelación que identificaremos sin grandes complicaciones, es llamativa, es grande, es majestuosa en una noche oscura y, además, nos esconde algunos tesoros a nuestro alcance muy interesantes que merecen ser conocidos.

Tal y como vimos en la anterior entrada [2], entre sus estrellas, se encuentra una, cerca del límite de visibilidad a simple vista, que tiene el honor de ser la primera estrella de la que supimos su distancia: 61 del Cisne. También encontramos, formando la cabeza del ave, a Albireo (beta del Cisne), a la que muchos atribuyen ser la estrella doble más bonita del cielo por su diferencia cromática.

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Albireo. Imagen del autor que no hace justicia a la imagen visual con cualquier telescopio, donde la diferencia cromática del par es muy evidente

Pero el Cisne es mucho más que un par de caras bonitas con unos prismáticos o un pequeño telescopio.

Para los amantes de la historia de la astronomía, e inalcanzable con los detectores de aficionados en la actualidad, en esta constelación, encontramos la evidencia del primer agujero negro detectado, Cygnus X1, allá por el año 1965 cuando hallamos evidencias de una fuente puntual de gran emisión de rayos X [3] y una estrella masiva asociada que giraba entorno a un objeto muy masivo invisible.

Para los amantes de la observación, disponemos de un único cúmulo estelar del catálogo Messier visible (Messier 39) y, ciertamente, no es nada espectacular [4]. Sin embargo, en las proximidades de la constelación y en la pequeña Vulpécula, no muy lejos de Albireo, encontramos la nebulosa planetaria que, sin duda, merece nuestra atención: Messier 27 o nebulosa Dumbbell.

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Imagen del autor: En la cercana pequeña constelación de la Vulpecula, la destacable nebulosa planetaria Messier 27

 

Fue la primera nebulosa planetaria que vio Messier la noche del 12 de julio de 1764, y ciertamente por su cercanía a tan destacada estrella doble, no podemos pasar de largo sin visitarla.

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Imagen del autor: la zona más famosa del la nebulosa del Velo

Para los astrónomos visuales avanzados, tenemos que dejarles el reto de observar bajo cielos muy oscuros los restos de una supernova que constituyen la llamada nebulosa del Velo, formados por varios fragmentos que configuran el enorme bucle del Cisne. La zona más conocida, y fotografiada por el autor, es el Velo Oeste, cerca de la estrella 52 del Cisne, que constituye, sin duda, una buena referencia para la orientación del telescopio.

Un filtro, de los denominados de banda estrecha, ya sea un UHC (filtro de incremento de contraste) o mejor un OIII (filtro de oxígeno triplemente ionizado), mejora espectacularmente su observación visual, que no dejará indiferente a nadie si el instrumento que utilizamos tiene más de 15 centímetros de abertura y la noche es buena.

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Imagen de Felipe Peña (Observatorio Maestrat, Atzeneta). La nebulosa Norteamérica tomada con un teleobjetivo de 135 mm y CCD ST9.

El otro gran objeto de la constelación es la nebulosa Norteamérica. En realidad hay observadores que aseguran distinguirla a simple vista (tiene el tamaño aparente de más de cuatro veces la Luna en fase de llena) como una parte separada de la mancha luminosa que constituye la gran banda de la Vía Láctea, cerca de la zona de la estrella Deneb. Yo, verdaderamente, no estoy muy seguro de ello. Lo cierto es que se puede adivinar, en noches muy oscuras y con telescopios de 20 centímetros, la zona más brillante, sobre todo, empleando filtros de incremento del contraste (UHC). A pesar de su gran tamaño, el brillo superficial es bajo, aunque resulta un objeto fácil con las técnicas actuales de fotografía amateur.

Para finalizar, cabe mencionar dos objetivos fotográficos captados en la constelación, y cuya observación visual supone normalmente un reto de localización, pero cuya observación visual comporta poca satisfacción para los aficionados que están empezando.

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Imagen del autor: nebulosa Cocoon

El primero es la nebulosa Cocoon (algo malsonante en castellano: nebulosa del Capullo) o IC5146, situada en los límites con la constelación de Lacerta y asociada a un cúmulo estelar joven y una zona oscura conocida como Barnard 168, que se puede distinguir perfectamente en la fotografía presentada en esta entrada.

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Imagen del autor: nebulosa Crescent

La otra, y ya para terminar, la nebulosa Creciente (más conocida por su denominación anglosajona Crescent Nebula) o NGC 6888. Se trata de una nebulosa de estructura peculiar descubierta por W. Herschel en 1792. Es una nebulosa de emisión vinculada a una estrella de tipo Wolf-Rayet (WR136), que son un tipo de estrellas muy masivas descubiertas en 1867 desde el Observatorio de París [5], que presentan altas emisiones energéticas y temperaturas superficiales, generando vientos estelares potentes —con la consecuente pérdida de masa estelar—, y que interaccionan con su entorno de forma llamativa, como en este caso.

El Cisne contiene más objetos; entre ellos, otros cúmulos estelares del catálogo NGC y nebulosas difusas, que constituyen objetivos fotográficos de los aficionados más avanzados en cielos oscuros. Pero, si no hemos tenido suficiente con nuestro vuelo en plena Vía Láctea en una noche de verano, podemos salirnos un poco del camino y abordar la Lira con su célebre nebulosa del Anillo, o bajar a lo largo de nuestra galaxia para perdernos entre innumerables objetos Messier hacia el centro galáctico.

Por último recordar que recientemente, en el límite con la constelación de Cefeo, podemos encontrar a NGC6946 o Galaxia de los Fuegos Artificiales, que recientemente nos mostró una supernova y a la que le dedicamos una entrada recientemente [6].

 

Referencias:

[1] http://www.stellarium.org/es/

[2] https://cielosestrellados.net/2017/07/23/2793/

[3] http://science.sciencemag.org/content/147/3656/394

[4] https://cielosestrellados.files.wordpress.com/2015/07/m39.jpg

[5] http://articles.adsabs.harvard.edu/cgi-bin/nph-iarticle_query?1996LIACo..33…39M&data_type=PDF_HIGH&whole_paper=YES&type=PRINTER&filetype=.pdf

[6] http://www.cielosestrellados.net/2017/05/20/otra-explosion-del-castillo-de-fuegos/

 

 

 

 

El año en el que el universo se empezó a encoger

El año en el que el universo se empezó a encoger

 

La teoría del Big Bang es el marco científico que mejor explica el universo que conocemos. Desde que se confirmó la existencia de otras galaxias (Gran Debate, 1920) a partir del cálculo de distancias a las más cercanas y la expansión del universo, por parte de E. Hubble, la teoría del Big Bang solo recibió comprobaciones empíricas que predecían el modelo de forma adecuada y ninguna refutación. Aunque siguen sin responderse determinadas particularidades, todas las ramas de la astronomía implicadas, desde la física de partículas hasta la cosmología, están bastante de acuerdo en que es la mejor teoría de la que disponemos para explicar lo que observamos: el propio universo.

Sin embargo, este universo enorme para la escala habitual humana, que hoy calculamos en unos 90 000 millones de años luz de diámetro, empezó a quedarse pequeño antes del cálculo de distancias a las galaxias más cercanas.

Porque, si las galaxias son los ladrillos del universo, las estrellas que las componen son la argamasa, y también la unidad que empleamos de referencia y de medida.

Durante milenios, pensamos que la Tierra se situaba inmóvil en el centro del universo, y el Sol, la Luna y los cinco planetas que veíamos a simple vista giraban a nuestro alrededor. Las estrellas se situaban más allá, en una última esfera indefinida en distancia, y hacían lo mismo que el resto de astros, girar alrededor de nuestro planeta.

Con el cambio de concepción copernicano, el Sol se sitúo en el centro del universo, y la Tierra junto con los planetas y las estrellas pasaron a girar entorno a nuestra estrella.

Pero las preguntas sobre qué eran las estrellas, cuántas había y lo lejos que se encontraban tuvieron que esperar varios siglos. Solo respondiendo a estas preguntas llegaríamos a las respuestas que a principios del siglo XX empezaron a explicar el universo.

El movimiento de la Tierra alrededor del Sol no había dado como resultado la observación de un pequeño movimiento de las estrellas que pudiera delatar que había estrellas más próximas respecto a otras estrellas que estuvieran más lejanas. Este fenómeno de perspectiva se conoce como paralaje. De hecho, este argumento se esgrimió en contra de la teoría heliocéntrica; la falta de observación de paralaje en estrellas cercanas (respecto a las más lejanas) era una de las pruebas que confirmaban que la Tierra no se movía alrededor del Sol.

Pero lo que ocurría en realidad es que las estrellas, incluidas las más cercanas, estaban tan lejos de nuestra estrella que los ángulos de desplazamiento de paralaje como consecuencia de la órbita de la Tierra alrededor del Sol eran inobservables por su pequeñez. Ni la invención del telescopio ni su uso para mirar las estrellas (Galileo, 1610) nos revelaba esos pequeños movimientos.

Con la ley de la gravitación universal de Newton, las leyes del movimiento planetario de Kepler y el estudio de las órbitas de los planetas y los cometas, junto con la mejora de los telescopios, la mecánica celeste vivió una época de esplendor. Halley convenció a su amigo Newton de la publicación de los Principia, pero, a partir del estudio de los registros del paso de un cometa en 1531, 1607 y 1682, concluyó que se trataba del mismo astro y calculó que volvería en 1757. En realidad, volvió en 1758, pero fue un triunfo del mundo mecanicista y lanzó a los astrónomos-matemáticos a calcular órbitas de los cometas, que esporádicamente se veían en el cielo.

F.W. Bessel era uno de ellos, pero, afortunadamente y por sugerencia de Olbers, empezó a trabajar en la posición detallada de unas 3000 estrellas estudiadas por J. Bradley, quien había descubierto la aberración de la luz estelar, y también el movimiento de nutación del eje de la Tierra, aunque por ello sea menos conocido.

El acceso a posiciones estelares medidas con mucha precisión provocó que Bessel destacara el movimiento propio de unas pocas estrellas respecto al resto, lo que podía implicar que, si éramos capaces de detectar esas pequeñas variaciones en su posición, es posible que su ubicación en el universo fuera de las más cercanas a nosotros.

Eligió una estrella de la constelación del Cisne, 61 Cygni [1], y esta elección era previsible. La estrella se puede observar a simple vista (cerca del límite visual) en la citada constelación boreal, y su movimiento propio respecto a sus estrellas vecinas ya había sido señalado por Piazzi en 1792 al comparar sus observaciones con las observaciones de varias décadas anteriores por parte de James Bradley (1753), observaciones que el propio Piazzi repetiría durante varios años y publicaría en 1802 [2].

Cabe destacar que, al telescopio de aficionado, la estrella se muestra como una estrella doble (binaria física) compuesta por dos estrellas rojas de tipos espectrales [3] K5 y K7 y de brillos aparentes +5,2 y +6,0, respectivamente, separadas por unos cómodos 29 segundos de arco, por lo que es posible resolverla con cualquier instrumento óptico de astrónomo aficionado. Las separaciones reales de este par de estrellas son de entre 45 y 125 unidades astronómicas entre ellas.

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61 del Cisne. Imagen tomada por el autor con un telescopio de 20 cm de diámetro

 

La estrella 61 del Cisne estaba en el punto de mira de varios astrónomos contemporáneos en la segunda década del siglo XIX (Arago o Mathieu, entre otros) con la finalidad de intentar determinar su ángulo de paralaje, pero solo gracias a la invención del heliómetro [4] de Fraunhofer (1820), se disponía de la suficiente precisión de medición micrométrica para estudiar con detalle el movimiento de la estrella, medidas que realizó Bessel [5] en 1837 y 1938.

Durante año y medio, siguió midiendo su posición mediante un micrómetro dispuesto en el ocular de su telescopio. En 1838, hizo público el ángulo de paralaje de esta estrella, 0,314 segundos de arco, que se correspondía con unas 657 000 veces la distancia de la Tierra al Sol, lo que vienen a ser unos 10,3 años luz de distancia. El error cometido por Bessel fue de casi el 10 %. Hoy conocemos que su distancia real es de 11,4 años luz, pero este dato de error es anecdótico; el ser humano había conseguido medir lo inmedible hasta entonces: la primera distancia a una estrella del firmamento.

Bessel tendría muchos otros éxitos en la astronomía y en las matemáticas, pero aquel año en el que fue la primera persona capaz de calcular la distancia a una estrella, el universo se encogió para toda la humanidad, aunque cerca de un siglo después descubriéramos de forma casi irrefutable que se estaba expandiendo.

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Mapa de la constelación del Cisne. Es posible localizar 61 Cyg cerca de Tau y Sigma Cyg . Crédito: Sky & Telescope

 

En una noche de verano como esta, no te pierdas salir a cielo abierto con una carta celeste de la constelación del Cisne, localizar a simple vista la estrella (si el cielo es bastante oscuro) y observar su naturaleza como estrella doble de componentes rojizas al telescopio, y después, pensar que esas dos estrellas —a 11 años luz de nuestra estrella— encogieron el universo hace casi 200 años.

[1] http://simbad.u-strasbg.fr/simbad/sim-id?Ident=HD+201091&jsessionid=856DDB382546441AFD424EF92FDE57D3

[2] http://adsabs.harvard.edu/full/1990JHA….21..275F

[3] http://astro.unl.edu/naap/hr/hr_background1.HTML

[4] https://archive.org/stream/encyclopaediabrit13chisrich#page/224/mode/2up

[5] http://articles.adsabs.harvard.edu/full/1838AN…..16…65B

 

 

 

 

 

La señal «Wow» 40 años después

La señal «Wow» 40 años después

En 1995 tuve la oportunidad de entrevistar al Dr. Frank Drake con motivo de su estancia en España para recibir la medalla de la Fundación Joan Oró, en la localidad de Lleida y de la mano del prestigioso bioquímico español, colaborador de NASA. Impartió una conferencia sobre «búsqueda de vida extraterrestre»  y después me concedió una entretenida entrevista, que fue portada del número 113 (abril 1995) de la revista de divulgación de Astronomía, Tribuna de Astronomía.

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Algunas de las respuesta que me facilitó en un más que aceptable español (Arecibo está en Puerto Rico) fueron muy simpáticas e interesantes, y más procediendo del astrónomo estadounidense pionero del proyecto OZMA y SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) y actualmente de 87 años recién cumplidos.

El autor de la famosa Ecuación de Drake, popularizada por su amigo el astrónomo Carl Sagan — autor de la serie Cosmos— en aquella ocasión no dudó en asegurarnos que hacia el año 2000 tendríamos las primeras evidencias de inteligencias extraterrestres en forma de señales de radio inteligentes —un mensaje— , proveniente del espacio.

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Dr. Frank Drake. Crédito: SETI Institute

 

Lo cierto que el 6 de octubre de ese mismo año, los astrónomos Michael Mayor y Didier Queloz publicaron en la prestigiosa revista Nature [1] el descubrimiento desde el Observatorio de la Alta Provenza (Francia) del primer planeta alrededor de otra estrella; 51 Pegasi, una estrella a 50 años luz y de la secuencia principal (SP), esto es, bastante parecida al Sol, excepto por algo más de edad, masa y luminosidad. 51 Pegasi b revolucionó nuestro concepto de la posible existencia de planetas alrededor de otros soles.

En los años siguientes el número de exoplanetas descubiertos creció de forma exagerada, especialmente con los descubrimientos del telescopio espacial Kepler de la NASA [2], puesto en órbita en el año 2009 precisamente con la única finalidad de descubrir planetas alrededor de otras estrellas. El goteo incesante de descubrimientos de exoplanetas, muchos ya comparables a nuestro propio planeta —de tipo terrestre—, y algunos en la llamada zona de habitabilidad —allí donde es posible la vida como la conocemos— hace pensar que precisamente la vida pueda ser un fenómeno bastante habitual en el universo.

Sin embargo, llegado el año 2000, no tuvimos ninguna señal alienígena detectada e, incluso, actualmente con más de 4000 exoplanetas descubiertos [2], seguimos sin escuchar nada anormal con nuestros radiotelescopios. De momento, no detectamos a nadie «ahí fuera» intentando comunicarse.

La llamada señal «Wow» [3] fue captada desde el radiotelescopio de Big Ear (Ohio, EE.UU) [4] un cálido día de agosto de 1977 y que duró 71 segundos en la frecuencia de los 1420 megahercios.

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Señal «Wow». Crédito :Big Ear Radio Observatory and North American AstroPhysical Observatory (NAAPO).  Ver [3] para su interpretación exacta.

El astrónomo que la detectó, y que por parecerle extraña anotó la exclamación «Wow» al margen del listado del ordenador, no sabía que aquella señal pasaría a la historia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Una señal breve, única, que no se pudo volver a escuchar desde ningún otro radiotelescopio en la Tierra, pero que fue una de las pocas observaciones “peculiares” en los miles de horas de escucha en diferentes frecuencias.

Ahora esta señal que ha permanecido en el recuerdo de muchos resulta que ha sido explicada por el astrónomo A. Paris (St. Petesburg College, EE.UU) [5] en base a una emisión de hidrógeno expulsada por el cometa 266/P, que aquel caluroso verano se encontraba merodeando las proximidades de la constelación de Sagitario, de donde parecía provenir la señal.

No hemos tenido una nueva ocasión de volver a hablar con el Dr. Drake. Pero si lo cierto es que llegado el año 2000 no tuvimos ninguna señal alienígena, 25 años después del descubrimiento del primer exoplaneta citado, la detección de planetas potencialmente habitables alrededor de otras estrellas de nuestra galaxia es constante, y la formula simbólica del Dr. Drake, adquiere cierta entidad estadística en cuanto a número de planetas tipo terrestres y en la zona de habitabilidad, aumentando así las posibilidades de que no nos encontremos solos ni sordos, solo un poco desafortunados.

 

[1] Nature, Volume 378, Issue 6555, pp. 355-359 (1995).

[2] https://www.nasa.gov/mission_pages/kepler/main/index.html

[3] http://www.bigear.org/6equj5.htm

[4] http://www.bigear.org/default.htm

[5] http://planetary-science.org/wp-content/uploads/2017/06/Paris_WAS_103_02.pdf

La «estrella de Tabby» o una posibilidad remota de detección de alta ingeniería extraterrestre

La «estrella de Tabby» o una posibilidad remota de detección de alta ingeniería extraterrestre

La estrella KIC 8462852, situada a 1500 años luz de nosotros y en la constelación del Cisne, tiene un nombre anodino y un brillo débil. Es una de las estrellas que ha monitorizado el telescopio espacial Kepler (NASA) lanzado en 2009 para la búsqueda de planetas alrededor de otras estrellas, lo que denominamos actualmente planetas extrasolares o exoplanetas [1].

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Localización de la estrella de Tabby con un telescopio de 20 centímetros. Su magnitud cercana a la 12 permite realizar fotometría amateur. Para su localización se recomienda la carta de localización de AAVSO.

 

Las siglas KIC responden al acrónimo inglés de Kepler Input Catalog, una base de datos pública de más de 13 millones de estrellas estudiadas por este telescopio espacial en una pequeña zona de la constelación antes citada. El telescopio tiene como finalidad encontrar muy pequeñas variaciones en la luz de las estrellas que delaten el tránsito de un posible exoplaneta por delante de su estrella. A día de hoy, este telescopio ha descubierto 4496 candidatos a exoplanetas, y confirmado —las medidas se han repetido y comprobado— nada menos que 2335 mundos alrededor de lejanas estrellas (entre los 400 y 1500 años luz), de los cuales 21 se encontrarían en lo que los astrónomos llaman zona de habitabilidad: aquella en donde se sitúa el planeta y se puede dar la vida.

Aunque el telescopio empezó a fallar en 2013, la posibilidad de mantenerlo operativo gracias al ingenio de los operadores de misión (en lo que se llama misión extendida K2) ha hecho que descubra 520 candidatos a exoplanetas más, de los que hasta ayer se habían confirmado 148.

Es decir, en poco menos de 25 años, hemos pasado de conocer solo la existencia de planetas en nuestro sistema solar, los que estudiamos en el colegio, a conocer la existencia de varios miles alrededor de otras estrellas de nuestra galaxia, un buen número de ellos parecidos a la Tierra y algunos situados en la zona adecuada para que se pueda desarrollar o mantener la vida tal cual la conocemos, eso sí, si se dan las circunstancias adecuadas.

Pero entre todos estos descubrimientos de nuevos mundos que se están produciendo vertiginosamente, hay uno en especial que ha captado en varias ocasiones la atención de los científicos y sobre todo de los medios de comunicación de masas, y es precisamente la estrella que nos ocupa.

Pequeñas variaciones en el brillo registrado por el telescopio espacial Kepler llamaron la atención de la iniciativa «Planet Hunters», que trata de hacer «ciencia ciudadana» para descubrir nuevos exoplanetas, esto es, facilitar datos en bruto a todos aquellos voluntarios que quieran colaborar en la detección de exoplanetas —siempre de acuerdo con unas normas— y aportar así su granito de arena a la ciencia.

La astrónoma estadounidense Tabetha Boyajian [2] en septiembre de 2015 era una estudiante posdoctoral de la universidad de Yale (EE.UU.) que estudió las variaciones de luz de esta estrella, una estrella de la secuencia principal de tipo espectral F3, pues podrían revelar la presencia de uno o varios planetas. En un artículo publicado por la Cornell University, junto con otros investigadores, describía el extraño comportamiento de la estrella.

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Paper de Tabetha Boyajian et Al. (2015)

 

Varias hipótesis saltaron a los medios, desde la presencia de numerosos cuerpos como podrían ser una nube de núcleos cometarios, un planeta fragmentándose, un extraño disco de acreción, hasta la posibilidad de que nos encontráramos ante una megaestructura alienígena: una esfera de Dyson.

Estas hipotéticas estructuras, propuestas por el físico Freeman Dyson en la década de 1960, consisten en grandes obras de ingeniería que desarrollarían civilizaciones más inteligentes que la nuestra para extraer energía de sus estrellas. Rápidamente se empezó a denominar coloquial y mediáticamente a esta estrella como «estrella Tabby» en honor a la astrónoma que se centró en su extraño comportamiento en la curva de luz.

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Esfera de Dyson. Extraído de Wikipedia (Vedexent, 2006)

 

SETI, el instituto científico de búsqueda de inteligencia extraterrestre de fama mundial [3], pasó a escanear la estrella en frecuencias de radio buscando posibles mensajes enviados al espacio recientemente (en realidad hace unos 1500 años), pero, de momento, todas las frecuencias de radio estudiadas no han devuelto ningún resultado positivo [4].

Al comportamiento ciertamente desconcertante en sus pequeñas bajadas de brillo durante períodos cortos de brillo de forma irregular durante casi los últimos dos años, se une la detectada el pasado viernes 19 de mayo, que ha llegado al 3 % del valor del de la estrella.

Varios telescopios, algunos de los más importantes a nivel profesional, se han unido al estudio de esta estrella para determinar la variación en su período de brillo principal, que podría responder a la presencia de un cuerpo principal de origen planetario de unos 750 días de revolución. Aun así, son de difícil explicación los otros cambios. Es más, con estudios fotográficos del último siglo, se ha concluido que la caída de brillo de la estrella ha sido de hasta un 20 %, lo cual aún resulta más inexplicable para una estrella en su estado de evolución, un período tranquila para este tipo.

Lo cierto es que varias hipótesis, todas ellas por comprobar, se han puesto sobre la mesa, y la que más ha atraído la opinión pública sería lógicamente la de una construcción de una megaestructura que delatara la presencia de seres inteligentes trabajando en una gran obra de ingeniería en su sistema solar.

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Ilustración de NASA/Caltech, mostrando el escenario más probable de la estrella de Tabby

 

Es fascinante que, en pocas décadas, pasemos de conocer solo un reducido número de planetas vecinos al nuestro a encontrar miles e, incluso, nos planteemos —aunque sea de forma muy remota— la posible detección de seres inteligentes habitando uno de ellos.

Recordemos que en ciencia parece prevalecer el principio metodológico atribuido al franciscano Guillermo Ockham del siglo XIV: en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable —aunque no necesariamente la verdadera—.

[1] https://www.nasa.gov/mission_pages/kepler/main/index.html

[2] https://arxiv.org/abs/1509.03622

[3] http://www.seti.org/

[4] http://zeenews.india.com/space/scientists-baffled-after-mysterious-alien-megastructure-star-starts-dimming-again-2007393.html

Otra explosión del castillo de fuegos

Otra explosión en el castillo de fuegos

2017eaw es el nombre oficial de esta décima supernova en NGC6946

La galaxia NGC6946 tiene unas siglas poco atractivas, sin embargo, si la denominamos Galaxia de los Fuegos Artificiales (Fireworks Galaxy), es mucho más atractiva de recordar. Como un buen número de otras galaxias relativamente cercanas, fue descubierta por William Herschel (descubridor del planeta Urano) en septiembre de 1798, y se sitúa aparentemente entre las constelaciones del Cisne y de Cefeo, esto es, ya entrada la noche de primavera o a primeras horas de las noches de verano.

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La pareja celeste NGC6946 (galaxia espiral en la parte superior) y NGC6939 (cúmulo abierto en la parte inferior).  

 

Esta galaxia pasaría desapercibida entre otras tantas de las situadas a más de los 10 millones de años luz de nuestra Vía Láctea —que consideramos universo local— si no fuera por tres motivos. El primero es su por su orientación: se nos presenta vista de forma polar o, como se suele decir incorrectamente, «desde arriba» (aunque en el universo no exista un arriba y abajo), lo cual nos permite ver su estructura de brazos espirales de una forma bastante clara, al igual que en otras ilustres espirales como Messier 51 o nuestra vecina Messier 33 [1][2]. En segundo lugar, porque es una de las galaxias denominadas de brote estelar, esto es, que presenta una tasa de formación estelar alta junto con una gran cantidad de zonas de gas interestelar (regiones de hidrógeno molecular o zonas HII) presentes. En tercer lugar, por el número de supernovas que durante el siglo XX se descubrieron en la galaxia, nada menos que siete, y que le valieron el sobrenombre que tiene.

Y aunque estemos tentados de vincular el segundo con el tercer motivo, la verdad es que no tienen nada que ver. Los brotes estelares marcan el nacimiento de nuevas estrellas, normalmente, asociados a veces a estrellas realmente brillantes y masivas, lo que se conoce como asociaciones OB1, enormes gigantes azules de superficies muy calientes. Pero estas estrellas jóvenes y calientes, aun en galaxias muy cercanas, son difícilmente distinguibles del resto de la zona de formación estelar HII. Por el contrario, las supernovas se vinculan a fases finales de estrellas, a la muerte estelar. Aparecen de repente sin que tengamos aún la tecnología suficiente para saber cuándo va a suceder un evento de este tipo, pero su brillo las hace distinguibles del resto de la galaxia, incluso en lejanas galaxias, llegando a brillar en algunos casos más que todo el conjunto de estrellas de su galaxia; esto es multiplicar su brillo por más de un millón de veces el precedente: sin duda, un apoteósico final.

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Sin embargo, hay que recordar que, a principios del siglo XX, apenas ni conocíamos como «vivían» las estrellas, ni lo que eran las galaxias. Un 11 de mayo, pero de 1900, nació la astrofísica en cuya tesis doctoral (1925) se iban a sentar las bases de la naturaleza y composición de las estrellas, Cecilia Payne. Pocos años después, se describirían las reacciones nucleares de fusión del hidrógeno en el núcleo de las estrellas, que, a la postre, es el proceso que las mantiene activas durante la mayor parte de su vida. Simultáneamente casi, E. Hubble descubría, gracias a los trabajos de la astrónoma H. Leavitt (una de las mujeres «calculadoras» de Harvard) sobre las estrellas variables Cefeidas, que existían más galaxias como nuestra Vía Láctea, calculaba la distancia a las más cercanas y deducía que el universo de las galaxias está en expansión.

En este bullicio de descubrimientos sobre el universo que constituyó la primera mitad del siglo XX, encontramos los primeros cálculos sobre la edad del universo y el postulado de la teoría del Big Bang (nuestro mejor modelo de universo hasta la actualidad), los cálculos sobre la evolución estelar en función de las masas y metalicidades, así como los recorridos estelares a lo largo del llamado diagrama de HR y una infinidad de descubrimientos que culminarían en 1941 con la clasificación por parte de Rudolph Minkowski (no confundir con Hermann Minkowski, pesadilla de estudiantes de geometría) de las supernovas como fases finales estelares en dos tipos, en función de la presencia o no de hidrógeno en su espectro, denominadas respectivamente de tipo II y de tipo I.

Aunque, posteriormente, las supernovas son susceptibles de clasificarse en subtipos —especialmente, a partir de la década de 1980—, en una primera aproximación, reconoceremos las supernovas de tipo II como fases finales de estrellas con mas de 9 masas solares, con vidas cortas, cuya falta de reacciones de fusión efectivas en sus zonas centrales provoca al final de sus vidas el colapso del núcleo y la violenta explosión de la mayor parte de la estrella. Los residuos, el núcleo de alta densidad, seguirán colapsando para dar origen a objetos exóticos como estrellas de neutrones, púlsares o agujeros negros.

Por otra parte, el tipo de supernova Ia (no así las Ib y Ic) está vinculado a procesos destructivos de una estrella masiva y una compañera, y cuya gráfica de luminosidad con el tiempo puede ser tomada como candela estándar o patrón de estimación de distancias. Sería un buen momento para hablar de la expansión acelerada del universo a partir de supernovas Ia en alto redshift (z), pero estoy seguro de que conocéis el tema o, si no, lo buscareis en Internet, quizás ante la sorpresa de que este estudio deparó un permio Nobel y nos hizo acercarnos al lado oscuro un poco más.

Parece ser que la supernova descubierta en la galaxia NGC6946 por P. Wiggins (Utah, EE. UU.) la noche del pasado 14 de mayo es de tipo II. El estudio de cómo evoluciona su luminosidad con el tiempo nos ayudará a confirmar el tipo de estrella progenitora, pero, para tratarse de una galaxia situada a 22 millones de años luz, el «chupinazo», en esta ocasión (de la magnitud aparente 13 la noche de la fotografía), es considerable, constituyendo la décima supernova descubierta en esta galaxia desde inicios del siglo XX.

No es raro el descubrimiento de supernovas. Todos los años, equipos de rastreo automático del cielo detectan más de dos centenares entre todas las galaxias monitorizadas, pero que tengamos una decena en una galaxia en poco más de cien años constituye un dato cuanto menos curioso.

2017eaw es el nombre oficial de esta supernova, que, de haberse producido en nuestra galaxia (la última ocurrió en 1604 si no tenemos en cuenta la de la Nube de Magallanes en 1987) y en las cercanías de nuestro vecindario estelar —digamos a una veintena de años luz—, podría haber provocado la extinción masiva de especies en nuestro planeta.

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Imagen de los restos de la supernova de 1604, la última supernova en nuestra galaxia. Imagen tomada con el telescopio espacial Chandra. Crédito: NASA/ESA/JHU/R.Sankrit & W.Blair

 

Quizás nuestro vínculo con el final de las estrellas, el isótopo hierro-60 y las mutaciones del Pleistoceno tengan mucho aún que decirnos.

[1] https://cielosestrellados.net/2017/03/25/en-el-reino-de-las-galaxias-cercanas/

[2] https://cielosestrellados.net/2016/12/17/una-galaxia-como-posiblemente-nunca-antes-la-habias-visto/

La Cadena de galaxias de Markarian

La Cadena de Markarian

Un fragmento del jardín de algodoncitos extragalácticos

Periódicamente el cielo nos muestra prácticamente los mismos objetos, pues, como todos sabemos, la Tierra orbita repetidamente al Sol durante un año, de forma que las mismas constelaciones son visibles los mismos meses en las mismas ubicaciones, por lo menos, para la insignificante duración de una vida humana en comparación con la mayoría de los procesos de evolución de los objetos celestes.

Al igual que son visibles las mismas estrellas durante la primavera tanto de este año, como del año pasado, como del que viene, son visibles los mismos objetos que se esconden entre las estrellas.

Lógicamente, para ver o fotografiar estos objetos, precisamos utilizar unos prismáticos —o, mejor, un telescopio— y, en función de su diámetro y de la oscuridad de la noche, veremos más o menos detalle de estas nebulosas, cúmulos estelares y galaxias.

Y son galaxias, universos isla, las que precisamente nos trae la primavera, y en abundancia. El año pasado por estas fechas y con un instrumental muy modesto (pero de valor emocional para mí), estaba volcado en reunir fotográficamente todo el catálogo Messier, trabajo que finalicé en octubre de 2016 y que se refleja en la entrada del blog recogida en [1].

Durante la recolección de imágenes de este catálogo, también realicé una entrada en abril de 2016, en la que os describía el trabajo que me llevó ir completando el catálogo cuando la primavera me hizo caer en ese maravilloso «Jardín de algodoncitos celestes» que constituyen las constelaciones de Virgo y Coma. De hecho, si no conocéis la entrada, este es un buen momento para hacer una pausa y echarle una mirada.

Aquí tenéis en enlace directo:

https://cielosestrellados.net/2016/04/23/el-jardin-de-algodoncitos-extragalacticos/

Si ya estáis de vuelta (del enlace) o sois unos sobrados de las galaxias del catálogo Messier dispuestas en esta zona del cielo, pues comentaros que este año nuevamente tenemos a tiro esta misma zona del cielo y ahora dispongo de un instrumental más evolucionado, algo más potente y moderno (aunque con pocos meses de rodaje) y no iba a dejar pasar la oportunidad de centrarme en alguna zona interesante de esta vasta ventana al océano extragaláctico.

Si os fijáis en una de las imágenes de la entrada citada anteriormente, en concreto esta [2], durante la captura de las galaxias Messier 84 y Messier 86, el amplio campo del telescopio 150/750 me permitió también captar parte de la llamada «Cadena [de galaxias] de Markarian», pero, por aquel entonces, no buscaba este objetivo, solo las galaxias M84 y M86. La pasada noche sí que me decidí por fotografiar la cadena, casi al completo.

Fotografía de 2015 (T150/750+Canon 400D) con Messier 84 y 86 como protagonistas

 

El resultado es la imagen que hay a continuación. El campo es muy rico en galaxias, dominadas por M84 y M86. Destaca la belleza de las cercanas NGC4388 y NGC4402, pero forman parte de la Cadena de Markarian las dos Messier mencionadas, la pareja NGC4438-NGC4435 (a las que se les denomina habitualmente «los ojos») y la pareja NGC4461-NGC4458. Existen dos más que quedarán fuera del campo (por poco), a la derecha de las últimas. Todas ellas presentan unas velocidades y distancias que parecen vincularlas gravitatoriamente, además de su disposición formando una especie de cadena peculiar.

Fotografía de 2017 (T200/1000+ Canon 550D) con la Cadena de Markarian (en rojo) casi al completo

 

Posiblemente, muchos ya conozcáis estas galaxias. Personalmente, las observé hace ya unos años, lógicamente, en campo abierto y lejos de luces de las ciudades, con un modesto C9.25 (SC235/2350), y recuerdo que quedas prendado cuando empiezas a identificar una a una cada galaxia y, además, cuando te percatas de que hay unas cuantas decenas más, no muy lejos aparentemente, que no forman parte de la agrupación que nos ocupa.

Si buscas en Google datos sobre la Cadena de Markarian, encontrarás algo de información, aunque ninguna de las entradas en los menos de los primeros resultados hace referencia a información clara y sencilla como podría ser de la Wikipedia en castellano. En inglés, dispones de una acertada entrada en el enlace citado en [3], pero recuerdo al lector que la Wikipedia no es una fuente científica contrastada y que solo nos sirve como primera aproximación al conocimiento astronómico.

Podemos encontrar que su nombre hace alusión a un tipo de galaxias estudiadas por el astrónomo armenio Benjamín Markarian [4] a mediados de la década de 1960. Son galaxias relativamente compactas y brillantes (en términos de magnitud absoluta), que poseen un exceso de radiación ultravioleta y sus núcleos suelen presentar una cierta coloración azulada de complicada explicación en comparación con galaxias elípticas o espirales al uso, propio de objetos extragalácticos de núcleos activos (AGN).

En un detallado artículo («Markarian galaxies. The opticial database and atlas»), publicado en suplemento del Astrophysical Journal de mayo 2007 por Artashes Petrosian et al. [5], se estudian más de 1500 de estos objetos. Todos los clásicos catalogados inicialmente por Markarian, y los centenares añadidos en las recientes décadas, corrigiendo errores (estrellas proyectadas sobre núcleos galácticos, galaxias mal clasificadas, etc.), buscando las fuentes de información más recientes de muchos de estos objetos con medios más modernos, como 2MASS.

Como se puede comprobar, con el paso de los años y la mejora de los detectores (y ampliación del rango espectral de estudio), el número de estos objetos detectados aumentó considerablemente. Para detalles como sus distancias (z), puede consultarse en la base de datos de NASA (NASA Extragalactic Database, NED) [6], o en la base de datos de SIMBAD (CDS) [7], en las que encontramos detalles de los más de 1500 de estos objetos. La original clasificación de Markarian podemos encontrarla haciendo una consulta en la base de datos de Simbad (CDS) de [8].

Podemos ver que algunos de ellos se corresponden con galaxias activas de tipo Seyfert; otros, con cuásares; y unos pocos, con blazares. Como hemos dicho, objetos de naturaleza extragaláctica: galaxias activas vinculadas a eyecciones muy energéticas de gas (a altas velocidades y temperaturas) en sus zonas centrales, vinculados a discos de acreción de superagujeros negros de masas superiores a 106 masas solares.

Un fragmento del jardín que contiene algunas muestras de lejanas galaxias, cuyos núcleos nos muestran los fenómenos más violentos de todo el universo conocido.

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Misma imagen anterior, sin las leyendas de los objetos y procesada por Rafael Ramírez

 

Referencias del texto:

[1] https://cielosestrellados.net/el-catalogo-messier-con-mi-t150750/

[2]: https://cielosestrellados.files.wordpress.com/2016/04/m84_m86_nombres.jpg

[3]: https://en.wikipedia.org/wiki/Markarian_galaxies

[4]: https://en.wikipedia.org/wiki/Benjamin_Markarian

[5]:http://iopscience.iop.org/article/10.1086/511333/meta;jsessionid=5388962FE0107D6F43ADAAA48E291046.c1.iopscience.cld.iop.org

[6]:http://ned.ipac.caltech.edu/cgi-bin/nph-objsearch?search_type=Search&refcode=2007ApJS..170…33P

[7]:http://simbad.u-strasbg.fr/simbad/sim-ref?querymethod=bib&simbo=on&submit=submit+bibcode&bibcode=2007ApJS..170…33P

[8]:http://simbad.harvard.edu/simbad/sim-ref?querymethod=bib&simbo=on&submit=submit+bibcode&bibcode=1967Afz…..3…24M

 

En el reino de las galaxias cercanas

Messier 101: en el reino de las galaxias cercanas

Ha pasado todo el invierno desde que realicé la última entrada en el blog, pues los últimos meses han sido altamente intensos en mi vida, en el terreno profesional, pero, especialmente, en el terreno personal. Aun con esta deficiencia en la productividad escrita, tengo que agradecer a mis seguidores las visitas, que, echando un poco la vista atrás, a inicios de 2017, me devolvía un segundo año con el doble de visitas que el año pasado.

Aunque mi actividad de observación astronómica se ha reducido durante estos 3 o, incluso, 4 meses y, por desgracia, ya casi descarto hacer cualquier entrada respecto al espectacular cielo de invierno, quiero empezar con un tema similar como con el que acabé 2016, con una de las galaxias espectaculares del cielo. 

Aunque las capturas se realizaron entre febrero y primeros días de marzo, y casi podríamos considerar a esta galaxia del cielo propio de la primavera, esa pequeña ambigüedad estacional me permite hablar todavía de ella. Espero que disfrutéis con el texto.

 M101 y el primer objeto Méchain

En 1774, la Academia Real de Ciencias de París publicó la primera edición del Catálogo Messier, que había iniciado en 1764, diez años antes, con la finalidad de no confundir objetos difusos inmóviles entre las estrellas con núcleos cometarios, ya que Messier era, fundamentalmente, un entusiasta de la búsqueda de cometas. De hecho, entre 1764 y 1779, descubrió nada menos que 12 cometas. 

Messier fue admitido en la Academia Real de Ciencias de París en 1770, donde ya había intentado ingresar en repetidas ocasiones y había sido rechazado, quizás por su procedencia humilde o quizás por su falta de formación científica, o quizás por ambas.

 La primera edición comprendía 45 objetos, hasta el evidente cúmulo estelar de las Pléyades. Para cuando se publicó, Messier ya había extendido su catálogo y, de hecho, la Academia le publicó en 1780 un anexo a su catálogo original, que ampliaba en 24 objetos. Cuando se realizaba la publicación, Messier, que había conocido al que se convertiría en amigo y colaborador, Pierre Méchain, ya había empezado a descubrir nuevos objetos y había llegado al número 100 (13 de abril de 1781), nada menos que 22 nuevos objetos en apenas un año. 

Por aquel entonces, Méchain ya estaba ayudando a Messier en el descubrimiento de nuevos objetos y, así, Méchain registraba el objeto 101, el que nos ocupa Messier 101, la noche del 27 de marzo de 1781. 

Messier dio por finalizado su catálogo en el 103, siendo los últimos tres descubrimientos de su amigo Méchain, quien, además, descubría un gran número de cometas. La última edición de su catálogo fue publicada en 1784 en Connaissance des temps, cuyo editor de esta publicación oficial de efemérides astronómicas de Francia, entre 1788 y 1794, sería Méchain. Cumplidos ya los 70 años y cada vez más mermada su capacidad para la astronomía, reconocía en 1801 que la obra que W. Herschell estaba realizando, que llevaba ya compilados más de 2000 objetos de este tipo con medios claramente superiores, era mucho más ambiciosa y con una finalidad mucho más dedicada que con la que concibió la suya.

 Messier 101 al detalle

 Así pues, nos remontamos a una noche parisina del 27 de marzo de 1781, cuando Méchain, describe M101 como una nebulosidad sin estrellas, muy oscura y grande, que desaparece cuando ilumina los hilos de su micrómetro para medir ángulos. La primera referencia a su estructura espiral se la debemos a William Parsons en 1851 y su Leviatan de 72 pulgadas de diámetro (1,8 metros), por aquel entonces, el telescopio más grande del mundo. Sin saberlo, la catalogación en aumento de este tipo de objetos iba a abrir uno de los debates más bonitos e importantes de la cosmología moderna apenas 70 años después.

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Messier 101 con un telescopio de 20 centímetros. Crédito: autor

Efectivamente, y es que Messier 101 no es una galaxia cualquiera, es una de las grandes galaxias que podemos observar y fotografiar con facilidad. Se encuentra en la Osa Mayor, y empieza a levantarse en el horizonte pasada la media noche en el invierno avanzado o a primeras horas de la noche en la primavera. 

Se trata de una de nuestras galaxias vecinas, de nuestro entorno cósmico, si bien no pertenece al Grupo Local; una galaxia espiral no del todo típica y simétrica, que carece de la existencia de un bulbo central definido de alta densidad estelar, típica de las galaxias espirales. 

Su proximidad, de unos 21 millones de años luz, permite que brille en el cielo con la magnitud visual aparente de 7,8, que responde a unos 200 000 millones de soles, quizás algo mayor que nuestra Vía Láctea, sosteniendo unos 22 minutos de arco en el cielo fotográficamente. 

La primera distancia precisa a la galaxia se estableció por el método de las estrellas Cefeidas y fue realizada por el HST en 1994, fijándose en 24 ± 2 millones de años luz, si bien, la recalibración de este método de cálculo de distancias ha hecho que su valor baile en cifras de entre los 21 y los 27 millones de años luz históricamente. Una de las mejores fotografías publicadas hasta el momento de M101, con un detalle impresionante para una galaxia espiral, es, precisamente, del HST (51 tomas a lo largo de diferentes años) en combinación con otros telescopios terrestres y que se publicó en octubre de 2006 [1].

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Cálculos de la distancia a M101 según diferentes patrones. Crédito: NASA/NED

De la proximidad de esta galaxia, atestigua históricamente la tenacidad del astrónomo de origen holandés A. van Maanen, quien, a partir de 1912 y desde el observatorio de Monte Wilson, intentó medir velocidades propias de estrellas, al igual que había realizado exitosamente mediciones con anterioridad en el cúmulo globular de nuestro halo galáctico M13.

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Página del libro de Maanen donde describe los movimientos propios. Crédito: A. v. Maanen

 Tres supernovas han sido descubiertas en M101, SN1909A, 1951H y SN1970G, de las cuales, existe la seguridad de que las dos últimas fueron de tipo II o supernovas por colapso de núcleo. El remanente de la última fue identificado por el telescopio espacial Chandra en rayos X. Finalmente, el descubrimiento de una supernova de tipo Ia recientemente, la supernova 2011fe por PTF (Palomar Transient Factory) el 24 de agosto de 2011, permitió fijar la distancia con la mayor precisión hasta el momento. Esta supernova la pude seguir con detalle desde el Observatorio Astronómico de Forcarei (OAF), donde me encontraba trabajando por aquel entonces.

 

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Seguimiento desde el Observatorio Astronómico de Forcarei (Pontevedra) de la SN2011fe. Crédito: autor y OAF

Si en la entrada anterior hablábamos de las regiones de formación estelar HII en otra gran galaxia cercana, la del Triángulo o Messier 33, ahora hablaremos no solo de la presencia de este mismo tipo de regiones, sino de la gran cantidad que se hacen visibles en sus brazos. En 1969, P. W. Hodge catalogaba más de 189 regiones HII y, en 1990, este mismo autor junto con M. Gurwell, J-D Goldadser y R.C. Kennicutt enumeraban más de 1200 catalogadas con las nuevas tecnologías de detectores CCD con los telescopios de Kit Peak de 2,1 y 0,9 metros [2]. Algunas de estas regiones, por su gran tamaño (y que constituyen entradas del NGC), son conocidas como GEHR (Giant extragalactic HII regions), donde es posible localizar con las técnicas actuales estrellas muy jóvenes y luminosas de tipo espectral O, B e, incluso, estrellas de tipo Wolf-Rayet (W-R) [3] y [4].

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Messier 101 y sus HII más destacadas con un telescopio de 20 centímetros. Crédito: autor

 Actualmente, los últimos resultados de la astronomía espacial (HST) nos devuelven la posibilidad de la existencia de más de 3000 regiones HII, que indican la elevada tasa de formación estelar de la galaxia.

 Utilizando Aladin [5], podemos identificar todas las regiones HII; lógicamente, nuestra resolución dista mucho de la instrumentación profesional, por lo que podemos realizar un filtrado de solo las regiones HII más brillantes y que se corresponden con objetos catalogados como NGC [6]. Con este filtrado, podemos identificar en nuestra toma ocho objetos NGC.

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Todas las regiones HII en Aladin. Crédito: CDS

 

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Filtrado con Aladin de las regiones HII más destacables (objetos NGC). Crédito: CDS

Si bien, al igual que en la entrada anterior, por su sencillez, tengo que recomendar la utilidad de calibrado astronométrico e identificación de campo de Astronometry.net [6], aplicación on-line a la que podemos subir nuestras tomas en formato JPG, PNG o FIT. El resultado lo tenéis en las imágenes de a continuación.

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Calibración astronométrica de la imagen del autor mediante Astronometry.net

 

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Zoom sobre la imagen del autor ya calibrada

Por último, cabecitar que M101 no es una galaxia solitaria; está acompañada por un grupo de otras nueve, entre las que destacan NGC5474 (la más brillante del grupo), NGC5585, NGC 5204, NGC 5238, NGC 5477 y las UGC 8508,8837 y 9405.

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Misma imagen del autor, utilizando un procesado más “postalero”, por gentileza de Rafael Ramírez.

 

Referencias: 

[1] http://hubblesite.org/image/1865/news_release/2006-10

[2] The HII Regions of M101. An Atlas of 1264 emission regions. The Astrophysical Journal. Supplement Series 73, Agosto 1990.

[3] Massive Stellar Content of Giant HII Regions in M33 and M101. Anne Pellerin, The Astronomical Journal 131, Febrero 2006.

[4] Como ya citamos en la entrada anterior, las estrellas Wolf-Rayet (WR) son estrellas de más de 20 masas solares, muy calientes (35 000 grados superficiales de media), lo que les confiere una tonalidad típicamente azulada intensa y que sufren grandes pérdidas de masa debido a los fuertes vientos estelares que generan intensas líneas de emisión en sus espectros. La primera estrella de estas características fue identificada en el Cisne (HD191765 o WR134) por los astrónomos C. Wolf y G. Rayet (1867) desde el Observatorio de París con el 40 cm. Su naturaleza fue un misterio hasta entrado el siglo XX. La conocida Crescent Nebula (NGC6888) está asociada a la WR 136. A veces, forman asociaciones denominadas OB. Existe una subclasificación de este tipo de estrellas, que sobrepasa los conocimientos que deseamos ofrecer, pero que el lector encontrará con facilidad en Internet.

[5] http://aladin.u-strasbg.fr/

[6] Como ya citamos en la entrada anterior, el catálogo NGC (acrónimo inglés de New General Catalogue), al que se suele citar frecuentemente en obras de astronomía, es un catálogo mucho más amplio y posterior al Catálogo Messier (110 objetos). Su nombre original es Nuevo Catálogo General de Nebulosas y Cúmulos de Estrellas; fue compilado durante una década (1880-1890) por el astrónomo Danés J. Dreyer a partir de observaciones de William y John Herschel, conteniendo un total de 7840 objetos. A finales del siglo XIX, contemplaba todos los objetos de cielo profundo descubiertos hasta ese momento entre las estrellas: nebulosas, galaxias y cúmulos de estrellas. Posteriormente, este catálogo sería ampliado con los IC e IC-II, añadiéndose unos 5000 objetos más.

[6] http://nova.astrometry.net/upload.