Natividad, la estrella de Belén, un pintor florentino y una epopeya cósmica

Hoy, martes 22 de diciembre, es el primer día de invierno en el hemisferio norte de nuestro planeta y el primer día de verano en el hemisferio sur. Este día, actualmente —al menos, en buena parte de la cultura occidental— viene marcado por la inminente festividad cristiana de la Natividad o celebración del nacimiento de Jesucristo. Según la tradición cristiana actual, hace 2016 años, nació en Belén el profeta llamado a salvar al hombre de sus pecados.

Pido disculpas anticipadas por los errores sobre las definiciones exactas de carácter religioso que pueda cometer, además, me gustaría recalcar que no entro a valorar la creencia religiosa que practican millones de personas y que respeto profundamente —al igual que con el resto de religiones del mundo—, independientemente de que comparta o no sus enseñanzas y valores.

La presente entrada sí que tiene la finalidad, aprovechando estas fechas, de enlazar algunos hechos históricos con la astronomía, cosa que muchas personas no conocen, o bien conocen tímidamente o, incluso, de forma ambigua.

En primer lugar, hay que afirmar con rotundidad que hace unos dos mil y pico años nació el personaje histórico que llamamos Jesucristo. Este hecho es innegable y, aunque, durante el siglo XIX, corrió la creencia entre ciertos sectores sociales occidentales de que el personaje no había existido y había sido una invención de la Iglesia, esto no es correcto.

La Natividad

En ciencia —entiendo que al igual que otras disciplinas—, es bueno contrastar las fuentes, y la existencia de Jesucristo, profeta, místico o persona elegida por Dios (sea la que sea, o todas ellas), fue una realidad, no solo por las fuentes cristianas que lógicamente lo citan, sino por las diferentes fuentes de otras culturas que también lo hacen.

Sin embargo, el primer error histórico sobre la persona de Jesucristo es el año de nacimiento. No nació el año cero, sino, con toda probabilidad, el año 7 a. C. Sí, lo sé, parece una contradicción, pero no lo es. El error en la datación se debe al monje Dionisio el Exiguo en su «Tabla de Pascuas», allá por el 525 d. C., creador de lo que conocemos como año dominico (anno domini, A.D).

Es público que Dionisio se equivocó en las cuentas encargadas por el Papa entre 4 y 7 años al datar el reinado de Herodes I (muy conocido por ser el protagonista sanguinario del Evangelio de San Mateo), procurador de Judea nombrado por Julio César. Entre otros errores, se olvidó del mandato del emperador César Augusto con el nombre de Octavio y de la existencia del año cero. Por cierto, Herodes I murió en el año 4 a. C.

Aunque en el siglo IX ya estaba extendida la costumbre del anno domini, no fue hasta unos cinco siglos más tarde cuando terminó aceptándose de forma habitual.

Después, encontramos una falta de referencias en cuanto a la fecha del año del nacimiento de Jesucristo. Se desconoce la fecha exacta; es así de simple. Si nos ceñimos al relato bíblico, Jesús no nació en invierno. Poco antes de que Jesús naciera, César Augusto mandó realizar un censo de población, que implicó el traslado de los padres de Jesús, y que les llevó, al menos, una semana (Lucas 2:1-3). Esta inscripción, que podía responder a intereses militares o políticos ocultos, difícilmente se realizaría en invierno, cuando las condiciones meteorológicas eran duras en aquellas tierras. Por otra parte, la Biblia menciona que los pastores vivían al raso y hacían vigilia para cuidar a sus ovejas (Lucas 2:8). Los relatos históricos respecto a las costumbres de la época indican claramente que, en invierno, tanto pastores como rebaños estaban ya resguardados.

Entonces, ¿por qué celebramos la Natividad cristiana el 25 de diciembre?

En Occidente, la Natividad empezó a celebrarse en el siglo IV, concretamente, en Constantinopla (Estambul) —entonces capital del Imperio Romano de Oriente— en el año 379.

Hemos iniciado este post diciendo que hoy es el primer día de invierno en el hemisferio norte y de verano en el hemisferio sur. Vamos a ver qué significa astronómicamente este hecho y qué importancia pudo tener en el pasado, en una época en la que desconocíamos qué eran los planetas, por qué se movían en el cielo respecto a las estrellas «fijas», por qué existían las estaciones o, en definitiva, por qué las cosas eran como eran.

Como sabemos hoy, la Tierra se desplaza alrededor del Sol en algo más de 365 días, de acuerdo con las leyes del movimiento planetario de Kepler (1571-1630) y de la atracción gravitatoria universal de Newton (1642-1727).

Esos 930 millones de kilómetros que recorremos anualmente a una velocidad media de 29,5 km/h se realizan con una inclinación orbital respecto al plano ecuatorial del Sol de 23,5°. Esta oblicuidad (de la llamada eclíptica) provoca las estaciones, según la oblicuidad con la que inciden los rayos del Sol sobre cada hemisferio de la Tierra.

Oblicuidad de la Eclíptica. Considerando la Tierra quieta y el Sol moviéndose. Fuente: Wikipedia
Oblicuidad de la Eclíptica. Considerando la Tierra quieta y el Sol moviéndose. Fuente: Wikipedia

Esta inclinación es la que provoca que, en los veranos, el Sol describa sobre el horizonte muchas más horas que en invierno, esto es, que salga en su posición más noreste y se ponga en su posición más noroeste. En verano, el Sol está mucho más vertical a mediodía y hay muchas más horas de luz que de oscuridad.

Sin embargo, en los llamados equinoccios («igual que la noche»), en primavera y otoño, el Sol sale justo por el punto Este y se oculta justo por el punto Oeste. Las horas de luz y de oscuridad son las mismas y la trayectoria del Sol sobre el horizonte se realiza, digamos, a media altura.

En invierno, tenemos nuevamente el caso extremo. El Sol sale por su punto más al sureste y se oculta por su punto más suroeste. La trayectoria es la más corta, la más baja en el horizonte, y proporciona el día más corto del año y la noche más larga.

Posición diferentes salidas del Sol, según la época del año. Fuente Astrored.
Posición diferentes salidas del Sol, según la época del año (hemisferio norte). Fuente Astrored.

Esto sucede en el hemisferio norte tal día como hoy, y a ese día se le conoce como solsticio («Sol quieto»). Hoy el Sol alcanza su salida más al Sureste; a partir de hoy, los días no continuarán acortando, al contrario, el Sol retrocederá sobre sus pasos y volverá a salir progresivamente más hacía el Norte.

La observación de estos fenómenos por los antiguos astrónomos, y su datación con palos, piedras y muescas (la tecnología punta de hace unos tres milenios), se convertía también en temor a que no volviera a repetirse el ciclo de las estaciones. Dado el misticismo y los ritos con los que supuestamente los sacerdotes de las diferentes religiones invocaban a estos astros desconocidos, pero de suma importancia para la vida diaria, no era de extrañar que fueran celebraciones importantes, sin duda, las más relevantes.

Así, nos han llegado hasta nuestros días la noche de San Juan o las festividades del solsticio, que la Iglesia cristiana transformó con la finalidad de acabar con los ritos paganos. La fecha del nacimiento de Jesús fue intencionadamente impuesta  para anular la influencia de los festejos, que, al menos, en Roma, se prolongaban durante una semana.

La estrella de Belén y un pintor florentino

Estos días encontramos en muchos lugares públicos escenas que representan el nacimiento de Jesús, muchas de ellas acompañadas de una estrella con cola, que fue la señal que, según la tradición cristiana, guió a los «Reyes Magos» a rendir adoración al nuevo profeta.

Lo cierto es que gran parte de esta escenificación parte de la Edad Media y ha ido cambiando a lo largo de los siglos. A partir del siglo XIII, es cuando Jesús se representa en un pesebre con interacción visual entre el recién nacido y su madre. Pero, por ejemplo, durante los siglos XIV y XV, la escenificación se humaniza mucho más, representando a la madre amamantando a su retoño. A partir del siglo XVI, aparecen los pastores adorando al pequeño y ofreciendo presentes.

Según el Evangelio de Mateo, se menciona que tres reyes «magos» de Oriente vieron aparecer en los cielos una estrella que les anunciaba el nacimiento del nuevo Mesías, y fueron guiados por ella hasta el lugar donde se encontraba el niño.

Una estrella con cola: ¿un cometa?

Hemos mencionado que, en la Antigüedad y en todas las culturas, existía un vínculo especial con la observación del cielo. No solo con finalidad práctica, sino también mística. El designio de los cielos (el movimiento desconocido de los astros en el cielo) era reflejo de lo que podía ocurrir en la Tierra.

Si estás leyendo estas líneas, entiendo que, además de sentir curiosidad por la historia o por la religión cristiana, sientes curiosidad por la astronomía. Si conoces un poco de astronomía, sabes que existen unos astros similares a lo que vendríamos a describir como una estrella con «cola»: los cometas. Los cometas son restos de la formación de nuestro sistema solar ricos en hielos, que, cuando se acercan al Sol en sus órbitas marcadamente elípticas, despliegan una cabellera de miles de kilómetros y que, en casi todas las culturas, han sido símbolo de malos augurios, pues se desconocía su naturaleza y la forma de predecir su aparición.

Órbita del cometa Halley. Fuente Wikipedia
Órbita del cometa Halley. Fuente Wikipedia

El primer cometa cuyo retorno periódico fue predicho fue el del cometa Halley en 1705 por Edmond Halley, que le asignó un período de 76 años. El cometa fue visible, según diferentes registros (chinos, babilonios y de la Europa medieval) en los años 239 a. C., 86 a. C., 11 a. C., y 66, 141, 218, 295, 374, 451,530,607,684,760,837,912,989,1066,1145,1222,1301,1378,1456,1531,1607,1682,1759,1835,1910 y 1986 d. C.

Halley, en una época que empezaba a marcar el triunfo mecanicista del cálculo de órbitas de astros del Sistema Solar, se basó en la similitud de las trayectorias de los avistamientos de 1531, 1607 y 1682 y concluyó que se trataba del mismo objeto celeste. El cometa Halley fue «recuperado» el día de Navidad de 1758, 16 años después del fallecimiento de Halley, que no pudo ver el retorno de «su» cometa.

Halley y Giotto, ciencia y arte, unidos por un cometa.
Halley y Giotto, ciencia y arte, unidos por un cometa. Fuente Wikipedia

Sin duda, se trataba de astros que llamaban poderosamente la atención, pues el artista florentino Giotto (1266-1337) representó en una de sus obras —el fresco de la Capilla de Arena, la famosa «Adoración de los Reyes Magos»— el cometa Halley (que vio en 1301) como la estrella que guió a los magos desde Oriente.

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La Natividad de Giotto, con el cometa Halley en el cielo.

 

Este momento fue un hecho destacado en la representación del nacimiento de Jesús. La estrella que anunciaba el nacimiento del Mesías pasó a ser un cometa, una estrella con cola.

Una epopeya cósmica

Precisamente, en el paso del cometa Halley en 1986, la Agencia Espacial Europea (ESA), por primera vez en la historia de la humanidad, decidió emprender la tarea de conocer más acerca de la naturaleza de los cometas, que, con toda probabilidad, tienen una importancia crucial en la aparición de vida en la Tierra.

En honor al pintor medieval florentino, se bautizó a la nave espacial con el nombre Giotto. Esta nave fue lanzada en una misión aparentemente suicida el 2 de julio de 1985, hace 30 años, hacia la órbita de retorno del cometa Halley. Tras ponerse en órbita de la Tierra y dar tres vueltas, encendió el motor principal que la propulsaría hasta las cercanías de la órbita del cometa, a 150 millones de kilómetros de nuestro planeta.

Re`presentación artística del acercamiento de la Giotto al cometa Halley
Representación artística del acercamiento de la Giotto al cometa Halley en 1986. Fuente Wikipedia.

La noche del 13 al 14 de marzo de 1986 (en la era en la que no existía Internet), la nave se acercó hasta 590 km de su núcleo y, por primera vez en la historia de la humanidad, conseguimos los primeros datos y la primera imagen de una cometa y, nada menos, que del cometa 1P/Halley.

La Giotto penetró en la parte más densa de la cola de polvo y su cámara fotografió el núcleo del cometa. Recibió 12 000 impactos de granos de polvo a una velocidad de 68 km/s respecto al cometa. A siete segundos de la máxima aproximación, el impacto de una partícula de masa de un gramo la hizo salir despedida, recuperándose la estabilidad a los 32 minutos tras su estabilización orbital: herida, pero no muerta. Un gran éxito en la historia de la exploración humana.

Casi 30 años después, la sonda de la ESA se sentiría orgullosa de su digna heredera, la pareja formada por Rosetta y Philae, que aterrizaron, también por primera vez en la historia de exploración espacial, sobre el cometa 67p (Chruryumov-Gerasimenko).

Entonces, ¿qué fue la estrella de Belén?

Aunque ha habido diferentes astrónomos que han intentando calcular qué fenómeno astronómico podría haberse interpretado como una señal del «cielo» del nacimiento de Cristo, no es fácil llegar a su determinación. Kepler, en 1614, y haciendo un alarde de matemático de la época, calculó que podría tratarse de una conjunción planetaria entre Júpiter y Saturno; esto es, un acercamiento aparente en el cielo de estos dos brillantes planetas.

Unas tablillas cuneiformes descubiertas en Sippar (Mesopotamia) parecen testimoniar que, en el año 7 a. C., hubo esas conjunciones entre Júpiter, símbolo de la realeza, y Saturno, nada menos que en la constelación de Piscis (símbolo de Israel) y en tres ocasiones. Sin embargo, cálculos recientes no parecen indicar que la conjunción fuera tan cercana como para llamar la atención.

Quizás sí lo hiciera la ocultación de Júpiter por la Luna en la constelación de Aries en el 6 a. C. Júpiter estaría vinculado al nacimiento de reyes en la antigua Roma, y Aries (el cordero) al pueblo judío. Esta ocultación de Júpiter por la Luna (y su posterior aparición) ocurrió exactamente el 17 de abril del año 6 a. C. y podría haber marcado el inicio del viaje o de la búsqueda.

Sin embargo, el hecho de que los Reyes Magos siguieran el movimiento de Júpiter en el cielo —esto es, su movimiento entre las estrellas «fijas» hacia el Sur— hace difícilmente interpretable un viaje guiado y, más aún, cuando se cita en qué momento se «detiene» para marcar el lugar del nacimiento.

Ha habido diferentes hipótesis respecto a qué interpretación astronómica podría haber motivado el anunciado nacimiento del Mesías del pueblo de Israel, incluso, recurriendo a una explosión de una nova (o nueva estrella) que en el 5 a. C. fue registrada por astrónomos chinos.

Otra explicación es que una conjunción de planetas en el 7 a. C., también en la constelación de Piscis, más la suma de los fenómenos posteriores como la ocultación lunar antes citada y quizás la aparición de una estrella nova, accionaran la creencia en los astrólogos orientales —los Reyes Magos— que había nacido un nuevo rey del pueblo de Judea.

Sea como fuere, más allá de las creencias religiosas y mensajes proféticos, se trata de uno de los pasajes históricos más bonitos de nuestras creencias ancestrales y que, sin duda, está vinculado al universo, como no podía ser de otra forma.

Feliz solsticio.

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