Finalmente, aquí os presento el trabajo de compilar todo el catálogo Messier (110 objetos)con mi viejo telescopio Newton de 15 centímetros de diámetro. Se trata de un trabajo muy modesto, pero como algunos de vosotros sabéis, largamente perseguido desde mi juventud.
Después de realizarlo, mi viejo compañero de centenares de horas de observación y fotografías, se merece -por fin- un reconocido descanso, y dejar paso a medios más modernos.
Espero que os gusten estas 100 imágenes, en las que encontraréis horas y horas de exposición, captando fotones de lejanos astros y otros objetos celestes.
Se despide el verano. Estos días alcanzamos el equinoccio de otoño, momento en el que la noche y el día tienen la misma duración y el Sol sale exactamente por el punto Este del horizonte y se pone por el punto Oeste exactamente del horizonte —al igual que en el equinoccio de primavera—. Finaliza el sueño de la última noche de verano.
Y es que este verano me ha sido poco productivo astronómicamente hablando. Motivos laborales me han impedido que le dedique tiempo a escribir, y he tenido el blog dejado, sin una sola entrada desde el pasado 10 de junio, que se lo dediqué a los cúmulos globulares de Ofiuco. Claro, lógicamente el número de seguidores ha descendido notablemente, por lo que espero compensaros con esta entrada, y darle una continuidad a mi pasión por la divulgación astronómica.
El verano han sido esos meses que estoy seguro que muchos de vosotros habréis aprovechado bajo las estrellas, con vuestras familias, amigos o en la soledad de la noche, bajo una bóveda estrellada preciosa, pero efímera. Las noches han sido poco oscuras (el Sol no se encuentra muy por debajo del horizonte), y de poca duración. Especialmente cortas han sido —estoy seguro— para aquellos que hacéis astrofotografía.
Apenas estaba todo el instrumental preparado, la cámara principal adecuadamente enfocada (y, si es el caso, a la menor temperatura posible), la cámara de seguimiento en la estrella de calibración y con una buena respuesta en el programa que realiza las correcciones en los dos ejes de la montura ecuatorial, el objeto principal encuadrado y con la secuencia de tomas lista… y ¡zas! Finalizaba la noche.
Ahora, con los inicios del otoño, con noches sensiblemente más largas y oscuras, aún podemos aprovechar para fotografiar buena parte del cielo del verano. Recordemos que el triángulo de verano formado por Deneb, Vega y Altair lo encontramos cerca del cénit, aunque bien es cierto que las constelaciones más australes, mirando hacia el centro de nuestra galaxia, ha pasado el meridiano, y prácticamente se ponen un par de horas nada más finalizar el crepúsculo.
Por lo tanto, aunque seguimos teniendo buenos objetivos en alturas razonables, como la brillante nebulosa planetaria Dumbell M27 en Vulpécula, la pequeña pero brillante nebulosa del anillo M57 en la Lira o la extensa nebulosa Norteamérica NGC7000 en el Cisne, lo cierto es que las nebulosas del Águila M16, Trífida M20, Omega M17, Laguna M8, los cúmulos globulares M22, M4 y M80 y los cúmulos abiertos M6 y M7 —sin duda, objetos destacados de esta época del año—, son en estas semanas ya complicados de «cazar» por su cada vez menor altura sobre el horizonte Oeste.
Lógicamente los astrofotógrafos más experimentados y con equipos sensiblemente más técnicos se preocuparán de objetos más complejos como la nebulosa creciente NGC6888 (más conocida por su denominación anglosajona Crescent) en Cisne o la nebulosa del Corazón IC1805 en la cada vez más alta constelación de Casiopea.
Sin embargo, completando con mi viejo equipo de finales de los años ochenta el catálogo Messier, yo me he dedicado a compilar algunos objetos que pasan desapercibidos por los telescopios de los astrónomos amateurs menos expertos. No tienen la culpa de formar parte del ilustre catálogo del caza-cometas francés del siglo XVIII, y ser más modestos, con brillos o formas poco notables o, como veremos en algún caso, con declinaciones bastante incómodas para su fotografía desde nuestras latitudes.
En la captura de pantalla del programa The Sky 6, vemos una representación de la zona meridional del cielo al inicio del verano. Podemos observar la gran cantidad de objetos Messier que se agolpan en las constelaciones de Sagitario y Escorpión, o en sus cercanías. La línea verde representa el meridiano (la línea norte-sur); podemos darnos cuenta de que algunos objetos alcanzan muy poca altura sobre el horizonte del lugar, en este caso, para 40° de latitud norte, lo que complica su captura por la absorción atmosférica, el poco tiempo que están visibles y la completa libertad de posibles obstáculos naturales que impidan observarlos que debemos de buscar para fotografiarlos.
Los cúmulos abiertos de Sagitario y Escorpión
Del catalogo Messier, encontramos varios cúmulos abiertos en la constelación de Escorpión, destacando los bastante meridionales de Messier 6 y 7, muy cerca aparentemente del núcleo galáctico.
Messier 6 es el cúmulo de la Mariposa y, aunque se trata de un cúmulo de estrellas jóvenes azules, destaca una gigante roja (tipo espectral K), la más brillante del cúmulo y variable, denominándose BM Sco. El cúmulo se sitúa sobre los 1200 años luz de distancia, aunque ha habido ciertas discrepancias que tienen que ver con la absorción interestelar de la zona. Descubierto por Messier el 23 de mayo de 1764, lo clasifica como «cúmulo de estrellas entre el arco de Sagitario y la cola del Escorpión»; por lo tanto, es el primero de los objetos que compila que claramente no tiene aspecto nebuloso y sí naturaleza estelar, junto con el no muy lejano globular Messier 4, en las proximidades de Antares.
Messier 7 está cercano al anterior. Fue descubierto por Messier la misma noche y lo describe como «cúmulo de estrellas más notable que el precedente», siendo observable a simple vista desde lugares oscuros. Precisamente por su brillo y localización a simple vista, se llama también el cúmulo de Tolomeo, que lo describió como una nube en el año 130 aproximadamente; sin duda, un reto a la perfección de los cielos del concepto cosmológico de la época.
Este cúmulo, sobre un campo aún más rico que el anterior, se sitúa aproximadamente a unos 1000 años luz. También se trata de un cúmulo de estrellas jóvenes, si bien, podemos encontrar alguna amarilla que contrasta con las tonalidades dominantes.
En la vecina constelación del Escorpión, encontramos otros cúmulos abiertos, aunque mucho menos espectaculares, a pesar de encontrarse mejor situados en declinación para su observación.
Messier 18, descubierto por Messier el 3 de junio de 1764, lo describe como «cúmulo de estrellas un poco por debajo de la nebulosa descrita más arriba, número 17». Como podemos observar, en el campo, apreciamos tan ilustre vecino (nada menos que la nebulosa Omega o M17) y, además, estamos describiendo uno de los más pobres objetos descubiertos por el astrónomo francés. Es un agrupamiento pobre, a unos 4000 años luz, que solo destaca por su ubicación privilegiada fortuita en esta rica zona del cielo.
Messier 21 fue descubierto por Messier el 5 de junio de 1764, y lo describe como «cúmulo de estrellas, cerca del precedente, cuya estrella más cercana conocida es 11 de Sagitario, según Flamsteed, siendo de la séptima magnitud. Las estrellas de estos dos cúmulos [N. del a.: refiriéndose a las estrellas asociadas a la nebulosa de la trífida M20] son de la octava y novena rodeadas de nebulosa». En realidad, podríamos aplicar casi el mismo criterio que con Messier 18; se trata de un cúmulo pobre con un ilustre vecino, como es la nebulosa Trífida M20, que tan solo destaca por su aparente ubicación. La distancia aceptada es de aproximadamente de unos 4000 años luz.
Messier 23 fue descubierto por Messier el 20 de junio de 1764, describiéndolo como «cúmulo de estrellas entre la extremidad del arco de Sagitario y el pie derecho de Ofiuco». Es un cúmulo algo más rico que sus vecinos M18 o 21, pero disperso, que lo compensa con una zona menos rica de estrellas de fondo que donde se sitúan algunos de sus vecinos de similar naturaleza. Su distancia es aproximadamente de unos 2000 años luz.
Messier 24 fue descubierto por Messier el 20 de junio de 1764, describiéndolo como «cúmulo sobre el paralelo del precedente y cerca de la extremidad del arco de Sagitario en la Vía Láctea, siendo una gran nebulosidad en la cual hay multitud de estrellas de diferentes magnitudes». En realidad, consideramos este objeto como una de las condensaciones del brazo de la Vía Láctea delimitada por zonas oscuras de materia interestelar. Entre este campo tan rico, se encuentra NGC6603, a veces, confundido con el propio M24, si bien, este cúmulo se sitúa varios miles de años de luz más lejano a las estrellas que conforman este conglomerado de estrellas tan rico.
Messier 25 fue descubierto por Messier también la noche del 20 de junio de 1764, y lo describió como «cúmulo de pequeñas estrellas en la vecindad de los dos cúmulos precedentes». No es un cúmulo destacable, sobre todo, por estar sobre un fondo estelar rico, siendo mejor objeto que M18 o M21. Su distancia ha podido ser calculada con bastante precisión, gracias al estudio de la variable U Sagitario (de tipo delta cefeida), vinculada al cúmulo.
Messier 26 se encuentra, en realidad, en la constelación del Escudo y fue descubierto por Messier también la noche del 20 de junio de 1764, identificándolo como un cúmulo de estrellas sin rastro de nebulosidad. Esta cerca de la llamada «nube de la constelación del Escudo», si bien, el fondo estelar no es muy rico en su posición y, por ello, permite ser identificado con cierta más facilidad esta concentración estelar a unos 5000 años luz.
Los cúmulos globulares de Escorpión y Sagitario
Messier 4 es un cúmulo globular muy cerca de la rojiza estrella que representa el corazón del Escorpión. Es un cúmulo globular cercano, a tan solo 7200 años luz de nosotros. Fue descubierto por Cheseaux en 1746 y Messier lo encontró la noche del 8 de mayo de 1764, citándolo como «cúmulo de estrellas muy menudas, con un pequeño telescopio se le ve bajo la forma de una nebulosa». Es decir, Messier acierta en su naturaleza estelar, a pesar de tratarse de un cúmulo globular, a diferencia del resto de globulares que descubriría, y ello se debe, precisamente, a su cercanía a nuestra estrella.
Messier 80 es el otro globular de la constelación del Escorpión. Fue descubierto por Messier el 4 de enero de 1781, describiéndolo como «nebulosa sin estrellas en el Escorpión […] esta nebulosa es redonda, con el centro brillante y recuerda el núcleo de un pequeño cometa, rodeado de nebulosidad. Méchain lo descubrió el 27 de enero de 1781». No se encuentra muy lejos de Messier 4, pero es más pequeño y concentrado, mayormente blanquecino, a 32 000 años luz de nosotros y con un buen número de las denominadas estrellas rezagadas azules presentes, que, muy posiblemente, tenga que ver con su alta densidad y la frecuencia de colisiones estelares.
En la constelación de Sagitario, encontramos varios globulares, de muy diferente tipo.
Messier 22 es un globular glorioso. De hecho, es el más brillante después de Omega Centauro y 47 Tucan (ambos visibles desde el hemisferio Sur). Descubierto el 5 de junio de 1764, a pesar de su tamaño, Messier no acertó a distinguir estrellas y lo describió como «nebulosa por debajo de la Eclíptica, entre la cabeza y el arco de Sagitario, cerca de la estrella 25 de Sagitario. Esta nebulosa es redonda, no contiene ninguna estrella y se ve muy bien». Messier era consciente y cita que el descubrimiento de este objeto había sido realizado por el alemán A. Ihle en 1665, cien años antes que Messier. Es un cúmulo próximo, a tan solo algo más de 10 000 años luz de nuestra estrella.
Messier 28 fue descubierto por Messier el 27 de julio de 1764, sin llegar a identificar estrellas (como en todos los abiertos anteriormente descubiertos), considerándolo una nebulosa. Es un cúmulo pequeño y difícil de observar, que se sitúa a 22 000 años luz.
Messier 54 fue descubierto por Messier el 24 de julio de 1778, describiéndolo como una «nebulosa muy débil». Es un cúmulo globular pequeño, compacto y sobre un fondo estelar rico. Su distancia lo sitúa a 50 000 años luz, aunque algunos autores lo consideran extragaláctico, a más de 80 000 años luz, considerándose un cúmulo extremadamente compacto… y lejano.
Messier 55 fue descubierto la misma noche que M54 y descrito como «nebulosa que aparece como una mancha blanquecina de alrededor 6 minutos de extensión, su luz es regular y no posee estrella alguna». Pero lo cierto es que marca una gran diferencia con el anterior; es mucho más grande, aunque de brillo superficial débil a más de 17 000 años luz. Messier reconoce el descubrimiento a Lacaille.
Messier 69 es más modesto que su vecino M55, pero más bonito que M54, sobre un fondo también plagado de estrellas. Descubierto por Messier el 31 de agosto de 1780, también lo clasifica como «una nebulosa sin estrellas […] de luz muy débil y no se la puede ver sin un buen tiempo». Reconoce el descubrimiento a Lacaille en 1751, igual que con M55. Se sitúa a más de 29 000 años luz, cerca del centro galáctico y con una inesperada población estelar especialmente rica en metales.
Messier 70 fue descubierto por Messier la misma noche que M69 —de hecho, solo los separan 12 minutos de arco— y descrito en los mismos términos y, al igual que su vecino, mantiene con nosotros una distancia parecida y una posición relativa de cercanía con el núcleo de nuestra galaxia.
Para finalizar, lo hacemos con Messier 75, descubierto por Messier la noche del 18 de octubre de 1780, casi en la frontera con Capricornio, y cuyo descubrimiento atribuye a su amigo Méchain. Es un cúmulo de presencia pobre, al igual que los anteriores M70 y M69, o, incluso, peor. A pesar de ser uno de los globulares más pobres del catálogo, Messier llega a citar «compuesto por menudísimas estrellas que no aprecia Méchain», en lo que, a la vista de la foto, podemos ver que confundió con estrellas del campo. Es muy concentrado, pero su distancia de más de 70 000 años luz lo vuelve un objeto pobre para el astrónomo aficionado.
Finalizamos el sueño de la última noche del verano con estos cúmulos, casi todos ellos poco espectaculares en comparación con tan ilustres vecinos como hemos citado con anterioridad, pero que, sin embargo, sí merecen nuestra atención, siendo aún visibles todos ellos en las primeras horas de las primeras noches de otoño. Si nos los perdemos, no dejemos de apuntarlos para el año que viene; seguro que alguno de ellos te depara alguna sorpresa en una noche oscura.
Es posible que no sepas que eres Ofiuco, pero si, como aficionado a la astronomía, no sabes que la enorme constelación de Ofiuco (el portador de la Serpiente, con casi mil grados cuadrados de cielo) tiene siete cúmulos globulares, es porque, cuando llega el verano boreal, siempre observas los mismos objetos.
Claro, en verano, se nos ponen a tiro la nebulosa planetaria Dumbell (Messier 27), la nebulosa planetaria del Anillo (Messier 57) —muy altas en el cielo y cerca del señalado asterismo del triángulo estival formado por las tres brillantes estrellas Vega, Deneb y Altair—, las nebulosas difusas en dirección al núcleo galáctico Trífida (Messier 20), la Laguna (Messier 8) y la Omega (Messier 17), entre otra multitud de objetos que se agolpan en esta dirección.
Si, además, lo que deseamos ver son esos racimos de cientos de miles de estrellas que conforman lo que denominamos cúmulos globulares, distribuidos en el bulbo de nuestra galaxia, los primeros que nos vienen a la mente para observar son Messier 13 en Hércules, Messier 22 en Sagitario o Messier 4 cerca de la supergigante estrella naranja Antares. Pero el verano nos trae muchos más globulares, entre ellos, los siete de Ofiuco, y que aquí describimos como aperitivo de la próxima entrada.
Messier 9: descubierto por Messier el 28 de mayo de 1764, es un cúmulo globular moderado a unos 25 000 años luz de nosotros, que el propio Messier describe como «nebulosidad sin estrellas… redonda y de luz débil».
Messier 10: descubierto por Messier la noche del 29 de mayo del mismo año que el anterior y descrita como «nebulosidad sin estrellas en el cinturón de Ofiuco… es bella y redonda». Fue William Herschel quien descubriría su naturaleza estelar, si bien, hoy cualquier telescopio de aficionado en un cielo oscuro nos la revela sin dificultad. Este cúmulo se encuentra a unos 15 000 años luz, y es más brillante que el anterior, pudiendo llegar a localizarse a simple vista en cielos excepcionalmente oscuros.
Messier 12: No muy lejos del anterior globular, encontramos este cúmulo descubierto por Messier la noche del 30 de mayo. Lo describe como «nebulosa descubierta en la Serpiente, entre el brazo y el costado izquierdo de Ofiuco, que no contiene ninguna estrella, es redonda y de luz débil». Sin embargo, es también un objeto estupendo al telescopio de aficionado, algo más grande que el anterior y algo más débil. Está situado a 16 000 años luz de nuestra estrella.
Messier 14: Un poco más hacia el Este, encontramos este otro globular descubierto por Messier el 1 de junio del mismo año y que describiría prácticamente en los mismos términos que los anteriores. Es similar al anterior, pero a una distancia de unos 30 000 años luz.
Messier 19: hacia el sur de la constelación, cerca de otros deslumbrantes objetos próximos aparentemente al centro galáctico, encontramos este globular que suele pasar desapercibido para muchos aficionados, que Messier descubrió el 5 de junio de 1764 y que describe como «nebulosa sin estrellas sobre el paralelo de Antares… esta nebulosidad es redonda…». Se suele citar que es uno de los globulares más elípticos, si bien, no es una propiedad que podamos observar visualmente, aunque se resuelva bien con nuestro telescopio. Se encuentra a unos 28 000 años luz.
Messier 62: en las cercanías del anterior cúmulo globular, pero un poco más cerca del límite con Escorpión, encontramos este globular poco conocido, aunque destacable. Descubierto por Messier el 4 de junio de 1779 (observado sin registrar en 1771), lo describe como «nebulosa muy bella, descubierta en el Escorpión, que recuerda a un pequeño cometa. El centro es brillante y rodeado de una nebulosidad débil». En su empeño por la búsqueda de cometas, lamentamos que Messier no dispusiera de telescopios que le revelaran la verdadera naturaleza de estos objetos; centenares de miles de estrellas maduras agolpadas por la gravedad. Se encuentra a unos 22 000 años luz y algunos autores sugieren cierta deformidad debida a la proximidad con el centro galáctico.
Messier 107: este globular que ocupa una situación central respecto a todos los anteriores y también en el límite superior con Escorpión, no fue descubierto por Messier, sino por su amigo Méchain en 1782 y fue el último objeto descubierto de lo que podríamos llamar catálogo original. Situado a unos 21 000 años luz, algunos autores destacan su morfología de globular de distribución abierta, si bien, con instrumentos de aficionado, es difícilmente reconocible.
Para finalizar, y aunque en breve haré una entrada más larga sobre los objetos Messier del verano, comentar que las imágenes están tomadas desde la población de La Pobla Tornesa (Castellón), con un sencillo telescopio reflector Newton de 15 cm (f:5) de hace más de 25 años, y una Canon 400D sin filtro IR de hace una década, unos medios muy modestos y al alcance de cualquier aficionado actualmente.
Este próximo lunes 9 de mayo de 2016 será visible un tránsito del planeta Mercurio por delante del disco solar, fenómeno astronómico que sucederá, lógicamente, de día y durante un tiempo de 7 horas y 28 minutos.
Realmente, aunque los medios de comunicación se harán eco de la noticia de una forma más o menos sensacionalista en función del redactor de turno, ya os anticipo que, si ir a observar el tránsito va a suponer una discusión con vuestro jefe o con vuestro entorno familiar, ni lo intentéis, no merece la pena. A cambio, os ofrezco algunos datos que os pueden ser interesantes para que asombréis a vuestros compañeros de oficina cuando saquen el tema de conversación al día siguiente.
Mercurio es el planeta más pequeño y más cercano a nuestra estrella, a apenas 0,38 UA.[1] Pocas personas han tenido la ocasión de verlo: por las tardes nada más ponerse el Sol en dirección Oeste o por las mañanas entre las luces del alba matutina en dirección Este. Además de ser el menos brillante de los cinco planetas visibles a simple vista y conocidos desde la Antigüedad, su proximidad física al Sol provoca también, visto desde la Tierra, una proximidad aparente al Sol en el cielo, por lo que precisamos buscarlo siempre entre las luces del crepúsculo o entre las del alba, con unos horizontes libres de obstáculos.
Eso, en nuestra sociedad actual, a diferencia de en la Antigüedad, hace que pase bastante desapercibido, incluso, para el público interesado en la observación del cielo.
En nuestro hemisferio norte, cuando se puede observar por las tardes tras la puesta del Sol, suele presentar un brillo algo mayor si coincide con la primavera. Si, por el contrario, es posible observarlo por las mañanas del otoño, también lo encontraremos en el momento de máximo brillo.
Al tratarse de un planeta interior a la órbita de la Tierra, al igual que el planeta Venus, por el telescopio, es posible observar sus fases, como las de la Luna, aunque, obviamente, con un tamaño mucho menor por la lejanía y el diámetro.
Venus es un planeta mucho más brillante que Mercurio, más grande y más cercano a la Tierra. Eso provoca que casi con cualquier telescopio sus fases sean bien visibles (no esperéis ver más detalles que sus fases; su densa atmósfera nos impiden observar su superficie). Por el contrario, las fases de Mercurio pasan mucho más desapercibidas junto a lo escurridiza que es de por sí su propia observación. Mercurio tiene solo 4900 km de diámetro (frente a los 12 100 km de Venus), y ello unido a la distancia que nos separa (0,6 UA[1] de Mercurio frente a las 0,3 UA[1] de Venus, en los momentos de máximas aproximaciones relativas a la Tierra), provoca que conociéramos poco del planeta hasta hace relativamente escasas décadas.
Hoy sabemos que Mercurio es básicamente un planeta con un aspecto similar a la Luna, desprovisto de atmósfera, ampliamente craterizado y con temperaturas extremas (muy frías y muy calientes) debido a la peculiar duración del día. Otros descubrimientos, como el campo magnético, que indican un núcleo proporcionalmente grande o la posible presencia de agua en el interior de algunos cráteres de zonas polares, son muy recientes.
Galileo, cuando utilizó por primera vez su deficiente telescopio allá por el 1610 para observar Mercurio, no consiguió distinguir sus fases. Tuvimos que esperar a telescopios algo mejores para que se advirtieran las fases que presentaba el planeta en 1640.
Curiosamente, Gassendi observó un tránsito del planeta por delante del disco solar en 1631, pero no fue hasta casi finalizado el siglo XIX cuando se pudo determinar el período de rotación sobre su eje (88 días fijados por Schiaparelli en 1880), que, en principio, parecía coincidir con el período de traslación alrededor del Sol, en lo que podría ser una rotación acoplada. No fue hasta pasada la mitad del siglo XX cuando se pudo fijar que su período de rotación era de 59 días, y ello solo pocos años antes de que la primera misión de la NASA llegara a este planeta fotografiando un mundo desolado por impactos.
Lógicamente, solo los planetas interiores a la órbita de la Tierra pueden presentar tránsitos por delante del disco solar. Debido a las diferentes inclinaciones orbitales de los planetas, los tránsitos por delante del disco solar de Mercurio no son habituales; de media, se producen unos 13 tránsitos por siglo, mientras que los tránsitos de Venus se producen en pares separados por 8 años, pero con más de un siglo de diferencia. Los últimos tránsitos de Venus fueron en 2004 y 2012, mostrándose el primero muy favorable para su observación desde Europa.
Mientras que los tránsitos de Venus revelaron históricamente la presencia de su atmósfera y sirvieron para determinar mejor las distancias a nuestra estrella, lo que hace un par de siglos llevó a astrónomos a realizar expediciones por diferentes partes del mundo para su observación, los tránsitos de Mercurio han sido algo más estériles, excepto en la confirmación del adelantamiento de su perihelio calculado por Le Verrier a finales del siglo XIX (43 segundos de arco[2] por siglo), cuya explicación solo fue posible con la Teoría General de la Relatividad (Einstein, 1915).
Por otra parte, tengamos en cuenta que el tamaño angular aparente que presenta Mercurio no supera los 13 segundos de arco[2] (en el mejor de los casos), mientras que Venus puede superar los 60 segundos de arco[2], por lo que el tamaño aparente del pequeño disco negro que vamos a observar durante su tránsito es notablemente menor en el caso de Mercurio, incluso, menor que muchas de las manchas solares que se presentan ocasionalmente en nuestra estrella.
Este tamaño aparente implica que no es un fenómeno que podamos observar a simple vista con los medios adecuados y seguros (gafas especiales para ver eclipses de Sol disponibles en comercios de óptica), o con medios más chapuceros e inseguros (el clásico vidrio de soldador, CD-ROM, radiografías y otras parafernalias similares). Precisamos como mínimo de medios ópticos de poca potencia (prismáticos o pequeños telescopios), pero siempre adecuadamente protegidos con filtros homologados de abertura (delanteros a la óptica), a no ser que se trate de telescopios diseñados específicamente para la observación solar (marcas Lunt, Coronado, etc.).
Cuándo
El próximo lunes 9 de mayo, desde poco después de las 13 horas (13:11 h) del mediodía hasta las 20:39 h de la tarde, el planeta Mercurio pasará por delante del disco solar, fenómeno observable con los medios adecuados y seguros de forma completa, que no se observaba desde noviembre de 2006 y que no volverá a ser visible hasta noviembre de 2019, si bien, en esta próxima ocasión, no veremos el tránsito completo, pues el Sol se pondrá por el horizonte Oeste antes de que finalice el fenómeno astronómico. El próximo tránsito completo de Mercurio visible desde nuestra provincia será en noviembre de 2039.
Cómo
Quizás debería ponerlo en color rojo, pero, a estas alturas, creo que el lector conoce de sobra los peligros de la observación solar. Mirar el Sol con un telescopio o cualquier otro instrumento óptico (prismáticos, teleobjetivos, etc.) sin la adecuada protección (filtros homologados de abertura, es decir, delanteros) o telescopios dotados de prisma de Herschel para observación solar o telescopios solares tipo H-alfa, te dejará ciego.
Lo bueno es que parece ser que la quemadura de nuestra retina es indolora y que siempre te quedará el otro ojo. Lo malo es lo irreversible de la quemadura y la pérdida de la visión estereoscópica para el resto de tu vida.
No es una broma; aunque lo comente en ese tono, es un asunto muy serio: no mires al Sol si no tienes claro el tema de la seguridad de la observación.
Imagen del Sol mediante telescopio Solar Coronado PST (crédito del autor)
Si no dispones de ninguno de estos dispositivos, con un pequeño telescopio sobre trípode, puedes sujetar una pantalla formada por un cartón rígido con un folio blanco para, así, proyectar la imagen del Sol, pero en este escenario hay que ir con extremo cuidado de nunca «apuntar» previamente al Sol mirando —ni por el telescopio ni por el buscador—, sino tanteándolo hasta que lo encuentres. Poner un ocular de pocos aumentos facilitará mucho la labor y es la forma más sencilla de seguirlo. Atención a si hay niños en las cercanías del telescopio en caso de utilizar este método de observación; tienen una curiosidad imparable por poner el ojo por donde se proyecta la imagen en cuanto te descuides un poco. En el caso de que no sea tu propio hijo al que se le ocurre la insensatez de mirar por el telescopio, más vale que te vayas buscando un buen abogado y practicando algo de defensa personal, pues creo que sus progenitores desearán entablar una conversación contigo tras la visita a urgencias del hospital y la compra de un parche ocular en la ortopedia. Tu pareja también puede desear romperte algo.
¿Es divertido?
Pues a mi modesto entender,no. Es más bien realmente aburrido. Con cinco minutos, ya puedes estar saturado de ver un diminuto disco oscuro, que apenas se mueve sobre el disco solar. Pero hay algunos alicientes: puedes tener la suerte de que el Sol presente algunas manchas solares y podamos dedicarles algo tiempo a observarlas; ver sus formas diferentes y la separación entre las zonas de umbra y penumbra, así como la granulación solar si el telescopio es de cierta calidad y la atmósfera está estable. Si utilizamos un telescopio solar (H-alfa o calcio), es la excusa perfecta para confiar en tener la suerte de poder observar alguna protuberancia, que suele ser algo más vistoso.
En todo caso, si consigues observarlo, no pienses que ya te puedes morir tranquilo. La astronomía presenta espectáculos celestes que son realmente mucho más espectaculares.
Un saludo y… ¡que la sombra de Mercurio te acompañe!
PD: Si, a pesar de mis advertencias, no tienes un telescopio preparado para observar con las adecuadas precauciones el fenómeno, te aburren los frikis que tienen telescopios adecuados y no deseas acercarte a que te mareen con sus tecnicismos y te repitan cien veces lo negro que es el diminuto disco de Mercurio, tienes a Sky-live.tv, que realizará una retransmisión por Internet desde la isla de La Palma de todo el fenómeno, en colaboración con el proyecto europeo Stars4all. http://www.sky-live.tv/
[1] UA: unidad astronómica, es la distancia media de la Tierra al Sol, unos 150 millones de kilómetros.
[2] Segundo de arco (“): unidad de medida angular que equivale a 1/3600 del grado sexagesimal. Un disco CD-ROM a una distancia de 40 km sostendría con un tamaño angular de un segundo de arco. La Luna (o el Sol) sostienen un tamaño aparente en el cielo de 30 minutos de arco, o 1800 segundos de arco.
Durante el pasado mes de marzo, la carga laboral no me dejó realizar ninguna entrada en la página y, durante este mes de abril, me temo que serán escasas, por lo que voy a intentar compensaros en ofreceros, en lo posible, calidad, a medida que el proyecto en el que me encuentro inmerso va llegando a su fin.
Nos encontramos en primavera, ya sabéis, los días son más largos que las noches desde el día del equinoccio, y el cielo de invierno, presidido con ese grupo de constelaciones formado por asterismos brillantes (Orión, Géminis, Tauro, Can Mayor, Auriga, etc.), empieza a declinar por el horizonte Oeste nada más caer la noche. Con el cambio horario de por medio, ahora empieza a anochecer pasadas las 21 horas, y nuestras observaciones astronómicas dejaron de ser vespertinas para pasar a ser claramente nocturnas después de la cena.
Asumo que el lector de esta entrada está familiarizado con las constelaciones y con el movimiento anual del cielo. No es ningún secreto, entonces, que el cielo que domina hacia el Sur son las constelaciones de primavera. Cuando es de noche, estamos mirando hacia una zona del Universo que podríamos definir como casi perpendicular al plano de nuestra galaxia, y que, además, es bastante pobre en asterismos formados por estrellas brillantes.
Para los lectores que aún no comprenden bien el movimiento del cielo (por qué hay unas constelaciones de verano y otras de invierno, por ejemplo), pasar hacia delante o hacia atrás las fechas, ver cómo se mueven los planetas entre las constelaciones, etc., os recomiendo que acudáis a un Planetario (en Castellón, tenemos uno), donde os expliquen en una sesión en directo estos conceptos, o bien os descarguéis programas gratuitos de la potencia y belleza de Stellarium (http://www.stellarium.org/es/), como ya os he aconsejado en alguna lectura anterior.
Las constelaciones de Cáncer, Leo, Hydra o Virgo son las que dominan el cielo y, asomando por el Noreste, la brillante estrella anaranjada Arturo, del Boyero, que nos anunciará la proximidad de la salida de las primeras constelaciones del cielo del verano. Si nos fijamos, es una zona del cielo anodina, los nombres molan mucho, y arrastran también bonitas historias mitológicas, algunas vinculadas con la cultura del vino (aunque eso lo cuento en mis sesiones de «vino y estrellas»), pero no están formadas por estrellas brillantes. El cielo de primavera, aparentemente, es aburrido.
Pero, para aquellos observadores del firmamento ya un poco avezados en la observación telescópica, tanto para los fotográficos como para los que aún se recrean observando con sus ojos (visual) desde cielos oscuros, sabemos que la primavera nos depara una ventana a la zona de galaxias de las constelaciones de Virgo y Coma Berenice, un autentico jardín de débiles algodoncitos extragalácticos del que solo podemos disfrutar en noches sin Luna y entornos libres de polución lumínica para su observación visual, y fotografiar, con ciertas limitaciones, desde entornos semiurbanos (las fotografías que aquí se muestran están tomadas desde este entorno).
La línea verde es el Meridiano (separación Oeste -derecha-, Este -izquierda-). El cielo de primavera se levanta hacía el Meridiano, con las constelaciones de Cáncer y Leo a la cabeza.
Es muy difícil explicar el sentimiento que produce la observación visual de estas débiles manchitas algodonosas y que, en esta región del cielo, se muestran como flores en un jardín, al igual que, para un observador de estrellas dobles, le es difícil explicar la agradable sensación que le supone desdoblar un par de estrellas y observar sus posiciones aparentes y brillos diferentes. Lo cierto es que, a los que amamos la observación del cielo, detectar, observar o fotografiar estos objetos nos provoca una profunda ilusión y satisfacción.
A los observadores de este tipo de objetos del llamado cielo profundo (que incluye también las nebulosas y los cúmulos estelares), creo que, cada vez que encontramos y observamos una nubecilla escondida entre las estrellas, nos invade una extraña sensación de lejanía —aun sin conocer su verdadera distancia ni hacernos una idea mental de esta— y nos provoca una sensación de pequeñez que nos recorre el espinazo. Cada algodoncito, desde un punto de vista más físico y menos romántico, nos describe la historia del Universo, una historia de cómo se formaron las galaxias. Y es importante ser conscientes de que hablamos en pasado, pues mirar las galaxias no es solo mirar lejos en el Universo, sino también atrás en tiempo, e intentar completar el rompecabezas de cómo se formaron las primeras galaxias y cuál es su dinámica evolutiva atendiendo a su morfología.
Lo cierto es que, en visual, para un instrumento medio de aficionado (pongamos, un 20 cm), es difícil percibir estructuras. Sin embargo, la fotografía actual amateur o, incluso, con medios muy modestos, nos permite desvelar la verdadera naturaleza de algunos de estos algodoncitos galácticos y apreciar su sutil belleza.
Si el lector hace astrofotografía, seguro que le resulta especialmente espectacular sacar la nebulosa de Orión (Messier 42), la Galaxia de Andrómeda (Messier 31) o la del Triángulo (Messier 33). Estas dos últimas son galaxias vecinas, de nuestro grupo local, cercanas, a solo sobre los 2 millones de años luz de distancia de nuestra Vía Láctea. Pero, cuando nos sumergimos en las constelaciones de Virgo y Coma, encontramos un número de galaxias imponente, aunque mucho más débiles, donde las distancias solo a las componentes más «brillantes» (y accesibles a nuestros telescopios de aficionado) ya empiezan a contarse por decenas de millones de años luz. Recordando que un año luz es la distancia que recorre la luz en un año, algo así como unos 9,5 billones —con b— de kilómetros… Echemos cuentas si nos apetece.
Lo cierto es que mi empeño por completar el catálogo Messier de 110 objetos de cielo profundo desde la Pobla Tornesa con mi viejo reflector de 15 cm y una DSLR de hace una década me ha llevado los pasados meses a caer en un sector del cielo donde encontré un gran número de estas manchitas algodonosas, que tanto Messier como su amigo Mechain iban catalogando tal cual iban descubriéndolas, principalmente, durante los meses de marzo y abril, pero de hace más de 200 años, cuando no era posible ni imaginar su verdadera naturaleza o distancias. A finales de diciembre, las constelaciones de primavera eran visibles avanzada la madrugada. Algunos objetos solo los podría fotografiar pasadas las tres. La línea verde es el meridiano del lugar. Desde mi posición, una vez pasado el meridiano, no puedo fotografiar por obstáculos arquitectónicos.
Las fotogénicas galaxias de la Osa Mayor, (M81, M82 y M101), de la constelación del León (M65, M66, M95 y M96) o de los Perros de Caza (M51, M63, M106, etc.) ya las había cazado durante 2015, principalmente, incluso algunas de la constelación de Coma (M64, M98, etc.) también; el grueso de galaxias que fotografiar se situaba en la constelación de Virgo y en la frontera con la constelación de Coma Berenice, donde la media es de unas 10 a 15 tomas por 10 minutos de exposición cada una de ellas.
Lo cierto es que, en el mes de enero, me lancé a las profundidades de este jardín intergaláctico, que, aun con un equipo muy modesto, a mí me parecen dignas de darse un paseo y hacerse muchas preguntas.
Después de las fotogénicas galaxias mencionadas anteriormente, esta es la enorme zona del jardín de galaxias, con una concentración alta de objetos Messier, cada una un universo isla rodeada a su vez de otros muchos, mucho más débiles.
Messier 49: Galaxia elíptica en Virgo, descubierta por Messier en 1771 y de magnitud 8,4, siendo junto con M87, la más brillante del cúmulo de Virgo. Cuando hablamos del cúmulo de galaxias de Virgo, encontramos dos concentraciones de galaxias de diferentes morfologías, una entorno a M87 (Virgo A) y otra en torno a Messier 49, que forma parte del grupo llamado por algunos autores Virgo B, a una distancia aparente del primero de más de 4 grados. Ambos grupos están en aparente proceso de acercamiento. También hay autores que citan otro tercer grupo en torno a Messier 60. La distancia media de todo el cúmulo la podríamos cifrar en unos 60 millones de años luz, conteniendo un total de unas 1300 galaxias, siendo la región central del llamado “supercúmulo local”. Es una zona con gran presencia de gas intergaláctico, y encontramos interacciones importantes entre algunas galaxias y el gas, que se registran en longitudes de onda de radio o de rayos X.
Messier 61: es otra de esos pequeños algodoncitos que te deja sin respiración cuando la fotografías. Fue incorporada por Messier a su catalogo el 15 de abril de 1779 y descrita como “nebulosa muy débil y difícil de percibir”. En realidad M61 es una galaxia espiral con núcleo activo y brote estelar, que la distinguen de muchas de las vecinas brillantes. Brilla también con la magnitud aparente de la 9,7, tratándose de otro universo isla como nuestra Vía Láctea o ligeramente más pequeña. Es la más separada del cúmulo (situada hacía el Este de todo el conjunto) y muchas veces pasa desapercibida para los observadores, pero se trata de una galaxia también de gran belleza.
Messier 87es el centro de las galaxias del cúmulo de Virgo, se trata de una galaxia elíptica gigante descubierta por Messier el 18 de marzo de 1781. La cita como “nebulosa sin estrellas en la Virgen…de la misma luminosidad que las 84 y 86”. Es casi tan brillante como Messier 49, y su magnitud visual (8,6) la hace fácilmente localizable, aunque se presenta como un manchita esférica bastante puntual. Tiene un importante núcleo activo y emite especialmente en ondas de Radio por su interacción con el gas intergaláctico (Virgo A). Posee un halo notable que se deja entrever en esta fotografía. No nos engañemos, a pesar de su morfología elíptica, su diámetro en años luz es sólo algo inferior al de nuestra propia Vía Láctea y probablemente más masiva que la nuestra.Se pueden identificar en el mismo campo multitud de galaxias débiles, algunas sólo como meros puntitos.
Messier 84 y Messier 86, en Virgo. M84 es una galaxia elíptica a unos 60 millones de años luz. M86 es también una galaxia lenticular (Messier 1781) y ocupa la parte central del cúmulo, estando algo más cercana a nosotros. Es una zona muy rica en galaxias, algunas veces referida como «cadena de Markarian» (junto a NGC4388, NGC4402 y NGC4387) y sin duda un buen objetivo para visual y astrofotografía.
Otra magnifica y fotogénica pareja es la formada por Messier 88 y 91 en la colindante constelación de Coma Berenice. La primera es una galaxia espiral descubiertas la noche del el 18 de marzo de 1781, que la describe, como la mayoría de objetos de esta zona, como “nebulosa sin estrellas”. Al igual que citaremos con la pareja de M89 y M90, esta espiral está desprovista de zonas de formación estelar en sus brazos que se atribuye a la fuerte interacción con el abundante gas intergaláctico del cúmulo de Virgo. Messier 91 es mucho más fotogénica al tratarse de una espiral barrada. Presenta una magnitud visual de 11, lo que no facilita su observación con telescopios pequeños y bajo cielos no adecuados. Hay cierta confusión respecto a esta galaxia y su catalogación por Messier, lo que si encontramos registrado es que Messier cita a su amigo Mechain como el que le ha suministrado los datos para encontrar hasta trece objetos de estas nebulosas sin estrellas en esta zona del cielo, en el ala boreal de la Virgen.
Messier 89 y Messier 90. Una preciosa pareja en la que la segunda resalta por la belleza de la disposición de sus brazos espirales. La pareja fue descubierta la noche del 18 de marzo de 1781. Messier 89 ( a la derecha) es una Galaxia elíptica pero casi perfectamente esférica. Messier 90 a la izquierda se muestra majestuosa y sorprende su tamaño aparente entre este gran número de galaxias catalogadas por Messier. De hecho es una de las espirales más grandes del cúmulo de Virgo, presentando una baja tasa de formación estelar en sus brazos, atribuido a la alta presencia de gas intergaláctico en el cúmulo y su interacción con los brazos, a pesar de ello, su núcleo presenta zonas HII cuya ubicación aún no ha sido explicado de forma satisfactoria.
Messier 58 es una preciosa espiral barrada de Virgo de la magnitud 9,7, que fue descubierta por Messier el 15 de abril de 1779. A pesar de tratarse de una galaxia con baja formación estelar, presenta un núcleo activo y compacto. En la toma destacan la pareja NGC4567 y NGC4568, dos galaxias espirales que están interactuando (iniciando su proceso) y que se disponen en forma de “v” tumbada. Pueden ser localizadas con un telecopio amateur, pues las magnitudes de cada una es cercana a la 12. De esta toma podríamos destacar que es posible identificar una gran multitud de puntos que son en realidad galaxias, de catalogo PGC entre las magnitudes 16 y 18 (visual).
Messier 59 y Messier 60. M60 es la galaxia más brillante del campo, es una galaxia elíptica típica (E2) a unos 55 millones de años luz, anotada por Messier la noche del 15 de abril de 1779 (descubiertas por J.G.Koehler ese año), cercana a su compañera a Messier 59 (en la parte superior), otra galaxia elíptica (E5), menos brillante, a unos 60 millones de años luz, anotada por Messier la misma noche que la anterior. Ambas, como buenos ejemplos de galaxias elípticas, son ricas en cúmulos globulares y estrellas de avanzada edad. Como podemos ver, es sorprendente que Messier pasara por alto la vecina de M60 (la galaxia NGC4647) pero mucho más sorprende me resulta que, actualmente, con simple telescopio de aficionado de 15 centímetros, con una cámara réflex digital casi de primera generación (Canon 400D) y desde un entorno semi-urbano, como es la Pobla Tornesa, podamos detectar galaxias en el campo como la PGC1387975 (bajo, derecha), apenas una manchita, pero una manchita de la magnitud 17,4 (V). Hay muchas otra lejanas compañeras, e incluso algunas, casi simples puntos de luz, que no me he dedicado a identificar…fascinante, ¿verdad? .
Messier 98: En las proximidades «aparentes» de la azulada estrella 6 Comae (evidentemente de nuestra galaxia, como todas las estrellas de campo), encontramos la galaxia espiral Messier 98 . Descubierta también por Méchain el 15 de marzo de 1781, fue recogida por Messier el 13 de abril de ese mismo año, que la describió como «nebulosa sin estrellas, de una luz extraordinariamente débil, por encima del ala boreal de la Virgen, sobre el paralelo y cerca de la estrella 6 de la Cabellera de Berenice..» En realidad poco sospechaba, tanto Méchain como Messier que todas estas débiles nebulosidades que iban recogiendo en este catálogo de gran referencia entre los astrónomos amateurs, se trataban de verdaderos universos islas, en este caso, a unos 62 millones de años luz y que forma parte del llamado «cúmulo de galaxias de Virgo». En el campo se han señalado otros muchos universos islas que le pasaron desapercibidos a los astrónomos franceses, pertenecientes a catálogos como NGC, IC y PGC, algunas de las cuales brillan con magnitudes aparentes cercanas a la 17 en visual. Podemos ver que M98 es una preciosa estructura espiral bastante inclinada respecto a nuestra posición.
Messier 99 es otra galaxia espiral de este enorme jardín galáctico. Seguimos en la constelación de Coma Berenice, en la frontera con Virgo. Una enorme ventana al universo extragaláctico y donde encontramos un gran número de objetos del catálogo Messier, que son universos-islas. Este también se encuentra a unos 60 millones de años luz y también fue descubierto por Méchain un 17 de marzo de 1781. Messier lo encuentra la noche del 13 de abril y lo describe como “nebulosa sin estrellas, de una luz muy escasa, aunque sin embargo un poco más clara que la precedente [M98]…”. Es una espiral asimétrica, seguramente debido al tirón gravitatorio de otra galaxia, si bien aún no está identificada la galaxia que produce esta deformación, entre las que podría encontrarse su vecina M98.
Messier 85 es una galaxia elíptica (E2) situada en esta zona del cielo también, en la frontera con Virgo. Fue descubierta por Méchain el 4 de marzo de 1781, y comprobada por su amigo Messier la noche del 18 de ese mismo mes, anotando; » nebulosa sin estrellas, encima y cerca de la espiga de la Virgen». En realidad, es otro universo isla que se encuentra a unos 60 millones de años luz, en la parte de más al norte del cúmulo de galaxias de Virgo. El brote estelar tardío (estrellas relativamente jóvenes) que se detecta con instrumentos profesionales, ha llevado a sugerir que es una galaxia resultado de una posible fusión de dos.
Messier 100 es otra preciosa galaxia espiral en Coma Berenice. Situada, como la gran mayor parte de esta importante agrupación de galaxias de esta zona del cielo, a unos 52 millones de años luz. Fue descubierta por Méchain la noche del 15 de marzo de 1781, y por Messier el 13 de abril, describiéndola como «nebulosa sin estrellas, de la misma luminosidad que la precedente, situada en la espiga de la Virgen». M100 es una galaxia con intensas zonas de información estelar, y se hizo mundialmente conocida por la toma de su núcleo del telescopio espacial Hubble, tras la primera misión de servicio (1991) en la que se corregía (COSTAR) el defecto del tallado en su espejo.
Messier 64 se la conoce también por la «Galaxia del Ojo Negro» y es bastante conocida entre los astrónomos. Situada en Coma Berenice a pesar de su tamaño para la focal utilizada (750 mm) se muestra de gran belleza. Es una galaxia espiral descubierta por Pigott en 1779, que se encuentra a unos 17 millones de años luz y tiene unos 40.000 años luz de diámetro. Por tanto, en realidad, no forma parte del Cúmulo de Virgo, al que se encuentra cercana por perspectiva desde nuestra galaxia. Su aspecto peculiar se debe a la probable colisión en el pasado con otra galaxia, que ha terminado por mostrar dos zonas dinámicamente diferenciadas. Son tomas de 2 noches consecutivas. La imagen está algo recortada y por ello presenta una escala algo mayor que el resto de imágenes presentadas en esta entrada.
Espero que os guste y disfrutéis con esta recopilación de algodoncitos extragalácticos.
Ahora me esperan ya solo un buen número de cúmulos, en la zona de las constelaciones de verano, paradójicamente, cerca de nuestro centro galáctico, es decir, de por aquí al lado.
PD: Os dejo, para finalizar, una imagen compuesta por los recortes de los Messier de las diferentes imágenes de esta zona.
Existe mayor probabilidad de que un vehículo de color rojo tenga un accidente frente a un vehículo de color blanco. Las probabilidades de accidente del conductor de un coche en una determinada franja de edad son mayores que en otras. Todos hemos oído hablar de estas cosas cuando vamos a pagar el seguro obligatorio de nuestro vehículo. Las compañías aseguradoras se basan en las estadísticas de los siniestros y, en función de la tasa de siniestralidad, imponen unas cuotas. Se basan en un observable estadístico, que tiene una repercusión importante: la viabilidad de la propia empresa aseguradora.
Normalmente, nosotros no prestamos atención a la siniestralidad de un determinado vehículo, pero, cuando una empresa tiene que hacer negocio, sí que lo hacen, y los grandes números, cuando no existe un sesgo, siempre hablan de manera adecuada.
¿Esto nos asegura que, si nos compramos un coche blanco, no tendremos un accidente? Pues no, en absoluto. Aunque quizás el color de nuestro coche sí diga algo sobre nuestro carácter, eso ya es terreno de la psicología.
Si no tenemos ni idea del método científico, es decir, somos unos ignorantes científicos (no es en absoluto un insulto, todos somos ignorantes en muchas cosas), nos sería muy simple hacer una correlación: si te compras un coche rojo, vas a tener un accidente.
Se supone que, en enseñanzas medias, nos explicaron las leyes de la lógica y la lógica proposicional, pero no voy a ser yo quien se las recuerde al lector. Estoy seguro de que sabe de lo que estoy hablando y, si no, una rápida búsqueda en Internet se lo refrescará o descubrirá.
Por otra parte, si no tenemos ni idea del método científico, es decir, somos unos ignorantes científicos (sí, lo he repetido intencionadamente), podemos pensar que, si el color de nuestro coche tiene que ver con el carácter (y con nuestro trágico final), ¿cómo las estrellas y los planetas en el momento de nuestro nacimiento o en cualquier otro momento no van a influir sobre los seres humanos?
Representación de las constelaciones del Zodiaco. Fuente: Wikipedia
La ciencia nos está enseñando, mediante una forma de trabajar que se conoce como el método científico, cómo funciona el mundo, cómo funcionamos nosotros, cómo funciona el universo. La verdad es que nos va bastante bien o, cuanto menos, podemos decir que vamos por buen camino.
La teoría científica es un modelo que nos explica la realidad de acuerdo con los observables o con la evidencia; no es, por lo tanto, un modelo subjetivo, ni una mera opinión del que postula la teoría (el científico). La teoría de la gravedad es la explicación de cómo se comportan los cuerpos con una determinada masa en presencia de otros. La ley de la gravitación es la expresión matemática de la teoría de la gravedad, que nos permite saber cómo se comportaron los objetos sometidos a esas leyes en el pasado y cómo se comportarán en el futuro.
Una teoría es susceptible de ser refutada cuando los observables —las mediciones que obtenemos en un experimento— van en contra de las explicaciones que nos ofrece. Es falso que los científicos no quieran contemplar nuevas posibilidades, pues el método científico se basa en eso, en buscar la veracidad o no de los postulados para cualquier escenario. Esto se conoce como el principio de falsabilidad, y es lo que contraria a las pseudociencias, que son incapaces de generar ninguna teoría mínimamente aceptable sin que se venga abajo a las pocas observaciones.
Hoy sabemos mucho más que hace tres mil años; el dominio de la tecnología nos ha hecho controlar nuestro entorno, desarrollar instrumentos para explorar la Tierra o nuevos mundos —antes, puntos de luz en el cielo—, para ver lo muy pequeño y también para ver lo muy grande, formular teorías y predecir sucesos.
Pensar que las creencias antiguas tienen más validez que las conclusiones científicas, solo con el argumento de por ser antiguas, es la más absoluta estupidez que podamos pensar. Es casi como pensar que las noticias de un periódico de hace 100 años son más fiables que las que aparecen hoy, sólo porque se escribieron hace cien años.
Nosotros somos la evolución de esas creencias; no hay que despreciarlas, hay que reconocer su valor histórico, porque forman parte de nuestra historia, pero darles algún tipo de validez científica fuera de su época es un absoluto despropósito.
Los astrólogos —recordemos, pseudocientíficos (es decir, etimológicamente, ‘falsos científicos’)— intentan convencer a los ignorantes científicos de que sus creencias se justifican porque se basan en supuestas observaciones milenarias, en observaciones y relaciones de causa-efecto a las que se llegó con los conocimientos de la antigüedad, es decir ,con una visión muy reducida y distante de la visión actual del universo, y muchas veces se rasgan las vestiduras y apelan a uno de los mismísimos padres del método científico, Galileo Galilei, diciendo que algún día la ciencia demostrará que lo que defienden es verídico, tal y como le pasó a Galileo. Argumento absurdo, con el cual podríamos justificar cualquier cosa.
No requiere explicación. Fuente: falacias.escepticos.es
Contra la incultura, la única arma posible es el conocimiento; contra la magia, la única arma es la ciencia. Eso sí, contra el fraude, el arma debería ser la justicia y el peso de la ley.
Hemos evolucionado, a pesar de nuestros errores, nuestros crímenes, nuestras ineptitudes, nuestros extremismos (muchas veces, en nombre de lo sobrenatural), pero hemos evolucionado y empezamos a saber cuál es nuestra posición en el universo.
Los planetas se mueven en órbitas elípticas, pero no son cinco como se veía a simple vista desde hace miles de años hasta la invención del telescopio (hace solo 400 años), sino que son muchos más. Pueden ser más o menos brillantes o de un determinado color según su tamaño y su composición, no por propiedades asociadas a deidades que representan arbitrariamente. Ahora tenemos también planetas enanos, centenares de miles de asteroides, cometas de corto y largo período, y descubrimos muchos, muchos mundos alrededor de otras estrellas. Podemos medir ya no solo el efecto real que un planeta puede causar sobre otro en nuestro sistema solar, que empieza a parecer el patio trasero de nuestra casa, sino, incluso, el efecto que un lejano planeta, a años luz de distancia, puede causar sobre su estrella.
Sabemos que las estrellas son soles como el nuestro, con diferentes colores, tamaños y estadios evolutivos que empezamos a conocer cada vez mejor. Sabemos que sus disposiciones en el cielo son solo producto del azar, y que los agrupamientos casuales que hicieron los antiguos formando algunas de las constelaciones (no las 88 definitivamente aceptadas actualmente) son también producto de los miedos y esperanzas depositadas en los cielos cuando solamente podíamos encomendarnos a los dioses para que las cosas nos fueran bien. No es un desprecio hacia sus interpretaciones mágicas, es solo una contextualización de un momento en la historia de la humanidad en el que todo funcionaba de forma mística.
Conocemos objetos extraños —como estrellas jóvenes o estrellas moribundas—, objetos ultra compactos —como estrellas de neutrones o agujeros negros—, y vamos desentrañando bastante bien cómo evolucionan los diferentes tipos de objetos estudiando lo muy pequeño, que nos descubre lo que sucede en la materia a altas energías. Maravillas de la tecnología más puntera como el LHC o LIGO nos desvelan que somos capaces de llegar a unos límites de «sensibilidad» en las mediciones que hasta hace poco eran impensables, y somos capaces de comprobar que las teorías científicas, como la teoría de la relatividad de Einstein, formulada hace 100 años de forma matemática, son válidas para diferentes escenarios y capaces de predecir fenómenos alejados en miles de millones de años luz, miles de millones de años después de que ocurrieran. Esto se llama ciencia.
Representación artística de las ondas gravitacionales partiendo del impacto de dos cuerpos ultra-densos. Detectadas por primera vez en febrero de 2016 con LIGO. Fuente: Caltech-JPL
La astrología forma parte de la historia mística del ser humano, de sus creencias y anhelos, de su repercusión mágica en las diferentes culturas, incluso de su arte representativo, pero no es en absoluto una ciencia adivinatoria. La adivinación, de la forma en la que la entendemos en estas pseudociencias, es pura farsa.
Por favor, no vuelva a confundir astrología con astronomía, no vuelva a confundir a un vendedor de milagros adivinatorios con un científico. Hemos evolucionado y lo seguiremos haciendo, pues la ciencia está viva y dispone de los mecanismos suficientes para evolucionar y mejorar, y explicar o intentar explicar todo lo que aún no explica.
Como decía el desaparecido C. Sagan, científico y gran comunicador, «estamos apenas en la orilla del océano cósmico», pero creo que, para llegar a esa orilla, fue necesario descubrir el método científico.
Pero, en ella, sí que se establecían algunos conceptos muy importantes en el tema que nos ocupa. En primer lugar, definíamos esta nueva modalidad, integrada, principalmente, en el turismo rural, que permite enriquecer este último con una atractiva oferta cultural que está surgiendo con fuerza no solo como recurso económico, sino como compromiso de recuperar la cultura y el patrimonio alejado del ritmo diario de nuestras ciudades.
En ese compromiso de recuperación de tradiciones, costumbres y formas artesanas de comprender la vida, se encuentra escapar de la alteración de la pureza y, en definitiva, de la contaminación.
Pero ya no solo se considera contaminación la producida por agentes químicos, físicos y acústicos o la alteración de entornos paisajísticos, sino que, por fin, se incluye también la proveniente del alumbrado, público o privado, indiscriminado, que nos impide el contacto con el cielo, ya sea con fines científicos, artísticos o contemplativos.
La polución lumínica es ya por desgracia un término muy conocido actualmente, y no solo implica un despilfarro energético y un agotamiento de muchos recursos energéticos no renovables (e, incluso, profundamente contaminantes); supone también la pérdida de un bien establecido por la UNESCO como derecho de las generaciones futuras, un bien inalienable por la ignorancia, corrupción u opulencia de la clase política o social responsable de evitar las desigualdades sociales y la pobreza.
La alteración debida a la polución lumínica, además, como ya se ha demostrado en decenas de trabajos publicados en revistas científicas de reconocido prestigio, provoca un trastorno en la cadena trófica, causando la muerte a muchas especies de insectos, pero, lo que aún asusta más: la exposición indiscriminada a la luz blanca puede provocar alteraciones hormonales, que, incluso, se han vinculado a la aparición de algunos tipos de cánceres en humanos.
La iniciativa STARLIGHT, asentada en la declaración de La Palma formulada en 2007 y firmada por científicos de más de 40 países, intenta poner freno institucional a esta situación, casi bochornosa, en un primer momento, intentando identificar y preservar las zonas libres de polución lumínica y vinculándolas al emergente turismo de estrellas.
Pero esta entrada no tiene por objeto continuar denunciando el despilfarro de aquellos que toman decisiones en la instalación de luminarias ineficientes e inapropiadas con el dinero de nuestros impuestos, acto que, no obstante, invito a denunciar por parte de las numerosas asociaciones astronómicas amateurs de nuestro estado. Mucho nos quejamos de este abuso, pero pocas actuaciones emprendemos al respecto.
Esta entrada tiene la finalidad de felicitarnos por la primera certificación STARLIGHT otorgada a unas instalaciones de turismo rural en la provincia de Castellón (en el término de Villahermosa del Río): El Mas de Borràs, obtenida con la modesta ayuda de un servidor.
Imagen de la Vía Láctea sobre el Mas de Borràs, iluminado en azul, con motivo del II Curso de fotografía nocturna del cielo (noviembre 2015)
Enclavado en pleno macizo del Penyagolosa, puede ya presumir de unos cielos puros, no alterados y excelentes para practicar la astronomía. Os animo a todos aquellos que podáis a que conozcáis estas instalaciones y su programa de observaciones astronómicas.
Muy posiblemente, dos datos relacionados con el cielo han llamado tu atención estas últimas semanas. Una, la más vistosa para el observador del cielo, es la que han llamado en muchos medios de comunicación «alineación planetaria» de los cinco planetas visibles a simple vista, desde finales de enero y durante buena parte de las madrugadas del mes de febrero de 2016. La segunda, menos comprobable experimentalmente, pero para los más interesados en la astronomía, sin duda, con ciertas dosis de expectación, el posible descubrimiento de un nuevo noveno planeta en nuestro sistema solar, después de la malograda caída de Plutón en 2006, que, recordemos, fue nuestro noveno planeta hasta ese año.
Vamos por partes. En primer lugar, recordar al lector, la necesidad de buscar siempre fuentes contrastables en cuanto a noticias de ciencia se refiere. Incluso los grandes medios de comunicación, prensa y televisión, pecan, en ocasiones, de sensacionalistas. O no han sido informados correctamente o el redactor de turno, sin demasiada formación en la materia, ha interpretado como buenamente ha podido y ha sabido la noticia, dándole un suave acento dramático, que, normalmente, acaba con lo que tenga de veracidad el suceso.
De alineaciones planetarias y terremotos
El término «alineación» o «conjunción» planetaria induce a error. En primer lugar, hay que decir que todos los planetas, junto con el Sol y, en mucha menor medida, la Luna, parecen desplazarse por una línea curva imaginaria que cruza todo el cielo, llamada la eclíptica. Eclíptica, etimológicamente, hace mención a los eclipses (de Sol y Luna), pues, inicialmente, fue determinada, porque, sobre ella, es donde siempre se producían estos eventos tan llamativos y temidos en la Antigüedad. En realidad, es simple de explicar y comprender: la Tierra, al moverse en torno al Sol en un año, describe un plano en el espacio, o bien, mirándolo desde una supuesta Tierra inmóvil geocentrista, es el Sol el que describe, a razón de 1 grado diario, un movimiento cada día hacia el horizonte Este, trazando este «camino» anual del Sol en el cielo.
El hecho de que este camino del Sol aparente en la bóveda celeste, que se completa, lógicamente, en un año, esté inclinado respecto a nuestro ecuador terrestre (oblicuidad del la eclíptica, Eratóstenes III a. C.) con un ángulo de algo más de 23 grados es el responsable de las estaciones.
Como los planetas se mueven en órbitas alrededor del Sol, en planos orbitales aproximadamente similares al de la Tierra, sucede que, visto desde nuestro planeta, siempre encontramos a estros astros errantes sobre esta línea imaginaria. Como curiosidad, decir que la eclíptica atraviesa actualmente 13 constelaciones, 12 de las cuales, son las «clásicas» constelaciones del Zodíaco, que por arte de «magia», todos conocemos.
La Tierra se va moviendo alrededor del Sol en un año; eso provoca que el Sol aparente moverse por la eclíptica en un año, pero, claro, el resto de planetas se mueven también sobre esa línea, pero con diferentes períodos, pues cada planeta está dotado de su propia velocidad de traslación alrededor del Sol, y que depende de su distancia, tal y como nos lo dejó muy clarito el señor Kepler hace unos cuatro siglos.
Por lo tanto, no es en absoluto raro encontrar conjunciones planetarias, esto es, el acercamiento aparente en el cielo (insisto, aparente, es un efecto de perspectiva visto desde la Tierra) de dos o más planetas. Algunos años, las conjunciones, especialmente, de los más brillantes, como Venus y Júpiter, han llamado poderosamente la atención a aquellos que aún levantan su mirada al cielo.
Las llamadas «alineaciones» describen un fenómeno celeste aparente poco afortunado en este caso, porque no responden a una alineación espacial real, sino también a una distribución en el cielo a lo largo de la eclíptica, con mayor o menor separación angular entre los planetas.
Simulación con Stellarium
No es una tontería, como algunos, quizás cansados por el sensacionalismo de algunos medios de comunicación, han mencionado. A mí, por el contrario, me parece una excelente excusa para madrugar y ver «de golpe» a los cinco planetas que son visibles a simple vista desde la Antigüedad, durante apenas una hora (Mercurio siempre anda perdido entre las luces de la mañana, muy muy cerca del Sol). Si unimos los puntos, bastante separados en el cielo, nos podemos imaginar muy bien esa línea llamada eclíptica, y que atravesará, aunque quizás no las reconozcamos, constelaciones en las que los antiguos pusieron sus creencias más ancestrales y que han perdurado hasta nuestros días.
¿Que somos comodones y no queremos madrugar y menos desplazarnos a un lugar con un horizonte Este despejado con la finalidad de poder ver sin problemas los cinco planetas?, bien, el dominio de la tecnología, y no de la magia, nos ofrece herramientas para «ver» este fenómeno astronómico sin salir al exterior: una es la fotografía y la otra es la simulación. Aunque aquí quiero recordar las advertencias de las autoridades sanitarias respecto a una vida sedentaria, así como la especial belleza de contemplar el cielo con nuestros propios ojos.
Entre los programas de simulación con los que podemos recrear la estampa matutina, uno muy bueno, completamente gratuito (sí, dije gratuito y muy bueno), muy fácil de instalar y de utilizar es Stellarium. Lo podéis descargar desde aquí:
Solo tendréis, después de instalarlo, que facilitarle vuestra ubicación y la hora y fecha en la que queréis observar. El programa, por defecto, te muestra el cielo a la hora del ordenador, pero, con unos sencillos controles, podéis adelantar el tiempo o atrasarlo, es como un planetario, pero en nuestro ordenador.
Espero haber explicado con cierta claridad este concepto, y espero que, si jugáis con Stellarium, comprendáis un poco cómo va la cosa. De la era de Internet y las nuevas tecnologías, tenemos aspectos muy buenos y otros no tan buenos. Sin mencionar lo peor de cada casa que nos podemos encontrar en la red de redes, también nos podemos encontrar los mensajes de sectas, iluminados, embaucadores y absolutos ignorantes científicos. Hace poco, se leía en algunos grupos de Internet (y seguro que en revistas del sector), el vínculo inequívoco entre los terremotos y esta «alineación» planetaria. Bien, sencillamente, deciros que la ciencia no tiene nada que ver con estas creencias. De hecho, la ciencia no funciona como las creencias. El microondas que encendéis todas las mañanas, este trasto desde el que estáis leyéndome y la nave que llegó a Plutón el verano pasado funcionan porque trabajan de acuerdo con lo que conocemos como «método científico», que nos hace llegar a conclusiones y a leyes, después de proponer hipótesis fundamentadas, comprobarlas empíricamente y ser capaces de explicar la naturaleza de las cosas, su pasado y su futuro, y de reproducir lo que hemos plasmado en el experimento en cualquier otra situación.
No estoy haciendo una apología de la ciencia, la ciencia quizás no lo explica todo, pero sí es, sin lugar a dudas, nuestra mejor herramienta y, muy posiblemente, nuestra supervivencia como especie esté íntimamente vinculada a su desarrollo.
No se puede ser más ignorante científico que vinculando una visión en el cielo de unos planetas, efecto simple de la perspectiva desde la Tierra, a los terremotos como los acaecidos a finales de enero, y que son un fenómeno habitual en el dinamismo de nuestro planeta, aunque aún no muy pronosticable. Pero en eso estamos.
Pugnas anglofrancesas
En días convulsos y muy complicados en muchas zonas de nuestro planeta, no voy a hablar de guerras, sino de pugnas científicas, que, sin duda, son mucho más beneficiosas para la humanidad que las primeras.
Hemos dicho que Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno son los cinco planetas que son visibles a simple vista y, por lo tanto, conocidos desde la Antigüedad. Urano, padre de Saturno y abuelo del mismísimo Júpiter, es uno de los cuatro planetas gigantes gaseosos y fue descubierto el 13 de marzo de 1781 por el astrónomo inglés Sir William Herschel, utilizando un modesto telescopio en el jardín de su casa.
El planeta, aunque se encuentra en el límite de visión a simple vista, lejos de las luces de las ciudades y en noches oscuras, y existen evidencias de su observación anterior (Galileo en 1610, J. Flamsteed en 1690), no fue identificado como tal hasta que Herschel reparó accidentalmente en él. Como curiosidad (estoy seguro de que conocida por muchos lectores): fue el astrónomo alemán J.E. Bode, director del Observatorio de Berlín, quien se percató de que el reporte de Herschel no se trataba de un cometa como inicialmente se pensó, sino más bien de un planeta más allá de la órbita de Júpiter. Herschel comunicó este hecho a la Royal Society y propuso el nombre de «George Sidus» (la estrella del rey Jorge III), en honor al monarca británico. Sin embargo, este nombre no entusiasmó especialmente a los astrónomos franceses y otros europeos, aceptándose de forma generalizada la denominación de «Urano» propuesta por Bode, a iniciativa del astrónomo sueco E. Prosperin. Un primer pulso anglofrancés, que se acentuaría poco después.
El estudio de la órbita del nuevo planeta, situado a 3000 millones de kilómetros del Sol (20 UA) y que tarda unos 84 años terrestres en darle una vuelta, devolvió al astrónomo francés Laplace (sí, el de la transformada) sus elementos orbitales. Para los poco duchos en mecánica celeste, llamamos elementos orbitales a los valores que caracterizan completamente una órbita de un objeto, de forma que es posible calcular dónde ha estado y dónde estará, para cualquier tiempo dado.
Pero los elementos orbitales calculados para Urano en 1783, sin embargo, no devolvían con precisión las posiciones futuras del planeta y, en 1841, el astrónomo inglés J.C. Adams propuso la posible existencia de otro planeta más allá de la órbita de Urano que explicaría las anomalías percibidas. En realidad, en 1821, el astrónomo francés, A. Boubard ya había planteado está hipótesis, antes de hacerse cargo de la dirección del Observatorio de París.
En 1843, Adams había determinado la órbita del posible nuevo planeta. Aunque parece ser que comunicó sus resultados a los astrónomos J. Challis (Cambridge) y G. Airy (Royal Observatory, Greenwich) con la intención de que se iniciara su búsqueda, la verdad es que siempre se ha considerado que no se le tomó en cuenta la propuesta. En 1845, varios astrónomos se propusieron la búsqueda de ese nuevo planeta, entre ellos, el astrónomo francés U. Le Verrier (director del Observatorio de París) y el mencionado J. Challis, que llegó a observar a Neptuno, pero sin reconocerlo.
Mientras tanto, el astrónomo alemán J.G. Galle defendía su tesis doctoral sobre astronomía de posición en 1845, enviándole una copia de la misma a Le Verrier, que, por aquel entonces, andaba enfrascado en determinar la órbita y la masa del posible nuevo planeta. Le Verrier presentó sus cálculos ante la Academia Francesa en noviembre de 1845, así como en junio y agosto de 1846. Una vez realizada su predicción de dónde se podría encontrar el nuevo planeta, aprovechó la contestación a Galle (sí, un año después de que Galle le enviara su tesis) para pedirle que lo buscara. Galle encontró a Neptuno rápidamente, la noche del 23 de septiembre de 1846, a solo un grado de la posición donde le había indicado Le Verrier que buscara.
Urbain Le Verrier (Fuente: Smithsonian Libraries)
Neptuno fue descubierto por la mente humana antes que por el ojo. Prestemos atención a esta frase; un poco más adelante volveremos sobre ello cuando hablemos del «noveno planeta» que ha saltado a los medios en enero de 2016.
Surgió una duda razonable: si los cálculos proporcionados por el inglés Adams a Airy fueran correctos, ¿no sería la incompetencia de este último la responsable de que el descubrimiento no fuera atribuible al inglés?
A veces, encontramos a personas acomodadas en sus cargos, quizás ya sin pasión por su trabajo, y con la mente cerrada a investigar nuevas posibilidades, nuevos caminos. Esto, por desgracia, en ciencia también ha sucedido, sucede y sucederá y, muchas veces, es un escollo para el avance de la ciencia.
Airy intentó enmendar su error, al ser conocedor del descubrimiento, e intentó recopilar toda la correspondencia de Adams, y exigió a la comunidad astronómica que el éxito en el descubrimiento fuera también inglés. Para demostrar que su exigencia estaba basada en hechos, reunió todos los archivos en el llamado «Archivo Neptuno», que sufrieron, como los «expedientes X», unos percances de lo más curiosos, y que muchas veces (si no todas), se explican por la incompetencia o estupidez humana.
Si hasta aquí el lector lo encuentra interesante, le invito a que busque más información al respecto, porque, haciendo un cierto «spoiler» de la trama, el llamado «Archivo Neptuno» desapareció durante décadas y apareció en el Observatorio de las Campanas (Chile)… ¡en 1998!
Anticipo que la respuesta a ¿quién descubrió Neptuno? no es la que hemos leído en muchos libros. Por cierto, también hubo ciertas disputas en torno al nombre del nuevo planeta, hasta que, finalmente, se adoptara el que ostenta, a propuesta de Struve en 1847.
Un nuevo planeta en nuestro sistema solar
El pasado 22 de enero, hace muy pocos días, los medios de comunicación se hacían eco del posible descubrimiento de un noveno planeta en nuestro sistema solar.
Como siempre, los titulares algo sensacionalistas, incluso, en reputados medios de comunicación, han infundido bastante confusión entre el público no especializado.
Como todos sabéis, la nueva etapa de descubrimientos en nuestro sistema solar que estamos viviendo provocó que la Unión Astronómica Internacional (UAI), en su reunión de 2006 celebrada en Praga, se viera en la necesidad de definir lo que es un planeta, lo que es un planeta enano y lo que es un asteroide.
Aunque todo parecía más o menos claro en el siglo XX, los nuevos cuerpos descubiertos durante los años 90 del pasado siglo, denominados objetos transneptunianos (muy frecuente la utilización de sus siglas en inglés TNO), exigieron o aumentar la lista de planetas de nuestro sistema solar o establecer una mejor clasificación.
Con las nuevas definiciones en la mano, Plutón, visitado por primera vez por un ingenio espacial el pasado verano, pasó de ser planeta a convertirse un planeta enano junto con Ceres, Makemake, Haumea y Eris. Curiosamente, la nave de la NASA que lo ha explorado partió de la Tierra cuando Plutón era planeta y lo estudió cuando era ya un planeta enano. Esta consideración, o degradación de planeta a planeta enano, como muchos sabréis, enojó de forma especial a parte de los astrónomos americanos, pues Plutón fue descubierto en 1930 por Clyde Tobaugh desde el Observatorio Lowell, Flagstaff (EE.UU.).
Bien, pues, de la mano del hombre que «mató» a Plutón, Michael Brown (Caltech, California, EE.UU.), descubridor de Eris (2003 UB313, 5 de enero de 2005), un TNO similar a Plutón y que provocó la mencionada decisión de la UAI en 2006, resulta que ahora tenemos unos resultados publicados en Astronomical Journal, el pasado 20 de enero, junto a su compañero Konstantin Batygin (y que puedes consultar aquí http://iopscience.iop.org/article/10.3847/0004-6256/151/2/22#aj522495s7), de los que deduce que, tras el estudio estadístico de más de una decena de TNO, uno es concordante con la existencia de un posible planeta, que, en su punto más cercano al Sol, estaría a 200 unidades astronómicas y una masa de 10 veces la de la Tierra. Su período orbital podría ser de entre 10 000 y 20 000 años.
El posible nuevo planeta. Fuente: Space.com
El estudio de momento se queda aquí. No hay hasta ahora una confirmación visual, y estamos aún lejos de obtenerla, en primer lugar, porque, aunque se refinaran los cálculos, ya de por sí extremadamente más complejos que los que llevaron a descubrir Neptuno, la contrapartida óptica sería un cuerpo sumamente débil, quizás objetivo de telescopios espaciales que trabajen en el infrarrojo, como el próximo telescopio espacial James Webb (JWT).
En todo caso, quienes rápidamente se apresuran a ridiculizar el anuncio, que los hay, deberían tener un poco más de humildad y recordar la frase que antes mencionábamos cuando hablábamos de las pugnas entre astrónomos franceses e ingleses en el siglo XIX: Neptuno fue descubierto antes por la mente que por el ojo humano. Quizás la historia se repita con un nuevo planeta. Aprendamos de la Historia de una vez por todas.
Podría ser el título de un relato erótico, pero, en este caso, me temo que está muy lejos de este género, aunque no le falta pasión, por lo menos, por parte del autor; por parte de Catalina, la verdad es que desconozco sus verdaderos sentimientos.
Hace un año teníamos cometas en el cielo, pero uno destacaba por encima del resto que eran visibles, todos ellos mediante instrumentos ópticos. Se trataba del cometa Lovejoy C/2014 Q2, que llegó a observarse a simple vista, sin demasiada espectacularidad, como si la bóveda celeste quisiera darme la bienvenida a retomar la fotografía astronómica desde mi nuevo hogar y animarme a la planificación de las actividades de divulgación astronómica y de astroturismo que desarrollaría durante todo el año 2015.
Para aquellos que no lo visteis, bueno,… fue un cometa de los que los aficionados a la astronomía solemos llamar «brillante», pero no nos equivoquemos: si buscáis fotografías por Internet de este cometa, os parecerá espectacular, pero es que la astrofotografía, incluso, con medios modestos, devuelve actualmente resultados espectaculares gracias a los detectores electrónicos.
Lo cierto es que, a simple vista y desde un entorno que, aunque de una pequeña población, presenta polución lumínica —especialmente, destacable la proveniente de la ciudad de Castellón, a menos de 20 km—, pues, defraudó un poco.
Los que son unos volcados al estudio y seguimiento de cometas, normalmente, más débiles, disfrutaron bastante, pero lo cierto es que los que no somos unos devotos del estudio de cometas y, especialmente, los profanos de la observación o aquellos que son un poco nuevos en esto de mirar las estrellas, seguro que se llevaron cierta desilusión al encontrarlo entre las estrellas y observarlo.
Algunos de los que somos más viejos, y que éramos unos críos o adolescentes cuando pasó el cometa Halley en 1986, tenemos otra perspectiva. El Halley, como sabéis, es un cometa periódico que vuelve cada 76 años aproximadamente, y que es famoso en la astronomía por dos motivos: el primero es porque fue el primer cometa cuyo retorno fue predicho (por el señor E. Halley, amigo del mismísimo Newton) —motivo por el cual ostenta la nomenclatura 1P/Halley— y, en segundo lugar, porque algunos de sus pasos han sido espectaculares, especialmente, el de 1910, en el que la Tierra atravesó la cola de millones de kilómetros de esta bola de nieve sucia y, ahora ya, lugares para explorar desde que el año pasado Philae y Rosetta tuvieran una aventura íntima con el P/67.
Seguir el cielo y lo que acontece en él desde aquellos tiempos tiene su premio. En primer lugar, el felicitarse por estar aquí y disfrutar de lo que nos otorga la propia existencia y ese espectáculo nocturno que asoma cada noche tras el crepúsculo y, en segundo lugar, haber tenido la oportunidad de disfrutar de funciones celestes espectaculares.
Dos de esas funciones, y como recompensa al triste y casi desapercibido paso del cometa Halley en 1986, fueron los pasos de dos cometas en 1996 y 1997: el C/1996 B2, Hyakutake y el C/1995 O1 Hale-Bopp. Eso sí fueron cometas espectaculares, de los que esperas ver uno, al menos, una vez en la vida. Fueron dos y en años seguidos.
Cometa Hyakutake (1996)
El primero presentó una cola fina, que se extendió por buena parte de la bóveda celeste durante semanas a principios de 1996, y el segundo, descubierto lejos del Sol y por tanto esperado, nos mostró un núcleo intenso, arrastrando las típicas dos colas, una de polvo y otra de gas, presentes en estos astros, durante marzo y abril de 1997.
Cometa Hale-Bopp (1997)
Su visión, saliendo con las colas por delante, por detrás de una de las montañas que rodean el Mas de Borràs, en Villahermosa, fue imponente. Poco nos importaba a los que nos habíamos desplazado allí que la observación fuera de madrugada, antes de clarear el día.
Después, ha habido otros tantos cometas desde nuestras latitudes que han querido imitarles, de los que se ha esperado bastante, pero que, al acercarse al Sol o a nuestro planeta tras el perihelio, no han llegado, ni de lejos, a su espectacularidad; quizás, cabría citar el Holmes, por su peculiar intensidad de brillo del núcleo y su aspecto de bola, un objeto extraño propio de películas de Star Trek y sus encuentros con objetos extraños, que resultan ser conspiraciones Klingon.
Catalina C/2013 US10 no ha pretendido nunca ser un aspirante a cometa espectacular, pero sí ha sido un cometa fotogénico y que está rozando la localización a simple vista, tras el perihelio, a principios de este año. Desde lugares muy oscuros, es posible localizarlo, pero, desde las cercanías de una población, tendremos que recurrir a unos prismáticos para poderlo observar.
Trayectoria Catalina. Fuente: Sky & Telescope
El tiempo atmosférico había sido relativamente malo en diciembre, antes del perihelio del cometa, y la posibilidad de seguirlo y tomar una imagen, imposible, amparado en la madrugada, cerca de la constelación primaveral de Leo, o bien la Luna, o bien las nubes me impidieron una cita con Catalina.
Sin embargo, la noche de Reyes de 2016 parecía que las condiciones atmosféricas eran muy buenas y, si a las 19:00 h, hora local, estaba ya tomando unas imágenes resultonas de la nebulosa de Cabeza de Caballo (Barnard 33) en Orión, a las 23:00 h estaba fotografiando la galaxia Messier 109 en la Osa Mayor (un nuevo objeto para completar mi peculiar catálogo Messier). Todo parecía ir bien y, a las 2:00 h de la mañana, localizaba a Catalina, muy bajo aún en el horizonte del programa The Sky 6 (que utilizo para maniobrar el telescopio) y, lógicamente, aún muy bajo en el horizonte real, tanto que, de hecho, aún no consigo localizarlo con prismáticos desde el exterior, pero inicio las tomas.
Como si fuera un mal presagio, en ese momento, empieza a levantarse viento. Aquellos que practicáis la fotografía a través de telescopio ya sabéis qué implica esto: tomas y tomas posiblemente desperdiciadas y tiempo invertido en su selección. Aunque van pasando las horas y la Luna, bajo el horizonte aún, está muy lejos, finalizo las tomas sobre las 3:00 h de la madrugada. Poca exposición, de tres minutos cada una, movidas, apenas puedo sacar algo aprovechable, pero lo tengo. Tengo a Catalina.
Cometa Catalina, desde la Pobla Tornesa
Catalina sólo será visible, de forma algo vistosa, durante las primeras semanas del mes de enero, después, su camino hacia los confines del sistema solar, la nube de Oort, provocarán que se vaya esfumando lentamente hasta desaparecer de nuestros instrumentos, incluso más potentes.
La noche de Catalina. Captura de pantalla del programa de maniobra del telescopio, The Sky 6, con ASCOM
En ese momento, me doy cuenta de que un gran número de objetos Messier están a tiro, muchos de ellos aún sin capturar por mi modesto 15 cm. Un poco más al norte de Catalina, tengo al precioso cúmulo globular M3, al que inmortalizo con 15 exposiciones de tres minutos. Los globulares son agradecidos y, con exposiciones cortas, se muestran con gran esplendor. Pero, además, también son objetos agradecidos de observar en visual, que no nos deberíamos de perder. No me viene a la cabeza ningún globular que no merezca la pena y, si alguno lo parece, es porque el cielo no es el adecuado para él.
Cúmulo globular Messier 3
Me doy cuenta de que, hacia el horizonte NE, asoma la constelación de Hércules, con los famosos globulares Messier 13 y Messier 92 (ya capturados el año pasado), y Messier 5 más hacia el Este. Messier 5 es un globular impresionante que aún no había capturado y que dejaré para después, cuando esté algo más levantado del horizonte. Observo en el monitor el enorme número de galaxias que tengo pendientes en Virgo, un montón de objetos Messier que se agolpan esperándome en esa zona del cielo, pero no para esta noche.
Cúmulo globular Messier 53
A las 4:21 h localizo otro cúmulo globular, aparentemente más modesto, que es Messier 53, un poco más al norte que el impresionante Messier 5, y le hago la misma secuencia de 15 imágenes de 3 minutos, y alguna más que añado, antes de desplazarme al globular más espectacular del momento, el mencionado Messier 5, que ahora ya está alto en el Este, con el que inicio las tomas de la misma duración a las 5:23 h.
El grueso de galaxias Messier de primavera y el cometa Catalina
Curiosamente, me percato de que empiezan a asomar a ras de horizonte los globulares de la constelación de Ofiuco, bajísimos, imposibles de cazar, y asignatura pendiente de este pasado verano. Paradójico, ¿no? Con un montón de galaxias que ya han pasado el meridiano, encontramos, en la madrugada de la noche de Reyes, un buen número de cúmulos globulares, que avisan de que, con la primavera, no solo vendrán las galaxias, esos universos islas como pequeños algodones vaporizados.
Mientras la Luna asoma por encima de las antenas del Desert de les Palmes, sigo contemplando el monitor del ordenador y observo el enorme número de galaxias que tengo pendientes en Virgo, un montón de objetos Messier se agolpan esperándome en esa zona del cielo, pero no esta noche; tenía una cita con Catalina.
Corría el año 1997, creo recordar, y un servidor dedicaba sus fines de semana libres y vacaciones a fotografiar el cielo estrellado. Si el lector se dedica a la fotografía astronómica amateur, ya sabe de lo que hablo y esbozará una sonrisa; si, por el contrario, no conoce la fotografía astronómica —y menos la que se realizaba por aquel entonces, hace unos 20 años—, le va a parecer una afición, cuanto menos, curiosa.
Llevaba algún tiempo luchando con la astrofotografía, siguiendo los pasos de maestros como Josep Mª Esteve y Miquel Casas (Aster, Barcelona), entre otros. Situémonos: la telefonía móvil empezaba tímidamente a eclosionar, y los pendrives, tablets, smartphones y PDA no se sabían qué eran; el DVD había hecho recientemente su aparición estelar, y las conexiones de RDSI a 128 kilobytes por segundo eran la estrella de la función.
El telescopio del que disponía es exactamente el mismo con el que estoy realizando las imágenes que podéis ver en mi cuenta de Facebook o en la sección de Galería del presente Blog: un reflector de tipo Newton de la casa americana CELESTRON de 150 mm de diámetro y 750 mm de distancia focal. Esto lo convertía en un telescopio «rápido» para fotografía, con una relación focal de f:5.
Iba montado sobre una montura japonesa New Polaris, la hermana pequeña de la Super Polaris, que, después, sería copiada por una conocida empresa China, dando lugar a la montura EQ5.
La New Polaris era más sencilla; estaba dotada de buscador de la polar (para la puesta en estación con un poco más de precisión) y de un sencillo motor en ascensión recta, esto es, el eje que corrige el movimiento de rotación de la Tierra y que es el que provoca el aparente desplazamiento en el cielo del Sol durante el día y las estrellas durante la noche.
En declinación, las correcciones se realizaban “digitalmente”, es decir, con las puntas de los dedos de mi mano derecha normalmente.
T150/750 y R60/910 sobre New Polaris (1995)
Encima de este telescopio, como veis en la figura, se montaba un telescopio guía formado por un refractor de 60 mm de abertura y 910 mm de distancia focal, con un ocular reticulado. En aquella época, se colocaba una estrella próxima al objeto que se iba a fotografiar en el centro del retículo, se disparaba la cámara acoplada a foco primario del telescopio principal y, mirando por el telescopio seguidor, se iba corrigiendo «a mano», ya fuera con el mando del motor en ascensión recta o con el manguito del eje de declinación, de forma continua y sin levantar prácticamente el ojo del telescopio guía.
La distancia focal del telescopio guía (910 mm) debía ser superior a la del telescopio principal con el que hacíamos la foto o, si no, las posibilidades de éxito en la toma eran mínimas.
Pero, lo que es peor, la toma se realizaba con una cámara provista con carrete fotográfico de alta sensibilidad, de 800 a 1600 ISO habitualmente. La respuesta de la película nada tenía que ver con los actuales detectores digitales, ni en sensibilidad ni en linealidad, ya que la película fotográfica perdía rápidamente su potencial de captar luz, en lo que llamábamos defecto de reciprocidad.
Le dábamos al disparador de perilla y cruzábamos los dedos, mientras, sentados, nos disponíamos a hacer exposiciones de 30, 40, 50 o 60 minutos. Si la estrella se nos iba del retículo, por un golpe de viento, por una mala corrección (nos equivocábamos en el sentido de la corrección del motor o del eje de declinación) o cualquier otro motivo, la toma era desechada y, con ello, todo el tiempo que le habíamos dedicado.
Además, entonces, los que hacíamos fotografía nos alejábamos de los observadores de visual: justo al contrario de cómo es ahora la situación. No llevábamos ningún tipo de luz para evitar reflejos durante la toma (los observadores visuales solían llevar un frontal rojo para mirar las cartas celestes que se utilizaban entonces) y, además, habíamos recorrido muchos kilómetros para buscar cielos oscuros, porque, entonces, no existían los filtros antipolución o los filtros de banda estrecha que actualmente se utilizan en la astrofotografía con detectores digitales.
Ya podréis suponer que los resultados eran más bien pobres comparados con los actuales. Tan solo los objetos aparentemente grandes y moderadamente brillantes de la esfera celeste eran objetivo relativamente asequible. Fotografiar la Nebulosa de la Burbuja, el Casco de Thor o la Nebulosa de la Cabeza de Bruja era terreno de equipos semiprofesionales o profesionales.
Como curiosidad, podéis buscar imágenes tomadas en aquella época con grandes telescopios profesionales en libros, algunas de las cuales no pueden competir en calidad con las obtenidas con los actuales telescopios de astrónomos aficionados dotados con tecnología digital.
Si, durante la noche o noches que le habíamos dedicado a captar —con mucha suerte—media docena de objetos, no había más incidentes, volvíamos a casa esperando ir a la tienda de revelado y que de allí saliera una dispositiva o una copia en papel aceptable.
Mi tienda de confianza era (y sigue siendo) FOTO-VÍDEO LLEDÓ, actual colaborador de este Blog, en donde se cansaron de realizarle a un servidor revelados manuales para evitar dominantes (colores) de la película o cortes automáticos indeseados de la máquina de revelado entre fotograma y fotograma. Muchas películas eran reveladas con solo media docena de tomas y, a veces, esperábamos a tener una docena de tomas (quizás un par de meses) para revelar, y que los gastos no fueran tan astronómicos como solían ser.
De noches en vela, frío, porrazos nocturnos durmiéndome mirando una estrella en un ocular reticulado, malos humos por compañeros que pasaban cerca con sus luces rojas para no tropezar, algo sacamos.
Una fotografía de una galaxia
Puedo decir que una de mis mejores imágenes de aquella época es esta Galaxia de Andrómeda (Messier 31) desde el cielo del macizo del Penyagolosa, entonces, menos afectado por las luces de la ciudad de Castellón.
Recuerdo que aquella noche me dio para tres tomas, de 20, 40 y 50 minutos; no recuerdo el orden, pero las de menos exposición no tenían la finalidad de montar un HDR (entonces, no sabíamos qué era eso del alto rango dinámico), sino que la estrella guía se había ido del circulo iluminado y habíamos parado la toma. Afortunadamente, captamos un fotograma con FUJI 800 ISO durante 50 minutos con un seguimiento aceptable y aquí la tenéis.
En aquella época, la presenté a concurso, nada menos que al I Concurso Internacional de Imagen Astronómica (IAC, Cabildo Insular y A. Astronómica Palmera) y me dieron el segundo premio de la categoría.
Sin duda, un premio a decenas —quizás centenares— de noches bajo las estrellas. Pocos años después, con algún que otro premio más, dejaría la fotografía, con el salto al formato digital. Demasiadas luces, cables, software, ordenadores; era hora de disfrutar de la astronomía visual.
Otra fotografía, de la misma galaxia
Pero, actualmente, he vuelto a la fotografía, y lo he querido hacer con aquel mismo telescopio, montado en una montura más robusta y con las comodidades del autoseguimiento, en el que un ordenador y una sencilla cámara CCD lo hacen todo.
Como detector, utilizo una primitiva (unos 10 años de antigüedad) cámara digital Canon 400D desprovista del filtro de IR que aumenta su sensibilidad a la parte roja del espectro electromagnético, donde se sitúa la emisión de muchas nebulosas y zonas HII.
T150/750 y R80/600 sobre EQ6. OPT (2015)
La cámara la sitúo también a foco primario de mi querido reflector y, lógicamente, perseguía una toma aceptable de la misma galaxia con el fin de comparar.
Contrariamente a lo que podéis suponer, no me ha sido fácil. Mi actual ubicación semiurbana en la población de La Pobla Tornesa nada tiene que ver con el cielo negro del macizo del Penyagolosa de 1997, y las condiciones de humedad tampoco me han acompañado en las capturas.
Finalmente, la imagen digital que os presento es el resultado de la suma de imágenes de dos noches diferentes, de las que considero mejores, aunque he probado varias noches más y en diferentes encuadres. Están apiladas con el programa gratuito Deep Sky Stacker y procesada, esta vez, con el programa comercial Adobe Lighroom 5. He intentado en varias procesar con PixInsight (uno de los programas comerciales que suelo utilizar) y también con PhotoShop CS3, construyendo HDR con imágenes de diferentes exposiciones, pero no he acertado con su resultado.
Como considero que es suficiente el tiempo invertido, pues os presento ya el resultado, sin quedar totalmente satisfecho. Claro, si lo que quiero es calidad descomunal, siempre puedo recurrir a esta imagen profesional impresionante de un trocito de 100 millones de estrellas del objeto:
Pero, intentando sentirse satisfecho de los resultados, con unos años de diferencia, sois vosotros los que tenéis que juzgar los resultados. Hay que decir que la segunda está tomada cómodamente sentado tras un ordenador en el interior de mi casa y la primera tras el telescopio, a cielo abierto y pasando frio durante 50 minutos de inmovilidad tras un retículo iluminado.
Se puede pinchar en la imagen para ampliar la comparativa
Una galaxia muy muy cercana
La galaxia espiral de Andrómeda es una galaxia grande y agradecida de fotografiar, aunque presenta mucha diferencia de brillo entre el bulbo de alrededor de su núcleo, formado por una población estelar más envejecida, y la población de los brazos espirales, mas joven y azulada.
En el cielo, su diámetro angular aparente es de 3 × 1 grados y responde a un universo isla como nuestra propia galaxia, pero netamente mayor, de unos 250 000 años luz de diámetro y que se encuentra a unos 2,5 millones de años luz de distancia.
Eso quiere decir que, en las estrellas de la fotografía que estáis viendo, o si salís a observarlas en el cielo de otoño o primeras semanas del invierno, la luz que veis partió de ellas hace 2,5 millones de años.
En un cielo muy oscuro, es localizable a simple vista como una débil manchita nebulosa (precisamos de unos prismáticos para empezar a verla en todo su esplendor) en la Constelación de Andrómeda —de ahí su nombre— y, por lo tanto, es el objeto más lejano del universo que podemos ver sin ayuda de un instrumento óptico. Aun así, es nuestra vecina galáctica.
Posee dos galaxias satélites: Messier 32 de tipo E2, circular y cercana a M31, y Messier 110, mucho mayor, marcadamente elíptica, de tipo E5, y más separada de M31. Nuestra Vía Láctea también posee dos galaxias satélites: las Nubes de Magallanes, visibles a simple vista desde el hemisferio sur. En la fotografía, M32 está pegada a la galaxia en la parte central inferior derecha, y M110, más separada y de mayor tamaño, en la parte central superior izquierda.
A la derecha de la galaxia, podemos identificar el cúmulo abierto NGC206, como una de las «condensaciones» en sus brazos espirales. Se trata de una zona muy intensa de formación estelar, de solo 10 millones de años de antigüedad, donde se pueden identificar tanto zonas HII en el borde, como estrellas jóvenes y azules de tipos espectrales O y B, separadas por entrantes negros, que conforman zonas de polvo interestelar que absorbe la luz y configuran las zonas oscuras.
La Galaxia de Andrómeda no es una galaxia espiral, de tipo Sb, más; conforme vamos mejorando nuestros estudios de Andrómeda, hemos ido descubriendo que es una galaxia mucho más grande que nuestra galaxia, con, posiblemente, más de 400 000 millones de estrellas: como mínimo, el doble de componentes de nuestra Vía Láctea. Nuestra vecina aún nos aportará, sin duda, muchos nuevos descubrimientos, tanto en su estructura como en el estudio de poblaciones estelares y otros objetos interesantes; recordemos los recientes descubrimientos de GALEX en ultravioleta.
Aquellos interesados en identificar con más detalle zonas de esta galaxia tienen disponible en la base de datos ADS (SAO/NASA) la publicación «Hot, Luminous Stars in Selected Regions of NGC 6822, M31 and M33» de Massey AJ et al., 1995.
Además de ser nuestro vecino galáctico más importante, se mueve hacia nuestra galaxia a 300 km/s, por lo que, con unos sencillos cálculos, podemos saber que dentro de 5000 millones de años, para cuando nuestro Sol sea una enana blanca, nuestra enorme vecina colisionará con nuestra Vía Láctea, formándose una galaxia única mucho más grande.
Secuencia de la colisión
Junto con la llamada Galaxia del Triángulo (Messier 33) y nuestra galaxia, conforman las galaxias principales de un grupo de unos 30 componentes, muchos de ellos satélites de las tres principales, llamado Grupo Local.
Podemos localizar un gran número de cúmulos globulares, nada menos que más de 450 (más del doble que los detectados en nuestra galaxia), que hacen suponer que la Galaxia de Andrómeda y su gran número de estrellas (que puede duplicar fácilmente la de nuestra galaxia) es el resultado de la acreción de otras galaxias más pequeñas en el pasado. El más brillante, que no entra en el campo de la foto, se denomina M31 G1 o Mayall II (Mayall & Eggen, ASP, 1953), con el doble de masa que «nuestro» Omega Centauri y está a 170 000 años luz del centro de Andrómeda.
Hubble y la histórica Cefeida localizada en M31
El estudio de supernovas (Curtis, 1917) y estrellas variables cefeidas (Hubble, Mount Wilson, 1923) motivaron el llamado «Gran Debate» sobre las distancias de las llamadas entonces nebulosas espirales y su resolución, respectivamente. Con la Galaxia de Andrómeda, descubrimos que el Universo era un universo de galaxias y, además, en expansión desde hace unos 14 500 millones de años. Pero eso, es otra historia.