Otra explosión del castillo de fuegos

Otra explosión en el castillo de fuegos

2017eaw es el nombre oficial de esta décima supernova en NGC6946

La galaxia NGC6946 tiene unas siglas poco atractivas, sin embargo, si la denominamos Galaxia de los Fuegos Artificiales (Fireworks Galaxy), es mucho más atractiva de recordar. Como un buen número de otras galaxias relativamente cercanas, fue descubierta por William Herschel (descubridor del planeta Urano) en septiembre de 1798, y se sitúa aparentemente entre las constelaciones del Cisne y de Cefeo, esto es, ya entrada la noche de primavera o a primeras horas de las noches de verano.

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La pareja celeste NGC6946 (galaxia espiral en la parte superior) y NGC6939 (cúmulo abierto en la parte inferior).  

 

Esta galaxia pasaría desapercibida entre otras tantas de las situadas a más de los 10 millones de años luz de nuestra Vía Láctea —que consideramos universo local— si no fuera por tres motivos. El primero es su por su orientación: se nos presenta vista de forma polar o, como se suele decir incorrectamente, «desde arriba» (aunque en el universo no exista un arriba y abajo), lo cual nos permite ver su estructura de brazos espirales de una forma bastante clara, al igual que en otras ilustres espirales como Messier 51 o nuestra vecina Messier 33 [1][2]. En segundo lugar, porque es una de las galaxias denominadas de brote estelar, esto es, que presenta una tasa de formación estelar alta junto con una gran cantidad de zonas de gas interestelar (regiones de hidrógeno molecular o zonas HII) presentes. En tercer lugar, por el número de supernovas que durante el siglo XX se descubrieron en la galaxia, nada menos que siete, y que le valieron el sobrenombre que tiene.

Y aunque estemos tentados de vincular el segundo con el tercer motivo, la verdad es que no tienen nada que ver. Los brotes estelares marcan el nacimiento de nuevas estrellas, normalmente, asociados a veces a estrellas realmente brillantes y masivas, lo que se conoce como asociaciones OB1, enormes gigantes azules de superficies muy calientes. Pero estas estrellas jóvenes y calientes, aun en galaxias muy cercanas, son difícilmente distinguibles del resto de la zona de formación estelar HII. Por el contrario, las supernovas se vinculan a fases finales de estrellas, a la muerte estelar. Aparecen de repente sin que tengamos aún la tecnología suficiente para saber cuándo va a suceder un evento de este tipo, pero su brillo las hace distinguibles del resto de la galaxia, incluso en lejanas galaxias, llegando a brillar en algunos casos más que todo el conjunto de estrellas de su galaxia; esto es multiplicar su brillo por más de un millón de veces el precedente: sin duda, un apoteósico final.

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Sin embargo, hay que recordar que, a principios del siglo XX, apenas ni conocíamos como «vivían» las estrellas, ni lo que eran las galaxias. Un 11 de mayo, pero de 1900, nació la astrofísica en cuya tesis doctoral (1925) se iban a sentar las bases de la naturaleza y composición de las estrellas, Cecilia Payne. Pocos años después, se describirían las reacciones nucleares de fusión del hidrógeno en el núcleo de las estrellas, que, a la postre, es el proceso que las mantiene activas durante la mayor parte de su vida. Simultáneamente casi, E. Hubble descubría, gracias a los trabajos de la astrónoma H. Leavitt (una de las mujeres «calculadoras» de Harvard) sobre las estrellas variables Cefeidas, que existían más galaxias como nuestra Vía Láctea, calculaba la distancia a las más cercanas y deducía que el universo de las galaxias está en expansión.

En este bullicio de descubrimientos sobre el universo que constituyó la primera mitad del siglo XX, encontramos los primeros cálculos sobre la edad del universo y el postulado de la teoría del Big Bang (nuestro mejor modelo de universo hasta la actualidad), los cálculos sobre la evolución estelar en función de las masas y metalicidades, así como los recorridos estelares a lo largo del llamado diagrama de HR y una infinidad de descubrimientos que culminarían en 1941 con la clasificación por parte de Rudolph Minkowski (no confundir con Hermann Minkowski, pesadilla de estudiantes de geometría) de las supernovas como fases finales estelares en dos tipos, en función de la presencia o no de hidrógeno en su espectro, denominadas respectivamente de tipo II y de tipo I.

Aunque, posteriormente, las supernovas son susceptibles de clasificarse en subtipos —especialmente, a partir de la década de 1980—, en una primera aproximación, reconoceremos las supernovas de tipo II como fases finales de estrellas con mas de 9 masas solares, con vidas cortas, cuya falta de reacciones de fusión efectivas en sus zonas centrales provoca al final de sus vidas el colapso del núcleo y la violenta explosión de la mayor parte de la estrella. Los residuos, el núcleo de alta densidad, seguirán colapsando para dar origen a objetos exóticos como estrellas de neutrones, púlsares o agujeros negros.

Por otra parte, el tipo de supernova Ia (no así las Ib y Ic) está vinculado a procesos destructivos de una estrella masiva y una compañera, y cuya gráfica de luminosidad con el tiempo puede ser tomada como candela estándar o patrón de estimación de distancias. Sería un buen momento para hablar de la expansión acelerada del universo a partir de supernovas Ia en alto redshift (z), pero estoy seguro de que conocéis el tema o, si no, lo buscareis en Internet, quizás ante la sorpresa de que este estudio deparó un permio Nobel y nos hizo acercarnos al lado oscuro un poco más.

Parece ser que la supernova descubierta en la galaxia NGC6946 por P. Wiggins (Utah, EE. UU.) la noche del pasado 14 de mayo es de tipo II. El estudio de cómo evoluciona su luminosidad con el tiempo nos ayudará a confirmar el tipo de estrella progenitora, pero, para tratarse de una galaxia situada a 22 millones de años luz, el «chupinazo», en esta ocasión (de la magnitud aparente 13 la noche de la fotografía), es considerable, constituyendo la décima supernova descubierta en esta galaxia desde inicios del siglo XX.

No es raro el descubrimiento de supernovas. Todos los años, equipos de rastreo automático del cielo detectan más de dos centenares entre todas las galaxias monitorizadas, pero que tengamos una decena en una galaxia en poco más de cien años constituye un dato cuanto menos curioso.

2017eaw es el nombre oficial de esta supernova, que, de haberse producido en nuestra galaxia (la última ocurrió en 1604 si no tenemos en cuenta la de la Nube de Magallanes en 1987) y en las cercanías de nuestro vecindario estelar —digamos a una veintena de años luz—, podría haber provocado la extinción masiva de especies en nuestro planeta.

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Imagen de los restos de la supernova de 1604, la última supernova en nuestra galaxia. Imagen tomada con el telescopio espacial Chandra. Crédito: NASA/ESA/JHU/R.Sankrit & W.Blair

 

Quizás nuestro vínculo con el final de las estrellas, el isótopo hierro-60 y las mutaciones del Pleistoceno tengan mucho aún que decirnos.

[1] https://cielosestrellados.net/2017/03/25/en-el-reino-de-las-galaxias-cercanas/

[2] https://cielosestrellados.net/2016/12/17/una-galaxia-como-posiblemente-nunca-antes-la-habias-visto/

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