El cielo en verano: la astronomía observacional y algunas reflexiones bajo las estrellas

Sí, ya sabemos que el verano empezó el pasado 21 de junio con el solsticio, pero en seguida comprenderéis el porqué de esta entrada.

Ya sabemos que, durante estas algo más de cinco semanas de verano, hemos batido muchos récords en temperaturas diurnas y nocturnas, con un calor sofocante.

Pero, siendo optimistas, las temperaturas van a suavizarse en los próximos días, y después de la «Blue Moon» del próximo viernes, último día de julio, es muy posible que disfrutemos de unas vacaciones o un fin de semana de escapada a algún lugar en medio de la montaña o bien tan solo salgamos de nuestras poblaciones para pasear un rato, escuchando cómo respiran aliviados los animales nocturnos, entre los cuales, me incluyo.

Conforme la Luna mengua, entramos en el mes de agosto y, con él, en noches ligeramente más oscuras y algo más largas, estupendas para disfrutar del cielo estrellado en todo su esplendor, y refrescarnos del calor pasado.

Además, cuando apenas llevemos una decena de días del mes, empezaremos a oír hablar de la lluvia de estrellas fugaces del verano (en el hemisferio norte de la Tierra), las Perseidas, que este año va y caen con una Luna muy favorable para su observación.

¿Qué más quieres para lanzarte a observar el cielo? 

SnoopyVangogh

Disfrutar del cielo es un espectáculo grandioso y gratuito. Si estamos empezando en esto de la astronomía, y queremos saber de las estrellas y de las constelaciones, de los planetas, de las nebulosas y galaxias, tenemos dos vías: ser autodidactas o bien acudir a cursos, jornadas o «noches de estrellas» que se realizan para público de todos los niveles en muy diferentes lugares de nuestro estado. Este Blog te puede dar una idea de las actividades locales.

No penséis que os voy a desaconsejar la vía autodidacta por mis intereses profesionales en la interpretación del cielo. De hecho, os voy a ser completamente sincero, y os voy a decir que, posiblemente, sea la que más satisfacción personal os proporcione y, en un intento (no sé si bueno o no) de ayudaros, he decidido hacer esta entrada.

Estoy seguro de que, si estáis leyendo este texto, conocéis el funcionamiento de Internet, y sabéis que hay cientos, miles, decenas de miles, de recursos on-line donde encontrar información. Alguna muy buena, alguna mediocre y alguna bastante indeseable, para una persona que empieza a explorar el firmamento.

El lugar para observar el cielo

En primer lugar, para disfrutar de la astronomía observacional, lo que necesitas es un cielo estrellado que observar. Parece una perogrullada, pero no lo es.

Esto no presenta inconveniente si el tiempo atmosférico acompaña y nos vamos de vacaciones o a pasar un fin de semana a un alojamiento rural o un pequeño (pero pequeño de verdad) pueblo de interior. Si no estamos entre estos afortunados, la única solución es coger el coche y alejarnos una tarde lejos de las luces urbanas.

La primera duda puede ser dónde exactamente: ¿en un lugar muy lejano de la ciudad?, ¿un lugar alto quizá?, ¿un lugar seco, alejado del mar?

La respuesta no es sencilla, pero os contestaré —para simplificar— que el lugar adecuado será allá donde nos permita la comodidad del desplazamiento. Lógicamente, si os digo que los observatorios profesionales se sitúan a muchos kilómetros de las poblaciones grandes (tanto más lejos cuanto más grandes son y más importante es el desembolso económico del proyecto), en alturas destacadas evitando las nubes bajas y, preferiblemente, con poco vapor de agua en el ambiente, y que, además, estos lugares son objeto de estudio durante años antes de decidirse a erigir estos «templos del cielo» que constituyen los observatorios modernos, ya podéis pensar que, si queremos ser absolutos sibaritas de un cielo oscuro perfecto, no nos será fácil encontrar un lugar semejante.

Pero nosotros no somos científicos buscando obtener mediciones de delicados objetos celestes a miles de millones de años luz, y nos vamos a conformar con alejarnos de la costa, no por la presencia del mar en sí, sino por la terrible polución lumínica que se produce en lugares turísticos, y que, en nuestro estado, suele ser, como mínimo, casi todo el arco Mediterráneo.

Hace unos 25 años, para encontrar un cielo bastante bueno, era suficiente con alejarnos unos 50 km (en línea recta) de una población como Castellón de la Plana; actualmente, es necesario recorrer más de 80 km (creo que soy muy optimista) para encontrar cielos oscuros en todas las direcciones del horizonte de observación. Prometo una entrada futura sobre la polución lumínica que tanto nos perjudica a los profesionales y a los aficionados a la astronomía, pero ahora no es el momento.

vialactea110893py2marcoEn principio, podemos hacernos una idea con los mapas de Google Earth By Night (o de cualquier otra fuente más cercana) y buscar dónde encontramos «parches» de oscuridad cerca de las poblaciones en nuestras comarcas. Es divertido y, hasta cierto punto, poco útil, porque nos vamos a desanimar e, incluso, cabrear cuando conozcamos que toda esa energía desaprovechada en iluminar el cielo la pagamos de nuestros impuestos.

EarthatnightByGoogle2012

Conduzcamos hacia el interior, preferiblemente, ganando altura, hacia zonas con poca densidad de población y, cuando consideremos oportuno, una carretera secundaria nos puede llevar a alguna zona rural no iluminada. Paremos el coche, apaguemos las luces, pongámonos loción antimosquitos, una prenda de ropa (sí, la vamos a necesitar) y una esterilla para tumbarnos y, en diez minutos, podemos estar disfrutando del cielo sobre nuestras cabezas en la postura más adecuada para contemplar el firmamento.

El mejor instrumento para empezar a observar el cielo

El instrumento para empezar a observar el cielo va a ser nuestros ojos. Estoy seguro de que encontraréis mucha información donde os recomiendan unos prismáticos (aceptable) o un pequeño telescopio (inaceptable). Yo voy a ser ruin. Vais a utilizar exclusivamente vuestros ojos en esta ocasión.

Hace unos 100 años, no existía luz eléctrica, y los cielos sin Luna eran muy oscuros. A lo largo de toda la noche, y gracias al movimiento de rotación de la Tierra, se suele decir que se podían observar más de 6500 estrellas. La verdad, esa cantidad no sé si es exacta, no las he contado nunca, pero sí sé que, en cielos oscuros y muy alejados de las ciudades, se pueden contar por varios miles, en cuanto nuestra vista está acostumbrada a la oscuridad.

Sencillamente, el espectáculo es fantástico, ¿verdad? Nos invade una sensación de pequeñez, de insignificancia, y el cielo parece tan «perfecto» que no es de extrañar que todas las civilizaciones antiguas, además de emplearlo como reloj y calendario, le rindieran culto y le atribuyeran propiedades excepcionales y mágicas.

La ciencia nos ha enseñado que todas las creencias irracionales y mágicas, como la astrología (que murió hace 500 años, pero que la ignorancia científica hace que aún palpite) no tienen ningún fundamento. Voy a ser más descriptivo: tienen fundamento cero.

Astrologia

Sin embargo, la misma ciencia nos enseña que, aunque hemos hecho grandes avances en la comprensión del universo (desde lo muy cercano a lo muy lejano, se cumplen las mismas leyes de la física), en primer lugar, tenemos que ser humildes, pues tenemos evidencias científicas para creer que desconocemos una gran parte del universo (aunque somos capaces de razonar que lo desconocemos desde el mismo conocimiento y no por mera «intuición») y, en segundo lugar, no perder la capacidad de asombrarnos y de investigar (con el método científico en la mano) esas propiedades excepcionales que sí tienen los objetos del cielo.

La ciencia es nuestra mejor herramienta, así lo viene demostrando desde hace 500 años (los puristas podrían poner en entredicho esta cifra, nunca discutiré sobre ello), y de ella depende nuestro presente y nuestro futuro como especie en el planeta Tierra. Esta frase tan lapidaria me temo que es estricta y crudamente cierta.

Con este tipo de reflexiones bajo las estrellas, cuanto menos, hemos hecho algo de tiempo y conseguido que nuestros ojos estén acostumbrados ahora a la oscuridad de forma completa. Nuestras pupilas dilatadas (su diámetro máximo depende de la edad y varía ligeramente de un individuo a otro) son ahora capaces de recoger el mayor número de fotones del espacio. De recoger información de soles como el nuestro, pero muy lejanos.

Stellarium15agosto2015

Observamos que las estrellas, con diferentes colores (sí, colores), forman figuras antojadizas, que los antiguos agruparon en constelaciones. Es posible que ignoremos que algunos luceros brillantes son, en realidad, los planetas visibles a simple vista. Y una gran franja blanquecina, que empieza a alcanzar nuestra vertical de forma imponente, cruzando el cielo de Norte a Sur, es lo que los antiguos llamaron Vía Láctea y que, en realidad, es nuestra Galaxia.

Pero ¿qué sabemos de las estrellas? Son soles lejanos, muy lejanos, cuyas primeras distancias no fue posible empezar a medir hasta mediados del siglo XIX, de diferentes tamaños y colores que se agrupan en formas caprichosas, en las cuales los antiguos creyeron ver figuras de su vida cotidiana o de sus creencias, miedos y esperanzas.

Estas noches de verano vamos a reconocer algunas de esas figuras. Será el primer paso en nuestra astronomía observacional, después de habernos asombrado del número de estrellas visibles desde un lugar oscuro.

Para ello, al igual que los niños utilizan un mapa mudo de nuestro planeta (nunca entendí por qué le llaman así, si los mapas nunca hablan) y le asignan las artificiales líneas de las fronteras, para reconocer la situación de los países, nosotros vamos a hacer lo mismo, pero a la inversa.

Utilizaremos un mapa del cielo donde se sitúan las estrellas y las líneas que unen de forma arbitraria las estrellas (sí, arbitraria según las diferentes mitologías de los antiguos griegos y romanos en nuestro caso) e, incluso, las arbitrarias líneas de «fronteras» entre constelaciones (asignadas por la Unión Astronómica Internacional a principios del siglo XX; antes de esta fecha, sencillamente, no existían), y, a partir de ahí, vamos a reconocer esos asterismos en el globo celeste. ¿Difícil?

No, no lo es. Tenemos que tener paciencia, y empezar por las «fáciles», que son las que están constituidas por estrellas brillantes. Una carta celeste con las constelaciones de verano (¡anda!, se me olvidó, la Tierra gira en torno al Sol en un año y, claro, una parte de las constelaciones del cielo cambia, de forma cíclica, según la estación) o un planisferio celeste (también llamado buscador de estrellas) nos puede servir para todo el año. Los planisferios celestes se pueden conseguir en tiendas de óptica y en librerías, y no deberían costar más allá de unos 15 o 20 euros.

planisferio1

La carta del cielo del verano en este caso os la facilito. Si habéis leído hasta aquí, os lo merecéis. Es muy sencilla (¡gracias, AAS!), pero, impresa en un DIN A4, es suficiente para empezar. También podéis recurrir a programas de planetario, gratuitos, en castellano y fáciles de instalar y usar en el PC (Stellarium, por ejemplo), e imprimirlas vosotros mismos para cualquier fecha, hora y latitud.

CARTA8finalwb

Orientémonos en el cielo. Primeramente, una brújula nos puede ayudar si nos vemos muy perdidos (o una aplicación que haga de brújula electrónica en nuestro smartphone, pero que nos deslumbrará si no tiene la opción de modo nocturno en rojo).

Si somos aventurados, y hemos visto por dónde se pone el Sol (hacia el Noroeste en caso de verano), podemos intentar localizar el horizonte norte de forma aproximada, mirando hacia la derecha del horizonte Oeste. Esto, en realidad, lo aprendimos en el colegio.

Y es que hacia el Norte, pero en el cielo, vamos a encontraremos el conocido asterismo de la Osa Mayor. Todos hemos oído hablar de la Osa Mayor; está formada, principalmente, por siete estrellas brillantes en forma de «cuchara» y, a partir de las dos estrellas delanteras o «punteras» Dubhe y Merak, podemos encontrar —prolongando unas cinco veces su separación— una estrella solitaria llamada Polar. Esta estrella, inmóvil durante toda la noche, nos marca el Norte celeste, porque coincide con la imaginaria prolongación del eje de rotación de la Tierra hacia la bóveda celeste.

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Pero, claro, nos marca el Norte en la época actual (bueno, de forma bastante aproximada), no lo hará dentro de 2000 años, ¿sabes por qué? Estoy seguro de que, si no lo sabes, en un momento, estarás buscando en la Wikipedia «precesión de los equinoccios», algo que los antiguos ya intuyeron hace unos 2000 años.

Por cierto, si situamos la Osa Mayor y la Polar, a partir de ellas, y siguiendo una línea aproximadamente recta, podemos encontrar a la reina de Etiopia Casiopea, un asterismo formado por unas 5 estrellas que en este momento empieza a levantarse por el noreste configurando una “w”. Cuando Baje la Osa Mayor, se levantará Casiopea, de forma que podríamos construir un primitivo reloj astronómico nocturno. Si nos interesa un poco la mitología greco-romana podemos buscar la relación entre Casiopea, su marido Cefeo, su hija Andrómeda, el héroe Perseo y Cetus el monstruo marino. Todas estas constelaciones aparecerán en las cercanías aparente de la bóveda estrellada en cuanto se levante por el Este el cielo de otoño.

Hacia el Oeste, se están ocultando las últimas constelaciones que han presidido las noches de primavera. Las constelaciones de primavera no están formadas por estrellas relativamente brillantes como las constelaciones de invierno o las de verano; de hecho, el cielo de primavera es uno de los cielos más pobres del año en estrellas brillantes, si bien esconde otros tesoros, como multitud de galaxias. Aun así, quizás todavía podremos reconocer la «Y» de Virgo, con su estrella Espica, «la espiga», una estrella a 250 años luz y con siete veces la masa de nuestro sol.

A una altura algo más agradable del horizonte Oeste, encontramos la constelación del Boyero, con la estrella naranja Arturo (a 36 años luz y una masa de 1,5 veces la de nuestro sol). Podemos decir que ha sido la estrella más importante en brillo de toda la primavera. Fijémonos en la alineación de la Osa Mayor, Arturo y Espica. ¿A que haciendo alineaciones imaginarias es fácil encontrar las estrellas? ¿Sabes qué secreto guardan los colores de las estrellas? No te lo voy a contar, porque, a poco que te lo preguntes, buscarás «evolución estelar» en Internet y encontrarás muchísima información. Fíjate en la coloración de la estrella Arturo, la compararemos con la estrella Vega dentro de un rato, en cuanto encontremos esta segunda estrella en el cielo.

Nada más caer la noche, identificaremos en la parte contraria del cielo el espectacular planeta anillado: Saturno, el dios del tiempo. Es de una coloración ligeramente amarillenta, que destaca con la anaranjada y aparentemente cercana estrella Antares, el corazón de la constelación del Escorpión (a la considerable distancia de 550 años luz y una masa de unas 15 veces la masa del nuestro sol). No te voy a aburrir hablando de Saturno, o de lo enorme que es Antares (supergigante roja) y el poco tiempo que le puede quedar de vida antes de explotar como una magnífica supernova. Lo que sí te tengo que pedir es que intentes ver Saturno en el telescopio de algún conocido, amigo o vecino durante este verano, merece mucho la pena.

Saturn_Peach

Escorpión y Sagitario («la tetera»), que se encuentra al Este de la primera, son dos constelaciones que se encuentran a baja altura hacia el Sur, pero, entre ellas, se encuentra el núcleo galáctico. Fíjate, si la polución lumínica del lugar te lo permite, en cómo se ensancha por esta zona nuestra galaxia. A unos 30 000 años luz, se sitúa un enorme agujero negro (Sagitario A), cuya masa y posición han sido calculadas en los últimos años con mucha precisión, a pesar de no ser visible con telescopios «normales».

Sigamos en el Sureste y tomando el camino de nuestra vertical. El cielo que dominará todo el resto del verano. Destacamos las estrellas que conforman el llamado triángulo de verano: Vega (estrella a 25 años luz y 2,5 veces la masa del Sol), Deneb (a la considerable distancia de 1500 años luz y con 15 veces la masa de nuestra estrella) y, finalmente, Altair (a «tan solo» 16 años luz y una masa de unas 1,7 veces la masa del Sol), de las constelaciones Lira, Cisne y Águila, respectivamente. Cisne y Lira son las más fácilmente reconocibles (el Cisne es una gran cruz sobre la Vía Láctea), pero el Águila es algo más complicada, yo prefiero localizarla como una enorme letra griega alfa.

Por el Este, asoman las constelaciones de Otoño, que vendrá marcado por la ausencia de asterismos brillantes, pero estoy seguro que, de momento, has tenido bastante por esta noche. Ya intuyes que sólo hemos reconocido el cielo a vista de pájaro, sin agobios. Nos hemos dejado muchas constelaciones por identificar (en todo el cielo hay 88 constelaciones, establecidas por la UAI), aún así todas las estrellas visibles en esta noche, son sólo una pequeñísima parte de las estrellas que contiene nuestro sistema galáctico, la Vía Láctea, con 100 000 millones de soles. Podríamos decir que las estrellas que vemos son las “vecinas galácticas” del Sol. No nos agobiemos con los números, recuerda que el objetivo es disfrutar del camino, no el destino.

Iamhere

Otro día hablaremos de los primeros telescopios para ver de cerca lo que se esconde entre las estrellas.

Gracias por leerme y feliz mes de agosto con ¡Cielos estrellados!

One thought on “El cielo en verano: la astronomía observacional y algunas reflexiones bajo las estrellas

  1. Muy interesante, un articulo para que la gente se anime a buscar información, creo que todos empezamos al principio como autodidactas y luego fuimos conociendo a otros amigos de afición.

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