Cometas en el cielo (II)

Cometas en el cielo (II)

En la entrada anterior leímos como Halley y Newton sentaron un cambio de rumbo en la historia de amor y terror entre los humanos y los cometas.

En 1758 volvió el cometa, tal y como Halley –ya fallecido- había calculado con una notable precisión. Pero antes nos habían visitado otros destacados cometas como el gran cometa Cheseaux de 1744 mostrando un abanico de colas, si bien no habían captado la atención entre los astrónomos con la intensidad que sí habían provocado estos astros a los antes mencionados.

Los grandes cometas, en una época en la que el cielo apenas tenía polución lumínica, se solían observar con cierta facilidad en periodos que oscilaban de entre 10 y 20 años, si bien es cierto que con el telescopio –un instrumento que se empezó a perfeccionar a  finales  del siglo XVII-  el número de estos astros visibles –pero mucho más débiles- era mayor.

Estos en muchas ocasiones eran cometas de corto periodo –de unos pocos años- y tenían unas orbitas poco excéntricas como el cometa 2P/Encke (Mèchain, 1786) que nos visita en un periodo de solo 3,3 años. El astrónomo J.F Encke calculó su órbita en 1819 (casi treinta años después de su descubrimiento), tratándose de un cometa que presenta normalmente un escaso brillo en cada aparición. –no hablamos pues de un gran cometa-.

Ya podemos intuir que entre el siglo XVIII y finales del siglo XIX se produjeron una gran cantidad de descubrimientos de cometas, gracias a la proliferación de observatorios, incremento del interés por estos astros (a partir del cálculo exacto de sus órbitas y el prestigio que podía otorgar a su descubridor) y las mejoras en las técnicas en la instrumentación. Y los astrónomos se asombraron de la muy diferente «fauna de cometas» que teníamos en nuestro sistema solar.

 Cometas de corto y largo período. Cometas activos, cometas moribundos de escasos volátiles con colas casi inexistentes, cometas que se fragmentan, que son desviados o que impactan contra planetas, con especial atención a la modificación de las órbitas por la gravedad de los gigantes gaseosos, como bien afinó Laplace a finales del siglo XVIII.

F.W. Bessel observó una especie de chorros saliendo del astro, que actualmente solemos denominar con el anglicismo« jets», en el retorno  del cometa Halley en 1835.  Pero la naturaleza detallada de los cometas, su composición, el tamaño de sus núcleos, y su comportamiento, solo han podido empezar a ser explicados con satisfacción bien entrado el siglo XX, poco antes de los inicios de la exploración espacial.

La espectroscopia junto con la fotografía se empezó a aplicar a la astronomía a finales del siglo XIX. Un descubrimiento que volvió a despertar los fantasmas del pasado sobre los «malos augurios» de los cometas, fue el del espectro del cometa de 1881 por parte del astrónomo británico W. Huggins en el que se identificaban compuestos orgánicos, entre ellos el acido cianógeno, estrechamente vinculado con el cianuro. Este descubrimiento se magnificó cuando se calculó que el paso del Halley en 1910 iba a ser tan «cercano» a la Tierra que nuestro planeta iba a atravesar la cola del famoso cometa entre los días del 14 al 18 de mayo de 1910. Algunos medios occidentales (desconozco si ello pasó en otras culturas) se apresuraron a alarmar a la población, y no faltaron los titulares que no se hubieran discutido siglos atrás, cuando los cometas solo podían ser portadores de malos augurios, de muerte,  y en la ocasión que nos ocupa, la destrucción de la humanidad «gaseada» por el más famoso de nuestros cometas.

Durante el siglo XX se han observado algunos cometas destacables, aunque el incremento de la polución lumínica, el abandono del medio rural y semi-rural en beneficio de las medianas y grandes urbes y la desconexión de la población de los objetos que son visibles en el cielo nocturno, han provocado que los cometas (cuyo número de descubrimientos se incrementa incesantemente) parezcan haber desaparecido de nuestros cielos.

En el último paso del Halley se produjo a principios de 1986, y despertó nuevamente el interés mediático pero por un motivo especial y muy diferente al de 1910; por primera vez la especie humana enviaba varias naves espaciales no tripuladas a estudiar al más famoso de los cometas, y en concreto una que acapararía toda la atención pública por su casi suicida proximidad en el acercamiento; la nave Giotto (ESA). La noche del 13 de marzo la Giotto cruzó la cola del cometa Halley a algo menos de 600 kilómetros del núcleo, obteniendo por primera vez en la historia las primeras imágenes del mismo y sobreviviendo a un encuentro complicado [1].

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Ilustración del encuentro de la Giotto con el cometa Halley. Crédito: ESA

Pero el paso del cometa Halley, si no fuera por la atención prestada por los medios, pasó muy desapercibida. El cometa era imposible de observar en los núcleos urbanos e incluso lejos de las luces urbanas, no era un objeto destacable a simple vista. Exceptuando la aventura espacial de exploración, este paso no era propio de un cometa que pasara a las crónicas astronómicas de finales del siglo XX. Apenas diez años después, haciendo valer ciertas estadísticas cuyo valor puede ser puesto en tela de juicio con facilidad, parecía que íbamos a ver un gran cometa tras la decepción del Halley, y este cometa tenía un nombre; el Hale-Bopp, descubierto aún bastante lejos de la Tierra en julio de 1995 y que se acercaría a nosotros en el período de un año, en 1996.

Como triste comentario de la irracionalidad humana, quien sabe si con ayuda de resquicios del miedo a lo desconocido durante miles de años grabado en nuestros cerebros, este cometa sería el justificante para el suicidio colectivo de una secta en EE.UU (marzo, 1997), en la que su líder aseguraba que el cometa escondía una nave extraterrestre.

Sin embargo sorprendió primero el cometa Hyakutake (C/1996 B2), que fue el gran cometa de 1996 [2], pasando cerca de la Tierra en marzo de aquel año, a unos 15 millones de kilómetros. Descubierto en enero de ese año desde Japón con prismáticos, su brillo se situaba en la magnitud 11, pero desplegó una gran cola que casi llegó a cruzar más de media bóveda celeste el 24 de marzo (80º) siendo un objeto brillante y muy destacable, que desapareció como astro destacable en pocos días, y en pocas semanas empezó  a pasar inadvertido. Un anticipo no esperado del gran cometa que si se esperaba para pocos meses después.

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Cometa Hyakutake en marzo de 1996. Crédito: autor

El cometa Hale-Bopp (C/1995 O1), con tres veces el tamaño del cometa Halley [3], empezó a ser visible a simple vista desde mediados de 1996 hasta pasado mediados de 1997, siendo especialmente brillante los primeros meses de ese año. Fue por tanto el gran cometa de 1997. En un cielo oscuro el cometa se pudo observar a simple vista durante casi 18 meses, siendo uno de los más especulares del siglo XX.

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Cometa Hale-Bopp en marzo de 1997. Crédito: autor

Después hemos tenido muchas más visitas cometarias, pero ninguna como estas dos. Algunos han hecho disfrutar a los aficionados a la astronomía, especialmente a los astrofotógrafos, pero no han pasado de ser en el mejor de los casos, más que pequeños titulares en algunos medios de comunicación que no han despertado excesivo interés entre el público. Pasados casi 20 años ningún cometa ha sido realmente destacable en el cielo nocturno, y estos astros solo volvieron a ser titulares de los medios de comunicación –incluida esta vez Internet- en el año 2014.

El 12 de noviembre de 2014 una pequeña sonda de aterrizaje, de nombre Philae, descendió sobre un cometa de nombre impronunciable y no visible a simple vista, el 67P/ Churiumov-Guerasimenko. Philae había viajado «a lomos» de la nave Rosetta, que tras ser lanzada en marzo de 2004 llegó al cometa y se puso en órbita en agosto de 2014 tras el sobrevuelo de dos asteroides con tres asistencias gravitacionales de por medio. Sin duda un triunfo mecanicista iniciado por Kepler, Newton y Halley, como vimos en la entrada anterior [4].

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Selfie de la Rosetta y el cometa 67P. Crédito: ESA

 Esta exitosa misión de la agencia ESA [5], que finalizó en septiembre de 2016, ha marcado un antes y un después de la investigación de los astros más fascinantes de nuestro sistema solar, que aún esconden grandes interrogantes que vinculan los cometas en el cielo con la vida en la Tierra.

Tras 10 años de la misión Giotto vimos dos grandes cometas inesperados en el cielo, aplicando esos razonamientos nada racionales… ¿será en el año 2026 -10 años después de la misión Rosetta- el momento de ver dos nuevos grandes cometas en el cielo?

Finalizamos en la próxima entrada. ¡Gracias por leerme!

Referencias del texto.

[1] http://sci.esa.int/giotto/

[2] https://www2.jpl.nasa.gov/comet/hyakutake/

[3] https://www2.jpl.nasa.gov/comet/

[4] https://cielosestrellados.net/2018/09/22/cometas-en-el-cielo-i/

[5] http://blogs.esa.int/rosetta/

3 respuestas a “Cometas en el cielo (II)

  1. Estupenda esta serie sobre cometas. Sobre el interés que había en épocas recientes por los cometas siempre me sorprende que comentan que Barnard se pudo construir una pequeña casa con los premios que ganó por descubrir un puñado de ellos. ¡ Ojalá hubiera hoy esos premios!
    Un saludo

    Nota. En la entrada de la Wikipedia dedicada a este personaje comentan la anécdota
    https://en.m.wikipedia.org/wiki/Edward_Emerson_Barnard

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