Alineaciones planetarias y terremotos, pugnas anglofrancesas y un nuevo planeta en nuestro sistema solar

Muy posiblemente, dos datos relacionados con el cielo han llamado tu atención estas últimas semanas. Una, la más vistosa para el observador del cielo, es la que han llamado en muchos medios de comunicación «alineación planetaria» de los cinco planetas visibles a simple vista, desde finales de enero y durante buena parte de las madrugadas del mes de febrero de 2016. La segunda, menos comprobable experimentalmente, pero para los más interesados en la astronomía, sin duda, con ciertas dosis de expectación, el posible descubrimiento de un nuevo noveno planeta en nuestro sistema solar, después de la malograda caída de Plutón en 2006, que, recordemos, fue nuestro noveno planeta hasta ese año.

Vamos por partes. En primer lugar, recordar al lector, la necesidad de buscar siempre fuentes contrastables en cuanto a noticias de ciencia se refiere. Incluso los grandes medios de comunicación, prensa y televisión, pecan, en ocasiones, de sensacionalistas. O no han sido informados correctamente o el redactor de turno, sin demasiada formación en la materia, ha interpretado como buenamente ha podido y ha sabido la noticia, dándole un suave acento dramático, que, normalmente, acaba con lo que tenga de veracidad el suceso.

De alineaciones planetarias y terremotos

El término «alineación» o «conjunción» planetaria induce a error. En primer lugar, hay que decir que todos los planetas, junto con el Sol y, en mucha menor medida, la Luna, parecen desplazarse por una línea curva imaginaria que cruza todo el cielo, llamada la eclíptica. Eclíptica, etimológicamente, hace mención a los eclipses (de Sol y Luna), pues, inicialmente, fue determinada, porque, sobre ella, es donde siempre se producían estos eventos tan llamativos y temidos en la Antigüedad. En realidad, es simple de explicar y comprender: la Tierra, al moverse en torno al Sol en un año, describe un plano en el espacio, o bien, mirándolo desde una supuesta Tierra inmóvil geocentrista, es el Sol el que describe, a razón de 1 grado diario, un movimiento cada día hacia el horizonte Este, trazando este «camino» anual del Sol en el cielo.

El hecho de que este camino del Sol aparente en la bóveda celeste, que se completa, lógicamente, en un año, esté inclinado respecto a nuestro ecuador terrestre (oblicuidad del la eclíptica, Eratóstenes III a. C.) con un ángulo de algo más de 23 grados es el responsable de las estaciones.

Como los planetas se mueven en órbitas alrededor del Sol, en planos orbitales aproximadamente similares al de la Tierra, sucede que, visto desde nuestro planeta, siempre encontramos a estros astros errantes sobre esta línea imaginaria. Como curiosidad, decir que la eclíptica atraviesa actualmente 13 constelaciones, 12 de las cuales, son las «clásicas» constelaciones del Zodíaco, que por arte de «magia», todos conocemos.

La Tierra se va moviendo alrededor del Sol en un año; eso provoca que el Sol aparente moverse por la eclíptica en un año, pero, claro, el resto de planetas se mueven también sobre esa línea, pero con diferentes períodos, pues cada planeta está dotado de su propia velocidad de traslación alrededor del Sol, y que depende de su distancia, tal y como nos lo dejó muy clarito el señor Kepler hace unos cuatro siglos.

Por lo tanto, no es en absoluto raro encontrar conjunciones planetarias, esto es, el acercamiento aparente en el cielo (insisto, aparente, es un efecto de perspectiva visto desde la Tierra) de dos o más planetas. Algunos años, las conjunciones, especialmente, de los más brillantes, como Venus y Júpiter, han llamado poderosamente la atención a aquellos que aún levantan su mirada al cielo.

Las llamadas «alineaciones» describen un fenómeno celeste aparente poco afortunado en este caso, porque no responden a una alineación espacial real, sino también a una distribución en el cielo a lo largo de la eclíptica, con mayor o menor separación angular entre los planetas.

Simulación con Stellarium
Simulación con Stellarium

No es una tontería, como algunos, quizás cansados por el sensacionalismo de algunos medios de comunicación, han mencionado. A mí, por el contrario, me parece una excelente excusa para madrugar y ver «de golpe» a los cinco planetas que son visibles a simple vista desde la Antigüedad, durante apenas una hora (Mercurio siempre anda perdido entre las luces de la mañana, muy muy cerca del Sol). Si unimos los puntos, bastante separados en el cielo, nos podemos imaginar muy bien esa línea llamada eclíptica, y que atravesará, aunque quizás no las reconozcamos, constelaciones en las que los antiguos pusieron sus creencias más ancestrales y que han perdurado hasta nuestros días.

¿Que somos comodones y no queremos madrugar y menos desplazarnos a un lugar con un horizonte Este despejado con la finalidad de poder ver sin problemas los cinco planetas?, bien, el dominio de la tecnología, y no de la magia, nos ofrece herramientas para «ver» este fenómeno astronómico sin salir al exterior: una es la fotografía y la otra es la simulación. Aunque aquí quiero recordar las advertencias de las autoridades sanitarias respecto a una vida sedentaria, así como la especial belleza de contemplar el cielo con nuestros propios ojos.

Entre los programas de simulación con los que podemos recrear la estampa matutina, uno muy bueno, completamente gratuito (sí, dije gratuito y muy bueno), muy fácil de instalar y de utilizar es Stellarium. Lo podéis descargar desde aquí:

http://www.stellarium.org/es/

Solo tendréis, después de instalarlo, que facilitarle vuestra ubicación y la hora y fecha en la que queréis observar. El programa, por defecto, te muestra el cielo a la hora del ordenador, pero, con unos sencillos controles, podéis adelantar el tiempo o atrasarlo, es como un planetario, pero en nuestro ordenador.

Espero haber explicado con cierta claridad este concepto, y espero que, si jugáis con Stellarium, comprendáis un poco cómo va la cosa. De la era de Internet y las nuevas tecnologías, tenemos aspectos muy buenos y otros no tan buenos. Sin mencionar lo peor de cada casa que nos podemos encontrar en la red de redes, también nos podemos encontrar los mensajes de sectas, iluminados, embaucadores y absolutos ignorantes científicos. Hace poco, se leía en algunos grupos de Internet (y seguro que en revistas del sector), el vínculo inequívoco entre los terremotos y esta «alineación» planetaria. Bien, sencillamente, deciros que la ciencia no tiene nada que ver con estas creencias. De hecho, la ciencia no funciona como las creencias. El microondas que encendéis todas las mañanas, este trasto desde el que estáis leyéndome y la nave que llegó a Plutón el verano pasado funcionan porque trabajan de acuerdo con lo que conocemos como «método científico», que nos hace llegar a conclusiones y a leyes, después de proponer hipótesis fundamentadas, comprobarlas empíricamente y ser capaces de explicar la naturaleza de las cosas, su pasado y su futuro, y de reproducir lo que hemos plasmado en el experimento en cualquier otra situación.

No estoy haciendo una apología de la ciencia, la ciencia quizás no lo explica todo, pero sí es, sin lugar a dudas, nuestra mejor herramienta y, muy posiblemente, nuestra supervivencia como especie esté íntimamente vinculada a su desarrollo.

No se puede ser más ignorante científico que vinculando una visión en el cielo de unos planetas, efecto simple de la perspectiva desde la Tierra, a los terremotos como los acaecidos a finales de enero, y que son un fenómeno habitual en el dinamismo de nuestro planeta, aunque aún no muy pronosticable. Pero en eso estamos.

Pugnas anglofrancesas

En días convulsos y muy complicados en muchas zonas de nuestro planeta, no voy a hablar de guerras, sino de pugnas científicas, que, sin duda, son mucho más beneficiosas para la humanidad que las primeras.

Hemos dicho que Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno son los cinco planetas que son visibles a simple vista y, por lo tanto, conocidos desde la Antigüedad. Urano, padre de Saturno y abuelo del mismísimo Júpiter, es uno de los cuatro planetas gigantes gaseosos y fue descubierto el 13 de marzo de 1781 por el astrónomo inglés Sir William Herschel, utilizando un modesto telescopio en el jardín de su casa.

El planeta, aunque se encuentra en el límite de visión a simple vista, lejos de las luces de las ciudades y en noches oscuras, y existen evidencias de su observación anterior (Galileo en 1610, J. Flamsteed en 1690), no fue identificado como tal hasta que Herschel reparó accidentalmente en él. Como curiosidad (estoy seguro de que conocida por muchos lectores): fue el astrónomo alemán J.E. Bode, director del Observatorio de Berlín, quien se percató de que el reporte de Herschel no se trataba de un cometa como inicialmente se pensó, sino más bien de un planeta más allá de la órbita de Júpiter. Herschel comunicó este hecho a la Royal Society y propuso el nombre de «George Sidus» (la estrella del rey Jorge III), en honor al monarca británico. Sin embargo, este nombre no entusiasmó especialmente a los astrónomos franceses y otros europeos, aceptándose de forma generalizada la denominación de «Urano» propuesta por Bode, a iniciativa del astrónomo sueco E. Prosperin. Un primer pulso anglofrancés, que se acentuaría poco después.

El estudio de la órbita del nuevo planeta, situado a 3000 millones de kilómetros del Sol (20 UA) y que tarda unos 84 años terrestres en darle una vuelta, devolvió al astrónomo francés Laplace (sí, el de la transformada) sus elementos orbitales. Para los poco duchos en mecánica celeste, llamamos elementos orbitales a los valores que caracterizan completamente una órbita de un objeto, de forma que es posible calcular dónde ha estado y dónde estará, para cualquier tiempo dado.

Pero los elementos orbitales calculados para Urano en 1783, sin embargo, no devolvían con precisión las posiciones futuras del planeta y, en 1841, el astrónomo inglés J.C. Adams propuso la posible existencia de otro planeta más allá de la órbita de Urano que explicaría las anomalías percibidas. En realidad, en 1821, el astrónomo francés, A. Boubard ya había planteado está hipótesis, antes de hacerse cargo de la dirección del Observatorio de París.

En 1843, Adams había determinado la órbita del posible nuevo planeta. Aunque parece ser que comunicó sus resultados a los astrónomos J. Challis (Cambridge) y G. Airy (Royal Observatory, Greenwich) con la intención de que se iniciara su búsqueda, la verdad es que siempre se ha considerado que no se le tomó en cuenta la propuesta. En 1845, varios astrónomos se propusieron la búsqueda de ese nuevo planeta, entre ellos, el astrónomo francés U. Le Verrier (director del Observatorio de París) y el mencionado J. Challis, que llegó a observar a Neptuno, pero sin reconocerlo.

Mientras tanto, el astrónomo alemán J.G. Galle defendía su tesis doctoral sobre astronomía de posición en 1845, enviándole una copia de la misma a Le Verrier, que, por aquel entonces, andaba enfrascado en determinar la órbita y la masa del posible nuevo planeta. Le Verrier presentó sus cálculos ante la Academia Francesa en noviembre de 1845, así como en junio y agosto de 1846. Una vez realizada su predicción de dónde se podría encontrar el nuevo planeta, aprovechó la contestación a Galle (sí, un año después de que Galle le enviara su tesis) para pedirle que lo buscara. Galle encontró a Neptuno rápidamente, la noche del 23 de septiembre de 1846, a solo un grado de la posición donde le había indicado Le Verrier que buscara.

Leverrier_www.sil.si.edu
Urbain Le Verrier (Fuente: Smithsonian Libraries)

Neptuno fue descubierto por la mente humana antes que por el ojo. Prestemos atención a esta frase; un poco más adelante volveremos sobre ello cuando hablemos del «noveno planeta» que ha saltado a los medios en enero de 2016.

Surgió una duda razonable: si los cálculos proporcionados por el inglés Adams a Airy fueran correctos, ¿no sería la incompetencia de este último la responsable de que el descubrimiento no fuera atribuible al inglés?

A veces, encontramos a personas acomodadas en sus cargos, quizás ya sin pasión por su trabajo, y con la mente cerrada a investigar nuevas posibilidades, nuevos caminos. Esto, por desgracia, en ciencia también ha sucedido, sucede y sucederá y, muchas veces, es un escollo para el avance de la ciencia.

Airy intentó enmendar su error, al ser conocedor del descubrimiento, e intentó recopilar toda la correspondencia de Adams, y exigió a la comunidad astronómica que el éxito en el descubrimiento fuera también inglés. Para demostrar que su exigencia estaba basada en hechos, reunió todos los archivos en el llamado «Archivo Neptuno», que sufrieron, como los «expedientes X», unos percances de lo más curiosos, y que muchas veces (si no todas), se explican por la incompetencia o estupidez humana.

Si hasta aquí el lector lo encuentra interesante, le invito a que busque más información al respecto, porque, haciendo un cierto «spoiler» de la trama, el llamado «Archivo Neptuno» desapareció durante décadas y apareció en el Observatorio de las Campanas (Chile)… ¡en 1998!

Anticipo que la respuesta a ¿quién descubrió Neptuno? no es la que hemos leído en muchos libros. Por cierto, también hubo ciertas disputas en torno al nombre del nuevo planeta, hasta que, finalmente, se adoptara el que ostenta, a propuesta de Struve en 1847.

Un nuevo planeta en nuestro sistema solar

El pasado 22 de enero, hace muy pocos días, los medios de comunicación se hacían eco del posible descubrimiento de un noveno planeta en nuestro sistema solar.

Como siempre, los titulares algo sensacionalistas, incluso, en reputados medios de comunicación, han infundido bastante confusión entre el público no especializado.

Como todos sabéis, la nueva etapa de descubrimientos en nuestro sistema solar que estamos viviendo provocó que la Unión Astronómica Internacional (UAI), en su reunión de 2006 celebrada en Praga, se viera en la necesidad de definir lo que es un planeta, lo que es un planeta enano y lo que es un asteroide.

Aunque todo parecía más o menos claro en el siglo XX, los nuevos cuerpos descubiertos durante los años 90 del pasado siglo, denominados objetos transneptunianos (muy frecuente la utilización de sus siglas en inglés TNO), exigieron o aumentar la lista de planetas de nuestro sistema solar o establecer una mejor clasificación.

Con las nuevas definiciones en la mano, Plutón, visitado por primera vez por un ingenio espacial el pasado verano, pasó de ser planeta a convertirse un planeta enano junto con Ceres, Makemake, Haumea y Eris. Curiosamente, la nave de la NASA que lo ha explorado partió de la Tierra cuando Plutón era planeta y lo estudió cuando era ya un planeta enano. Esta consideración, o degradación de planeta a planeta enano, como muchos sabréis, enojó de forma especial a parte de los astrónomos americanos, pues Plutón fue descubierto en 1930 por Clyde Tobaugh desde el Observatorio Lowell, Flagstaff (EE.UU.).

Bien, pues, de la mano del hombre que «mató» a Plutón, Michael Brown (Caltech, California, EE.UU.), descubridor de Eris (2003 UB313, 5 de enero de 2005), un TNO similar a Plutón y que provocó la mencionada decisión de la UAI en 2006, resulta que ahora tenemos unos resultados publicados en Astronomical Journal, el pasado 20 de enero, junto a su compañero Konstantin Batygin (y que puedes consultar aquí http://iopscience.iop.org/article/10.3847/0004-6256/151/2/22#aj522495s7), de los que deduce que, tras el estudio estadístico de más de una decena de TNO, uno es concordante con la existencia de un posible planeta, que, en su punto más cercano al Sol, estaría a 200 unidades astronómicas y una masa de 10 veces la de la Tierra. Su período orbital podría ser de entre 10 000 y 20 000 años.

Fuente: Space.com
El posible nuevo planeta. Fuente: Space.com

El estudio de momento se queda aquí. No hay hasta ahora una confirmación visual, y estamos aún lejos de obtenerla, en primer lugar, porque, aunque se refinaran los cálculos, ya de por sí extremadamente más complejos que los que llevaron a descubrir Neptuno, la contrapartida óptica sería un cuerpo sumamente débil, quizás objetivo de telescopios espaciales que trabajen en el infrarrojo, como el próximo telescopio espacial James Webb (JWT).

En todo caso, quienes rápidamente se apresuran a ridiculizar el anuncio, que los hay, deberían tener un poco más de humildad y recordar la frase que antes mencionábamos cuando hablábamos de las pugnas entre astrónomos franceses e ingleses en el siglo XIX: Neptuno fue descubierto antes por la mente que por el ojo humano. Quizás la historia se repita con un nuevo planeta. Aprendamos de la Historia de una vez por todas.

Una noche con Catalina

Podría ser el título de un relato erótico, pero, en este caso, me temo que está muy lejos de este género, aunque no le falta pasión, por lo menos, por parte del autor; por parte de Catalina, la verdad es que desconozco sus verdaderos sentimientos.

Hace un año teníamos cometas en el cielo, pero uno destacaba por encima del resto que eran visibles, todos ellos mediante instrumentos ópticos. Se trataba del cometa Lovejoy C/2014 Q2, que llegó a observarse a simple vista, sin demasiada espectacularidad, como si la bóveda celeste quisiera darme la bienvenida a retomar la fotografía astronómica desde mi nuevo hogar y animarme a la planificación de las actividades de divulgación astronómica y de astroturismo que desarrollaría durante todo el año 2015.

Para aquellos que no lo visteis, bueno,… fue un cometa de los que los aficionados a la astronomía solemos llamar «brillante», pero no nos equivoquemos: si buscáis fotografías por Internet de este cometa, os parecerá espectacular, pero es que la astrofotografía, incluso, con medios modestos, devuelve actualmente resultados espectaculares gracias a los detectores electrónicos.

Lo cierto es que, a simple vista y desde un entorno que, aunque de una pequeña población, presenta polución lumínica —especialmente, destacable la proveniente de la ciudad de Castellón, a menos de 20 km—, pues, defraudó un poco.

Los que son unos volcados al estudio y seguimiento de cometas, normalmente, más débiles, disfrutaron bastante, pero lo cierto es que los que no somos unos devotos del estudio de cometas y, especialmente, los profanos de la observación o aquellos que son un poco nuevos en esto de mirar las estrellas, seguro que se llevaron cierta desilusión al encontrarlo entre las estrellas y observarlo.

Algunos de los que somos más viejos, y que éramos unos críos o adolescentes cuando pasó el cometa Halley en 1986, tenemos otra perspectiva. El Halley, como sabéis, es un cometa periódico que vuelve cada 76 años aproximadamente, y que es famoso en la astronomía por dos motivos: el primero es porque fue el primer cometa cuyo retorno fue predicho (por el señor E. Halley, amigo del mismísimo Newton) —motivo por el cual ostenta la nomenclatura 1P/Halley— y, en segundo lugar, porque algunos de sus pasos han sido espectaculares, especialmente, el de 1910, en el que la Tierra atravesó la cola de millones de kilómetros de esta bola de nieve sucia y, ahora ya, lugares para explorar desde que el año pasado Philae y Rosetta tuvieran una aventura íntima con el P/67.

Seguir el cielo y lo que acontece en él desde aquellos tiempos tiene su premio. En primer lugar, el felicitarse por estar aquí y disfrutar de lo que nos otorga la propia existencia y ese espectáculo nocturno que asoma cada noche tras el crepúsculo y, en segundo lugar, haber tenido la oportunidad de disfrutar de funciones celestes espectaculares.

Dos de esas funciones, y como recompensa al triste y casi desapercibido paso del cometa Halley en 1986, fueron los pasos de dos cometas en 1996 y 1997: el C/1996 B2, Hyakutake y el C/1995 O1 Hale-Bopp. Eso sí fueron cometas espectaculares, de los que esperas ver uno, al menos, una vez en la vida. Fueron dos y en años seguidos.

Hyakutake220396bartolo15minutos_leyenda
Cometa Hyakutake (1996)

El primero presentó una cola fina, que se extendió por buena parte de la bóveda celeste durante semanas a principios de 1996, y el segundo, descubierto lejos del Sol y por tanto esperado, nos mostró un núcleo intenso, arrastrando las típicas dos colas, una de polvo y otra de gas, presentes en estos astros, durante marzo y abril de 1997.

Cometa Hale-Bopp (1997)
Cometa Hale-Bopp (1997)

Su visión, saliendo con las colas por delante, por detrás de una de las montañas que rodean el Mas de Borràs, en Villahermosa, fue imponente. Poco nos importaba a los que nos habíamos desplazado allí que la observación fuera de madrugada, antes de clarear el día.

Después, ha habido otros tantos cometas desde nuestras latitudes que han querido imitarles, de los que se ha esperado bastante, pero que, al acercarse al Sol o a nuestro planeta tras el perihelio, no han llegado, ni de lejos, a su espectacularidad; quizás, cabría citar el Holmes, por su peculiar intensidad de brillo del núcleo y su aspecto de bola, un objeto extraño propio de películas de Star Trek y sus encuentros con objetos extraños, que resultan ser conspiraciones Klingon.

Catalina C/2013 US10 no ha pretendido nunca ser un aspirante a cometa espectacular, pero sí ha sido un cometa fotogénico y que está rozando la localización a simple vista, tras el perihelio, a principios de este año. Desde lugares muy oscuros, es posible localizarlo, pero, desde las cercanías de una población, tendremos que recurrir a unos prismáticos para poderlo observar.

PathCatalina_SKY&Telescope
Trayectoria Catalina. Fuente: Sky & Telescope

El tiempo atmosférico había sido relativamente malo en diciembre, antes del perihelio del cometa, y la posibilidad de seguirlo y tomar una imagen, imposible, amparado en la madrugada, cerca de la constelación primaveral de Leo, o bien la Luna, o bien las nubes me impidieron una cita con Catalina.

Sin embargo, la noche de Reyes de 2016 parecía que las condiciones atmosféricas eran muy buenas y, si a las 19:00 h, hora local, estaba ya tomando unas imágenes resultonas de la nebulosa de Cabeza de Caballo (Barnard 33) en Orión, a las 23:00 h estaba fotografiando la galaxia Messier 109 en la Osa Mayor (un nuevo objeto para completar mi peculiar catálogo Messier). Todo parecía ir bien y, a las 2:00 h de la mañana, localizaba a Catalina, muy bajo aún en el horizonte del programa The Sky 6 (que utilizo para maniobrar el telescopio) y, lógicamente, aún muy bajo en el horizonte real, tanto que, de hecho, aún no consigo localizarlo con prismáticos desde el exterior, pero inicio las tomas.

Como si fuera un mal presagio, en ese momento, empieza a levantarse viento. Aquellos que practicáis la fotografía a través de telescopio ya sabéis qué implica esto: tomas y tomas posiblemente desperdiciadas y tiempo invertido en su selección. Aunque van pasando las horas y la Luna, bajo el horizonte aún, está muy lejos, finalizo las tomas sobre las 3:00 h de la madrugada. Poca exposición, de tres minutos cada una, movidas, apenas puedo sacar algo aprovechable, pero lo tengo. Tengo a Catalina.

Catalina06012015_Autosave003PIXPSCS3_leyenda
Cometa Catalina, desde la Pobla Tornesa

 

Catalina sólo será visible, de forma algo vistosa, durante las primeras semanas del mes de enero, después, su camino hacia los confines del sistema solar, la nube de Oort, provocarán que se vaya esfumando lentamente hasta desaparecer de nuestros instrumentos, incluso más potentes.

Catalina_06012016leyenda
La noche de Catalina. Captura de pantalla del programa de maniobra del telescopio, The Sky 6, con ASCOM

En ese momento, me doy cuenta de que un gran número de objetos Messier están a tiro, muchos de ellos aún sin capturar por mi modesto 15 cm. Un poco más al norte de Catalina, tengo al precioso cúmulo globular M3, al que inmortalizo con 15 exposiciones de tres minutos. Los globulares son agradecidos y, con exposiciones cortas, se muestran con gran esplendor. Pero, además, también son objetos agradecidos de observar en visual, que no nos deberíamos de perder. No me viene a la cabeza ningún globular que no merezca la pena y, si alguno lo parece, es porque el cielo no es el adecuado para él.

M3_AutosavePIXPSCS3GXTHLVGB&C_leyenda
Cúmulo globular Messier 3

Me doy cuenta de que, hacia el horizonte NE, asoma la constelación de Hércules, con los famosos globulares Messier 13 y Messier 92 (ya capturados el año pasado), y Messier 5 más hacia el Este. Messier 5 es un globular impresionante que aún no había capturado y que dejaré para después, cuando esté algo más levantado del horizonte. Observo en el monitor el enorme número de galaxias que tengo pendientes en Virgo, un montón de objetos Messier que se agolpan esperándome en esa zona del cielo, pero no para esta noche.

Cúmulo globular Messier 53
Cúmulo globular Messier 53

A las 4:21 h localizo otro cúmulo globular, aparentemente más modesto, que es Messier 53, un poco más al norte que el impresionante Messier 5, y le hago la misma secuencia de 15 imágenes de 3 minutos, y alguna más que añado, antes de desplazarme al globular más espectacular del momento, el mencionado Messier 5, que ahora ya está alto en el Este, con el que inicio las tomas de la misma duración a las 5:23 h.

El grueso de galaxias Messier de primaveras y Catalina
El grueso de galaxias Messier de primavera y el cometa Catalina

Curiosamente, me percato de que empiezan a asomar a ras de horizonte los globulares de la constelación de Ofiuco, bajísimos, imposibles de cazar, y asignatura pendiente de este pasado verano. Paradójico, ¿no? Con un montón de galaxias que ya han pasado el meridiano, encontramos, en la madrugada de la noche de Reyes, un buen número de cúmulos globulares, que avisan de que, con la primavera, no solo vendrán las galaxias, esos universos islas como pequeños algodones vaporizados.

Mientras la Luna asoma por encima de las antenas del Desert de les Palmes, sigo contemplando el monitor del ordenador y observo el enorme número de galaxias que tengo pendientes en Virgo, un montón de objetos Messier se agolpan esperándome en esa zona del cielo, pero no esta noche; tenía una cita con Catalina.

La historia de dos fotografías y de una galaxia muy muy cercana

Una cámara de fotos

 Corría el año 1997, creo recordar, y un servidor dedicaba sus fines de semana libres y vacaciones a fotografiar el cielo estrellado. Si el lector se dedica a la fotografía astronómica amateur, ya sabe de lo que hablo y esbozará una sonrisa; si, por el contrario, no conoce la fotografía astronómica —y menos la que se realizaba por aquel entonces, hace unos 20 años—, le va a parecer una afición, cuanto menos, curiosa.

Llevaba algún tiempo luchando con la astrofotografía, siguiendo los pasos de maestros como Josep Mª Esteve y Miquel Casas (Aster, Barcelona), entre otros. Situémonos: la telefonía móvil empezaba tímidamente a eclosionar, y los pendrives, tablets, smartphones y PDA no se sabían qué eran; el DVD había hecho recientemente su aparición estelar, y las conexiones de RDSI a 128 kilobytes por segundo eran la estrella de la función.

El telescopio del que disponía es exactamente el mismo con el que estoy realizando las imágenes que podéis ver en mi cuenta de Facebook o en la sección de Galería del presente Blog: un reflector de tipo Newton de la casa americana CELESTRON de 150 mm de diámetro y 750 mm de distancia focal. Esto lo convertía en un telescopio «rápido» para fotografía, con una relación focal de f:5.

Iba montado sobre una montura japonesa New Polaris, la hermana pequeña de la Super Polaris, que, después, sería copiada por una conocida empresa China, dando lugar a la montura EQ5.

 La New Polaris era más sencilla; estaba dotada de buscador de la polar (para la puesta en estación con un poco más de precisión) y de un sencillo motor en ascensión recta, esto es, el eje que corrige el movimiento de rotación de la Tierra y que es el que provoca el aparente desplazamiento en el cielo del Sol durante el día y las estrellas durante la noche.

 En declinación, las correcciones se realizaban “digitalmente”, es decir, con las puntas de los dedos de mi mano derecha normalmente.

telescopio_seguimiento_ analogico
T150/750 y R60/910 sobre New Polaris (1995)

 Encima de este telescopio, como veis en la figura, se montaba un telescopio guía formado por un refractor de 60 mm de abertura y 910 mm de distancia focal, con un ocular reticulado. En aquella época, se colocaba una estrella próxima al objeto que se iba a fotografiar en el centro del retículo, se disparaba la cámara acoplada a foco primario del telescopio principal y, mirando por el telescopio seguidor, se iba corrigiendo «a mano», ya fuera con el mando del motor en ascensión recta o con el manguito del eje de declinación, de forma continua y sin levantar prácticamente el ojo del telescopio guía.

 La distancia focal del telescopio guía (910 mm) debía ser superior a la del telescopio principal con el que hacíamos la foto o, si no, las posibilidades de éxito en la toma eran mínimas.

Pero, lo que es peor, la toma se realizaba con una cámara provista con carrete fotográfico de alta sensibilidad, de 800 a 1600 ISO habitualmente. La respuesta de la película nada tenía que ver con los actuales detectores digitales, ni en sensibilidad ni en linealidad, ya que la película fotográfica perdía rápidamente su potencial de captar luz, en lo que llamábamos defecto de reciprocidad.

 Le dábamos al disparador de perilla y cruzábamos los dedos, mientras, sentados, nos disponíamos a hacer exposiciones de 30, 40, 50 o 60 minutos. Si la estrella se nos iba del retículo, por un golpe de viento, por una mala corrección (nos equivocábamos en el sentido de la corrección del motor o del eje de declinación) o cualquier otro motivo, la toma era desechada y, con ello, todo el tiempo que le habíamos dedicado.

 Además, entonces, los que hacíamos fotografía nos alejábamos de los observadores de visual: justo al contrario de cómo es ahora la situación. No llevábamos ningún tipo de luz para evitar reflejos durante la toma (los observadores visuales solían llevar un frontal rojo para mirar las cartas celestes que se utilizaban entonces) y, además, habíamos recorrido muchos kilómetros para buscar cielos oscuros, porque, entonces, no existían los filtros antipolución o los filtros de banda estrecha que actualmente se utilizan en la astrofotografía con detectores digitales.

 Ya podréis suponer que los resultados eran más bien pobres comparados con los actuales. Tan solo los objetos aparentemente grandes y moderadamente brillantes de la esfera celeste eran objetivo relativamente asequible. Fotografiar la Nebulosa de la Burbuja, el Casco de Thor o la Nebulosa de la Cabeza de Bruja era terreno de equipos semiprofesionales o profesionales.

Como curiosidad, podéis buscar imágenes tomadas en aquella época con grandes telescopios profesionales en libros, algunas de las cuales no pueden competir en calidad con las obtenidas con los actuales telescopios de astrónomos aficionados dotados con tecnología digital.

 Si, durante la noche o noches que le habíamos dedicado a captar —con mucha suerte—media docena de objetos, no había más incidentes, volvíamos a casa esperando ir a la tienda de revelado y que de allí saliera una dispositiva o una copia en papel aceptable.

Mi tienda de confianza era (y sigue siendo) FOTO-VÍDEO LLEDÓ, actual colaborador de este Blog, en donde se cansaron de realizarle a un servidor revelados manuales para evitar dominantes (colores) de la película o cortes automáticos indeseados de la máquina de revelado entre fotograma y fotograma. Muchas películas eran reveladas con solo media docena de tomas y, a veces, esperábamos a tener una docena de tomas (quizás un par de meses) para revelar,  y que los gastos no fueran tan astronómicos como solían ser.

 De noches en vela, frío, porrazos nocturnos durmiéndome mirando una estrella en un ocular reticulado, malos humos por compañeros que pasaban cerca con sus luces rojas para no tropezar, algo sacamos.

 Una fotografía de una galaxia

Puedo decir que una de mis mejores imágenes de aquella época es esta Galaxia de Andrómeda (Messier 31) desde el cielo del macizo del Penyagolosa, entonces, menos afectado por las luces de la ciudad de Castellón.

m31_1997_Leyenda

Recuerdo que aquella noche me dio para tres tomas, de 20, 40 y 50 minutos; no recuerdo el orden, pero las de menos exposición no tenían la finalidad de montar un HDR (entonces, no sabíamos qué era eso del alto rango dinámico), sino que la estrella guía se había ido del circulo iluminado y habíamos parado la toma. Afortunadamente, captamos un fotograma con FUJI 800 ISO durante 50 minutos con un seguimiento aceptable y aquí la tenéis.

 En aquella época, la presenté a concurso, nada menos que al I Concurso Internacional de Imagen Astronómica (IAC, Cabildo Insular y A. Astronómica Palmera) y me dieron el segundo premio de la categoría.

1erconcursoimagenastronomica_premio1

Sin duda, un premio a decenas —quizás centenares— de noches bajo las estrellas. Pocos años después, con algún que otro premio más, dejaría la fotografía, con el salto al formato digital. Demasiadas luces, cables, software, ordenadores; era hora de disfrutar de la astronomía visual.

 Otra fotografía, de la misma galaxia

 Pero, actualmente, he vuelto a la fotografía, y lo he querido hacer con aquel mismo telescopio, montado en una montura más robusta y con las comodidades del autoseguimiento, en el que un ordenador y una sencilla cámara CCD lo hacen todo.

Como detector, utilizo una primitiva (unos 10 años de antigüedad) cámara digital Canon 400D desprovista del filtro de IR que aumenta su sensibilidad a la parte roja del espectro electromagnético, donde se sitúa la emisión de muchas nebulosas y zonas HII.

Obs_PoblaTornesa
T150/750 y R80/600 sobre EQ6. OPT (2015)

La cámara la sitúo también a foco primario de mi querido reflector y, lógicamente, perseguía una toma aceptable de la misma galaxia con el fin de comparar.

Contrariamente a lo que podéis suponer, no me ha sido fácil. Mi actual ubicación semiurbana en la población de La Pobla Tornesa nada tiene que ver con el cielo negro del macizo del Penyagolosa de 1997, y las condiciones de humedad tampoco me han acompañado en las capturas.

Finalmente, la imagen digital que os presento es el resultado de la suma de imágenes de dos noches diferentes, de las que considero mejores, aunque he probado varias noches más y en diferentes encuadres. Están apiladas con el programa gratuito Deep Sky Stacker y procesada, esta vez, con el programa comercial Adobe Lighroom 5. He intentado en varias procesar con PixInsight (uno de los programas comerciales que suelo utilizar) y también con PhotoShop CS3, construyendo HDR con imágenes de diferentes exposiciones, pero no he acertado con su resultado.

M31_noviembre2015

Como considero que es suficiente el tiempo invertido, pues os presento ya el resultado, sin quedar totalmente satisfecho. Claro, si lo que quiero es calidad descomunal, siempre puedo recurrir a esta imagen profesional impresionante de un trocito de 100 millones de estrellas del objeto:

 http://www.spacetelescope.org/images/heic1502a/zoomable/

Pero, intentando sentirse satisfecho de los resultados, con unos años de diferencia, sois vosotros los que tenéis que juzgar los resultados. Hay que decir que la segunda está tomada cómodamente sentado tras un ordenador en el interior de mi casa y la primera tras el telescopio, a cielo abierto y pasando frio durante 50 minutos de inmovilidad tras un retículo iluminado.

Compara1997vs2015

Se puede pinchar en la imagen para ampliar la comparativa

 Una galaxia muy muy cercana

 La galaxia espiral de Andrómeda es una galaxia grande y agradecida de fotografiar, aunque presenta mucha diferencia de brillo entre el bulbo de alrededor de su núcleo, formado por una población estelar más envejecida, y la población de los brazos espirales, mas joven y azulada.

En el cielo, su diámetro angular aparente es de 3 × 1 grados y responde a un universo isla como nuestra propia galaxia, pero netamente mayor, de unos 250 000 años luz de diámetro y que se encuentra a unos 2,5 millones de años luz de distancia.

Eso quiere decir que, en las estrellas de la fotografía que estáis viendo, o si salís a observarlas en el cielo de otoño o primeras semanas del invierno, la luz que veis partió de ellas hace 2,5 millones de años.

En un cielo muy oscuro, es localizable a simple vista como una débil manchita nebulosa (precisamos de unos prismáticos para empezar a verla en todo su esplendor) en la Constelación de Andrómeda —de ahí su nombre— y, por lo tanto, es el objeto más lejano del universo que podemos ver sin ayuda de un instrumento óptico. Aun así, es nuestra vecina galáctica.

 Posee dos galaxias satélites: Messier 32 de tipo E2, circular y cercana a M31, y Messier 110, mucho mayor, marcadamente elíptica, de tipo E5, y más separada de M31. Nuestra Vía Láctea también posee dos galaxias satélites: las Nubes de Magallanes, visibles a simple vista desde el hemisferio sur. En la fotografía, M32 está pegada a la galaxia en la parte central inferior derecha, y M110, más separada y de mayor tamaño, en la parte central superior izquierda.

A la derecha de la galaxia, podemos identificar el cúmulo abierto NGC206, como una de las «condensaciones» en sus brazos espirales. Se trata de una zona muy intensa de formación estelar, de solo 10 millones de años de antigüedad, donde se pueden identificar tanto zonas HII en el borde, como estrellas jóvenes y azules de tipos espectrales O y B, separadas por entrantes negros, que conforman zonas de polvo interestelar que absorbe la luz y configuran las zonas oscuras.

 La Galaxia de Andrómeda no es una galaxia espiral, de tipo Sb, más; conforme vamos mejorando nuestros estudios de Andrómeda, hemos ido descubriendo que es una galaxia mucho más grande que nuestra galaxia, con, posiblemente, más de 400 000 millones de estrellas: como mínimo, el doble de componentes de nuestra Vía Láctea. Nuestra vecina aún nos aportará, sin duda, muchos nuevos descubrimientos, tanto en su estructura como en el estudio de poblaciones estelares y otros objetos interesantes; recordemos los recientes descubrimientos de GALEX en ultravioleta.

 Aquellos interesados en identificar con más detalle zonas de esta galaxia tienen disponible en la base de datos ADS (SAO/NASA) la publicación «Hot, Luminous Stars in Selected Regions of NGC 6822, M31 and M33» de Massey AJ et al., 1995.

 Además de ser nuestro vecino galáctico más importante, se mueve hacia nuestra galaxia a 300 km/s, por lo que, con unos sencillos cálculos, podemos saber que dentro de 5000 millones de años, para cuando nuestro Sol sea una enana blanca, nuestra enorme vecina colisionará con nuestra Vía Láctea, formándose una galaxia única mucho más grande.

colisión%20entre%20andromeda%20y%20vía%20lactea
Secuencia de la colisión

 Junto con la llamada Galaxia del Triángulo (Messier 33) y nuestra galaxia, conforman las galaxias principales de un grupo de unos 30 componentes, muchos de ellos satélites de las tres principales, llamado Grupo Local.

 Podemos localizar un gran número de cúmulos globulares, nada menos que más de 450 (más del doble que los detectados en nuestra galaxia), que hacen suponer que la Galaxia de Andrómeda y su gran número de estrellas (que puede duplicar fácilmente la de nuestra galaxia) es el resultado de la acreción de otras galaxias más pequeñas en el pasado. El más brillante, que no entra en el campo de la foto, se denomina M31 G1 o Mayall II (Mayall & Eggen, ASP, 1953), con el doble de masa que «nuestro» Omega Centauri y está a 170 000 años luz del centro de Andrómeda.

Hubble_M31
Hubble y la histórica Cefeida localizada en M31

 El estudio de supernovas (Curtis, 1917) y estrellas variables cefeidas (Hubble, Mount Wilson, 1923) motivaron el llamado «Gran Debate» sobre las distancias de las llamadas entonces nebulosas espirales y su resolución, respectivamente. Con la Galaxia de Andrómeda, descubrimos que el Universo era un universo de galaxias y, además, en expansión desde hace unos 14 500 millones de años. Pero eso, es otra historia.