La primera lluvia de estrellas de 2019

Durante este fin de semana tenemos la primera lluvia de estrellas destacable del año 2019, las Eta Acuáridas.

Si eres un entendido en esto de los trocitos de cometas y asteroides que penetran en nuestra alta atmosfera a velocidades de decenas de miles de kilómetros de hora y que dejan una rápida y bonita traza a la que denominamos estrella fugaz, ya debes de estar frotándote las manos con el «resbalón» del titular.

Cierto, es falso. Nuestro paneta, en lo que va de año, ya ha barrido varias órbitas donde se encuentran pequeñísimos restos de cometas y asteroides. Nada más estrenar el año tuvimos las Cuadrántidas (noche del 3 al 4 de enero), que es la lluvia más importante del año y está asociada al asteroide 2003EH1 (probablemente un cometa extinto). Si, como lo has leído, está fue la más importante de todo el año, por encima de las conocidas «Lagrimas de San Lorenzo» en agosto (Perseidas) –con unos 100 meteoros a la hora- y mucho más que las Leónidas de noviembre –con apenas unos 20 meteoros a la hora, excepto cada 33 años-.

Incluso a la hora de escribir estas líneas, la Tierra hace pocos días que ha salido de la corriente del cometa C/1861 G1 Tacher que provoca la lluvia de las Líridas y cuyo máximo fue la noche del 22 al 23 de abril.

¿Entonces para que un titular engañoso? ¿Soy un inductor a las fake-news? ¿Mis fuentes y conocimientos son tan pobres?. Bueno, por partes, la respuesta a las tres preguntes es un “creo que no”.

El titular adecuado y completo debería ser; La primera lluvia de estrellas de 2019, en condiciones aceptables para su observación, desde el hemisferio norte.

Por estas comarcas a principios de año no solo nos encontrábamos en plenas vacaciones navideñas, sino que también nos encontrábamos con unas temperaturas algo bajas (invierno en el hemisferio norte) que impedían la observación cómoda de la lluvia de las Cuadrántidas (si las nubes lo permitían), a pesar que la fase de la Luna era muy favorable. Por otra parte, hace unos días, las Líridas presentaban una actividad prevista baja (20 meteoros a la hora), que sumado a una fase lunar muy molesta (casi Luna llena) y unas temperaturas nocturnas frías (en el hemisferio norte) impedían su observación por completo.

Sin embargo este fin de semana tenemos Luna nueva (5 de mayo) y el pico de la lluvia de estrellas (técnicamente hablando, su THZ [1] más alto) de unos 40-50 meteoros a la hora, es visible con unas temperaturas ciertamente ya agradables en el hemisferio norte (y concretamente en el este de España).

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Espectacular bólido de 2 colores tomada desde Castellón por Sergio Hernández Pérez, el pasado mes de enero y no perteneciente a ninguna lluvia de estrellas. Los meteoros esporádicos también existen. Reproducida con permiso del autor.

¿Estamos ante una lluvia de estrellas perfecta?

No, perfecta no. Muchas veces hay que realizar ciertos sacrificios para ver algunos fenómenos astronómicos, partiendo ya que la mayoría de ellos son visibles siempre de noche. Aunque la actividad se distribuye durante toda la noche, la constelación de Acuario –donde se sitúa el llamado radiante [2] de la lluvia- no se levanta hasta bien entrada la noche. Es decir, si queremos disfrutar con plenitud de la lluvia, y teniendo en cuenta la situación de la constelación de Acuario, deberemos o de alargar la noche de observación o de levantarnos unas horas antes del amanecer,  tumbarnos cómodamente lo más lejos posible de las luces urbanas y mirar hacia toda la bóveda pero con cierta preferencia hacia el sur-sureste. Quizás entonces tengamos ocasión de contemplar alargados trazos de luz con cierta preferencia por los de color naranja.

Un progenitor con renombre

La lluvia de las Eta Acuáridas (como las Oriónidas en octubre) son producidas por los restos del más famoso de todos los cometas, el cometa Halley.

El cometa Halley del que todos hemos oído hablar –y quizás no muchos visto- fue el primer cometa cuya órbita fue posible calcular y su regreso predicho con éxito. Eso sucedió en 1705 y fue E. Halley quien consiguió este logro matemático. El cometa regresa cada 75 años, y a veces ha sido un astro destacable en el cielo (y temido en la antigüedad), si bien en su último paso de 1985 estuvo a punto de provocar una crisis vocacional por sus condiciones tan desfavorables de observación.

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Cometa 1P/Halley (8 de marzo de 1986). Fotografía de W.Liller (IHW). NSSDC’s Photo gallery (NASA). Public domain.

El cometa, que regresará en el verano de 2061 también fue el primer cometa visitado por los humanos con varias naves no tripuladas, de una de ellas, la Giotto de la Agencia Espacial Europea (ESA)  y de la que ya hablamos en otra entrada [3], fue capaz de fotografiar el oscuro núcleo de unos 25 kilómetros de tamaño, en una arriesgada maniobra espacial de acercamiento.

El desgaste de cada paso del Halley deja atrás estas pequeñas partículas que penetran en la atmósfera desintegrándose a varias decenas de kilómetros de altura. Si uno de estos meteoros toca el suelo (suceso harto improbable), podríamos recoger un meteorito de uno de los tipos de astros más viejos de nuestro sistema solar, y que probablemente tuvieron mucho que ver con el agua en la Tierra y el surgimiento de vida en nuestro planeta.

Pistoletazo de salida para los «astrónomos escondidos» de nuestro invierno boreal, el verano y la observación «cómoda» del cielo estrellado está a las puertas.

 

 

[1] THZ o tasa horaria cenital, es el número máximo visible de meteoros a la hora en el momento más álgido de una lluvia de estrellas. Para calcularlo se extrapola la posición del radiante (ver [2]) de la lluvia al cenit (vertical del observador) y unas condiciones perfectas de observación, es decir sin Luna y sin polución lumínica. Por tanto es un parámetro que debemos interpretar siempre con cautela, pues aún en unas condiciones excelentes de observación, no coincidirá con el número de meteoros que veríamos, por la absorción atmosférica

[2] Radiante de la Lluvia, es el punto imaginario desde donde parecerían surgir la prolongación imaginaria de todos los trazos de las estrellas fugaces de una lluvia, y que se debe a un fruto de la perspectiva del movimiento de la Tierra. Normalmente la situación del radiante de una lluvia de meteoros da nombre a dicha lluvia, así por ejemplo, el radiante de la lluvia de las Oriónidas se sitúa en la constelación de Orión.

[3] https://cielosestrellados.net/2015/12/22/natividad-la-estrella-de-belen-un-pintor-florentino-y-una-epopeya-cosmica/

Perseidas: la lluvia de estrellas «perfecta» de 2018

Las perseidas o «lágrimas de San Lorenzo» ofrecerán este año un espectáculo celeste perfecto, que complemetan un verano astronómico casi único en la última década

Todos los años cuando se acerca mediados del mes de agosto se vuelve a hablar de ellas en todos los medios de comunicación y redes sociales. Puntuales como un reloj, la lluvia de estrellas fugaces Perseidas hacen las delicias de las noches de verano, cuando el calor aún está presente en el hemisferio norte y apetece pasar unas horas nocturnas al raso, bajo las estrellas.

Y es que para observar este fenómeno astronómico, conocido desde la antigüedad, no se precisa más que nuestros ojos, tumbarse cómodamente a contemplar el cielo lo más lejos posible de luces urbanas y paciencia, que siempre puede ir acompañada de una buena charla sobre de dónde venimos y a dónde vamos como especie, motivada por nuestra sensación de pequeñez cuando contemplamos absortos la belleza y aparente inmutabilidad del cielo estrellado.

Cuando nos encontramos en estas circunstancias, y nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad, sin la presencia de luces, intentando contemplar la mayor parte del cielo posible, observaremos intermitentemente una rápida, ocasionalmente larga y brillante estela de luz -mayormente de color naranja-.

Pues bien, este fin de semana podemos atiborrarnos a pedir deseos, porque la lluvia de las perseidas presentará esta noche, y sobre todo mañana domingo por la noche, unas condiciones de observación excelentes. La ausencia de Luna, y que el máximo de la lluvia sucede con el radiante de la lluvia alto en el horizonte entrada la noche, puede provocar que sea la mejor observación del fenómeno astronómico, al menos casi en la última década. En este momento mágico bajo las estrellas podemos llegar a contemplar más de 100 meteoros a la hora si nos situamos en un lugar oscuro y tenemos toda la bóveda estrellada a la vista. Sin duda está siendo uno de los mejores veranos en los últimos años para vivir bajo las estrellas.

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Posición del radiante de la lluvia en la constelación de Perseo. A mayor altura del radiante mayor número de meteoros a la hora. Sky & Telescope

Esta lluvia de estrellas, como otras menos populares que se producen a lo largo del año (e incluso más intensas), se debe a que la Tierra en su órbita anual alrededor del Sol se cruza periódicamente con tubos espaciales de pequeñas partículas de polvo y hielo procedentes de restos de cometas y asteroides. De hecho nuestro planeta tarda tres semanas en atravesar completamente este tubo meteórico, a una velocidad de más de 100 000 kilómetros a la hora, por lo que podemos hacernos una idea del tamaño del mismo. Aproximadamente en el centro del mismo se encuentra la mayor concentración de partículas, y se produce lo que denominamos el «máximo» de la lluvia o mayor THZ (tasa horaria cenital).

Al penetrar en la alta atmósfera a velocidades realmente altas, estas partículas habitualmente de tamaño milimétrico, provocan un destello de luz por la fricción con los gases de nuestra atmosfera, alcanzando incluso unos pocos de miles de grados durante un breve espacio de tiempo y provocando que la pequeña partícula se disgregue, se sublime y convierta en gas.

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Dos perseidas fotografiadas por el autor en 1993 con película fotográfica de alta sensibilidad. En ese año no existían las cámaras digitales

Solo si la partícula es de un tamaño mayor, puede llegar a tocar suelo y convertirse en lo que conocemos como meteorito, aunque normalmente las partículas que conforman las lluvias de estrellas anuales no suelen tener el tamaño suficiente para ello, todo lo más como pequeñas canicas que nos ofrezcan algún «bólido» excepcionalmente brillante y de estela persistente.

Las perseidas están asociadas a los restos del cometa Swift- Tuttle (109P) que fue descubierto en el verano de 1862, si bien son conocidas desde la antigüedad. Este cometa es uno de los cometas que más cerca pasan de la Tierra y su diámetro, de unos 20 kilómetros, lo convierten en un posible futuro impactador peligroso.

Fue el astrónomo Schiaparelli (tan vinculado históricamente al planeta Marte que en estas semanas hace la delicia en el cielo en su oposición perihélica) quien vinculó este cometa a la tradicionalmente conocida lluvia de estrellas de agosto, siendo la primera lluvia en la historia de la astronomía en vincularse a la órbita de un cometa y denotar su verdadera naturaleza.

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Gran perseida, fotografiada por el autor el pasado 6 de agosto con una Nikon D90

 La constelación de Perseo es de donde se sitúa el punto desde el cual imaginariamente parecen confluir todos los trazos, conocido como radiante de la lluvia, y que fue localizado en 1835 por Quéletet y Herrick. El cometa, con un período de 135 años, provocó en su vuelta de 1993 una lluvia que superó los 400 meteoros a la hora, que fue un magnífico espectáculo celeste.

Se conocen como «Lagrimas de San Lorenzo» porque antiguamente (más de 500 años) el máximo de la lluvia coincidía con la festividad del santo martirizado en la hoguera, y cuya lágrimas de dolor fueron situadas en el cielo en la tradición cristiana. Actualmente, debido a la precesión de los equinoccios el máximo de la lluvia se produce la noche del 11 al 12 o del 12 al 13 de agosto.